Pacto entre familias

3. El monte Veren

Al principio no le dio importancia. El valder se retrasaba a veces.

Pero pasó un día, y otro, y otro, y el cielo seguía vacío. Aria empezó a racionar lo poco que le quedaba: medio trozo de pan por la mañana, un caldo aguado por la noche. Luego se acabó el pan. Luego las patatas. Al cuarto día solo le quedaba agua y un puñado de sal.

El pequeño animal guardian tampoco había aparecido en aquellos días.

¿Le habría pasado algo aquel pequeño animal parecido a un zorrillo?¿Le habría pasado algo a Martins? ¿La habrían descubierto? ¿Sabrían sus padres dónde estaba?

El hambre no la dejaba pensar con claridad. Le dolía el estómago, se mareaba al levantarse y tenía frío todo el tiempo aunque el fuego estuviera encendido.

Aria decidió que ella misma tendría que sobrevivir. Pero apenas sabía hacer nada. No sabía cazar, ni pescar, ni sembrar. Lo único que tenía cerca era el bosque, y en los bosques había bayas, setas, raíces, quizá algún árbol frutal.

Pensó en meterse en el, pero era peligroso. Recordó la advertencia de Martins. Recordó todas las historias. Estuvo toda una mañana sentada frente a la ventana, mirando los árboles negros, sin atreverse.

Al final, inundada por una valentía que no sabía que tenía, cogió una cesta y lo hizo.

* * *

Dentro del bosque el aire cambiaba. Era más frío, más húmedo, y olía a tierra mojada y a hojas podridas. La luz que se colaba entre las ramas era verde y apagada, como si estuviera debajo del agua. El suelo estaba cubierto de un musgo tan espeso que sus pasos no hacían ruido. No se oía ni un pájaro.

Solo, de vez en cuando, un crujido lejano. Como si algo grande se moviera entre los árboles.

Aria caminó con el corazón en la garganta. Encontró unas bayas rojas en un arbusto y las guardó, aunque no sabía si eran buenas. Encontró unas setas pálidas y no se atrevió a tocarlas.

Más adelante, junto a un tronco caído, vio algo que la hizo detenerse.

Eran marcas. Unos arañazos largos y profundos en la corteza de un árbol, a la altura de su cabeza. Cuatro líneas paralelas, tan hondas que se veía la madera blanca por dentro. Algo con garras enormes había pasado por allí. Y no hacía mucho: la savia todavía estaba fresca.

Aria tragó saliva y siguió caminando, un poco más deprisa.

Siguió avanzando un poco más, y un poco más, diciéndose que en cuanto encontrara algo de verdad daría la vuelta. Y lo encontró: un manzano silvestre, pequeño y torcido, con unas pocas manzanas verdes colgando de las ramas. Casi lloró de alegría. Llenó la cesta, se comió una allí mismo, ácida y dura, y le supo a gloria.

Cuando quiso volver, ya no sabía por dónde había venido.

Era como si el bosque las hubiera borrado. Todos los árboles eran iguales. Giró sobre sí misma buscando alguna señal, algo que reconociera, pero solo había troncos y más troncos. Caminó hacia donde creía que estaba la cabaña, y luego hacia el otro lado, y luego ya no sabía hacia dónde.

Ella se perdió. Se hizo de noche y se quedó varada en aquel bosque.

* * *

La oscuridad llegó de golpe, como si alguien hubiera apagado una vela. La niebla empezó a subir desde el suelo, primero hasta los tobillos, luego hasta las rodillas. Aria se abrazó a sí misma, temblando, y se sentó contra un árbol para no seguir caminando a ciegas.

A lo lejos, algo aulló. No era un lobo. Aria había oído lobos alguna vez, desde su ventana, y no sonaban así. Aquello era más grave, más largo, casi como una voz.

Entonces algo empezó a quemarle la piel.

Primero fue un picor en la muñeca. Luego un calor intenso, como si la hubieran rozado con un hierro al rojo. Aria se remangó y ahogó un grito. Sus venas empezaron a ponerse negras, como si estuviese maldita. Una red oscura le subía por el brazo, despacio, como tinta derramándose bajo la piel, y el ardor subía con ella.

-No, no, no...

Intentó levantarse, pero las piernas no le respondían. Tenía la boca seca y el corazón le latía tan rápido que le dolía el pecho. El bosque empezó a dar vueltas.

Oyó pasos. Pasos pesados, rápidos, que se acercaban.

Antes de perder la consciencia, vio aparecer a un hombre entre los árboles. Era alto, muy guapo y musculoso, con el pelo oscuro y la ropa rota, como si viniera de pelear. Se arrodilló a su lado y le cogió el brazo con cuidado. Tenía las manos calientes, y donde la tocaba el ardor se calmaba un poco.

-Mírame -le dijo. Su voz era grave y tranquila-. No cierres los ojos.

Sus ojos brillaban en la oscuridad.

Aria quiso preguntarle quién era, pero no le salió la voz.

Luego, todo se volvió negro.

* * *

Al despertar, Aria se encontraba en su cama, como si nada hubiese pasado.

La luz de la mañana entraba por la ventana. Estaba tapada con sus mantas, tenía los zapatos colocados junto a la cama y el fuego de la chimenea estaba encendido. Se incorporó de golpe y se miró el brazo. Las venas estaban normales. Solo le había quedado, en el interior de la muñeca, una pequeña marca oscura del tamaño de una moneda. No le dolía, pero no se iba al frotarla.

En la cocina, encima de la mesa, había varias piezas de fruta desperdigadas: manzanas, peras, un racimo de uvas oscuras. Fruta que ella no había traído y que no había visto nunca en ningún árbol cerca de la cabaña.

Aria miró desconcertada a su alrededor. ¿Qué había pasado ayer? ¿Dónde estaba aquel hombre? ¿Cómo había vuelto a casa? ¿Habría sido todo un sueño?

Pero la marca de la muñeca era real. Y la fruta también.

De repente vio una nota, medio escondida debajo de una manzana. Estaba escrita con una letra firme, de trazos rectos:

"No vuelvas a meterte en el bosque. Yo te cuidaré."

Aquello no era de Martins. Conocía su letra de memoria, redonda y un poco torcida. ¿Entonces de quién sería? ¿Sería de aquel hombre?

Pensó en sus ojos brillando en la oscuridad, en sus manos calientes cogiéndole el brazo, en su voz diciéndole que no cerrara los ojos. Y sintió algo extraño en el estómago que no tenía nada que ver con el hambre.




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