Pacto entre familias

2. La cabaña

La carreta olía a heno húmedo y a manzanas pasadas. Aria no lo habría imaginado nunca: en sus diecinueve años jamás había estado tan cerca de algo que oliera así.

-Agáchese más, señorita -susurró Martins mientras echaba otra manta áspera sobre ella-. Si alguien se asoma, usted es un saco de grano.

-Los sacos de grano no tiemblan -murmuró Aria.

-Pues tiemble menos.

Aria habría sonreído si el corazón no le golpeara las costillas con tanta fuerza. Había salido de la casa por la puerta de la cocina, la misma que usaban los proveedores y que ella nunca había cruzado. Llevaba el vestido viejo de Martins, de lana gris, que le quedaba ancho y le picaba en el cuello.

El carretero no había dicho una palabra. Era un hombre mayor, de espalda curvada y barba gris. Las ruedas crujieron al pasar sobre la grava del camino principal. Aria contuvo la respiración. Ese era el tramo peligroso: la verja, la casa del guarda, los perros.

Un ladrido. Luego otro.

-Quieto, chico -dijo una voz somnolienta, acariciando al perro-. ¿Quién va a estas horas?

-Anselmo, el de las manzanas -respondió el carretero con voz ronca-. Lo que no se vendió ayer. Me lo llevo antes de que se pudra.

Hubo una pausa larga. Aria oyó pasos sobre la grava, acercándose. Bajo la manta, sintió la mano de Martins apretar la suya con fuerza.

El perro olfateó la rueda. Gruñó. Aria cerró los ojos y dejó de respirar.

-Con la boda de mañana, podrías haberlas dejado para la cocina -gruñó el guarda.

-La cocinera no las quiso. Dice que para la hija del señor, solo lo mejor.

El guarda soltó una risa corta, sin alegría.

-Pobre muchacha. Anda, pasa.

La verja chirrió. La carreta avanzó. Y Aria, bajo una manta que picaba y entre manzanas que empezaban a fermentar, se dio cuenta de que acababa de oír a un desconocido sentir lástima por ella. Por la mañana, cuando descubrieran la cama vacía, nadie iba a sentir lástima. Iban a sentir rabia.

Durante un buen rato nadie habló. Solo se oía el traqueteo de las ruedas, los cascos de la mula y algún búho a lo lejos. Aria pensaba en su habitación, en su cama blanda, en el vestido colgado esperándola. Pensaba en sus hermanas. ¿La entenderían? ¿O la odiarían por hacer lo que ellas no se atrevieron?

Cuando la casa ya no era más que una sombra detrás de los árboles, Martins retiró la manta. El cielo estaba lleno de estrellas, más de las que Aria recordaba haber visto nunca desde su ventana.

-¿Y ahora? -preguntó.

Martins la miró con algo parecido a la ternura y algo parecido al miedo.

-Conseguí una pequeña casa en el Monte Veren. Ahí tu familia no te buscará. Espera un tiempo; yo te mandaré comida y te informaré de todo lo que pase. Imagino que cancelarán el pacto o buscarán a alguien que te sustituya.

Aria sintió que se le helaba la sangre.

El Monte Veren. Ni su familia ni nadie iba a aquel lugar. Era territorio indómito, un bosque tan cerrado que la luz del sol apenas llegaba al suelo. Nadie que entraba allí había salido con vida. Se decía que había seres temibles, criaturas que no eran ni hombres ni animales. Las mismas historias que Martins le contaba de pequeña para que se portara bien.

-No puedo ir allí, Martins.

-Es el único sitio donde el poder de tus padres no te alcanzará. Nadie te buscará allí, precisamente porque nadie se atreve a ir. -Le apretó la mano-. Tranquila, la casa está en la entrada del monte, no dentro. Y sabemos de algo que puede protegerte.

Martins levantó un trozo de la manta que cubría una cesta, y un pequeño animal quedó al descubierto.

Estaba hecho un ovillo. Se parecía a un zorrillo, pero Aria nunca había visto un animal así. Tenía el pelaje naranja, con reflejos dorados, las orejas largas y puntiagudas y una cola tan espesa que le tapaba medio cuerpo. Abrió los ojos despacio, eran dorados.

Aria lo miró con ternura.

-Qué cosa tan bonita.

Pero al ir a acariciarlo, este le gruñó. Fue un gruñido bajo y profundo, demasiado grande para un animal tan pequeño. Aria retiró la mano de golpe.

-No le gustan mucho las caricias -dijo Martins, y volvió a tapar la cesta.

-¿Qué es?

-Alguien que te va a cuidar. Con eso te basta de momento.

Aria quiso preguntar más, pero Martins ya miraba hacia el camino, y supo que no iba a decirle nada.

* * *

Pasaron las horas hasta que llegaron al sitio. El sol empezaba a salir cuando la carreta se detuvo.

La cabaña estaba al pie del monte, en un claro de hierba alta y húmeda. Era pequeña, de piedra y madera, con el tejado cubierto de musgo y una chimenea torcida. Detrás empezaba el bosque. Aria nunca había visto árboles así: altos, negros, retorcidos, tan juntos que parecían una muralla. Incluso con la luz de la mañana, entre los troncos solo se veía oscuridad, y de ahí salía una niebla fría que se arrastraba por el suelo hasta casi llegar a la puerta.

Martins la ayudó a bajar y dejó en la entrada varias cestas con comida, mantas y algunas cosas para la casa. El pequeño animal saltó de la carreta en cuanto pudo y desapareció entre la hierba.

-Mandaré la comida con un valder cada pocos días -dijo Martins-. No salgas lejos. Y sobre todo, no entres en el bosque.

-¿Y si pasa algo?

-No va a pasar nada. -La abrazó fuerte, como cuando era pequeña-. Eres más valiente de lo que crees, mi niña.

Después de despedirse de Martins y del carretero, Aria se quedó sola frente a la puerta, viendo cómo la carreta se alejaba por el camino hasta convertirse en un punto y luego en nada.

Pensó en todo lo que estaría pasando en su casa. Ya se habrían dado cuenta. Su madre habría entrado en la habitación y habría encontrado la nota sobre la almohada. Su padre estaría gritando, mandando a sus hombres a buscarla por todos los caminos. Sus padres maldiciéndola y todo el reino descontrolado, buscándola.

Decidió no pensar más y entrar.

La entrada daba a una cocina y un salón juntos. Había una chimenea de piedra ennegrecida, una mesa de madera con dos sillas cojas, un estante con ollas y platos de barro y un banco debajo de la ventana. A un lado había un baño pequeño con una tina de metal, y al fondo una habitación con una cama estrecha y un arcón para la ropa. Todo olía a polvo y a humo viejo.




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