Pacto entre familias

4. Noticias del reino

Se quedó quieta, con el corazón acelerado. Nadie llamaba nunca a aquella puerta. ¿Serían los hombres de su padre? ¿La habían encontrado?

Otro golpe. Más fuerte.

Aria cogió el atizador de la chimenea, se acercó despacio y abrió solo un poco.

Al abrir, se encontró con Martins.

Venía despeinada, con la falda llena de barro hasta las rodillas y los ojos rojos de no dormir.

-Mi pequeña, gracias a Dios que estás bien.

La abrazó tan fuerte que casi la dejó sin aire, y Aria soltó el atizador y la abrazó también, y durante un rato ninguna de las dos dijo nada.

La sirvienta nunca aparecía por aquel lugar; siempre mandaba la cesta mediante el valder. Que estuviera allí en persona solo podía significar que algo había pasado.

Aria puso agua a calentar y le sirvió una infusión. Martins se sentó a la mesa, se quitó la capa y miró a su alrededor: el suelo barrido, las ollas limpias en el estante, el fuego bien encendido.

-Vaya -dijo, y por primera vez sonrió-. Mírate. Una mujer de su casa.

-Me enseñó una buena maestra.

Pero la sonrisa de Martins se apagó enseguida.

El reino había entrado en guerra con Lia, un territorio colindante gobernado por una mujer extremadamente cruel. Se decía que quemaba las aldeas que no se rendían y que no dejaba prisioneros. Con la guerra, los caminos se habían llenado de soldados y controles, y los valderes estaban siendo derribados en pleno vuelo por si llevaban mensajes al enemigo. Por eso no le habían llegado las provisiones. Martins había tardado días en encontrar una forma segura de llegar hasta allí sin que nadie la siguiera.

-Lo siento, mi niña. Lo siento mucho. No sabía cómo avisarte.

-No pasa nada. Me las arreglé.

Aria pensó en el bosque, en las venas negras, en el hombre. Estuvo a punto de contárselo. Abrió la boca, pero algo la hizo callar. Sin darse cuenta, se bajó la manga para tapar la marca de la muñeca.

Martins también le contó lo que había pasado durante aquel tiempo. Sus padres la habían estado buscando por todo el reino. Habían mandado hombres a todas partes, a casas de parientes, a conventos, a ciudades lejanas. Sabían que estaba bien por la nota que había dejado, y porque Martins mandaba cartas suyas de vez en cuando desde lugares distintos para que no pudieran seguirle el rastro.

-¿Y mi prometido?

Martins bajó la voz, aunque allí no había nadie más.

-Nadie sabe de su paradero. Al igual que tú, ha desaparecido.

Aria se quedó helada.

-¿Desaparecido? ¿Desde cuándo?

-Desde poco después de que te fueras. Nadie sabe si se marchó o si le pasó algo. Su familia no dice nada, y eso es lo más raro. Ni lo buscan, ni lo lloran. Es como si supieran algo que no quieren contar.

Aria nunca lo había conocido. Sus hermanas se habían casado con sus dos hermanos mayores, pero él nunca aparecía en las reuniones de familia, y ni siquiera había ido a las bodas. Las dos casas apenas se mezclaban; las bodas eran formalidades pactadas por sus padres hacía muchos años. Aria ni siquiera sabía qué cara tenía.

Y ahora, de repente, el hombre del que había huido también había huido.

-¿Mis padres y mis hermanas están bien?

Martins asintió.

-Todo está controlado, no te preocupes. Tus hermanas preguntan por ti. La mayor vino a la cocina el otro día, a escondidas, y me preguntó si sabía algo. No le dije nada, pero creo que lo sospecha. -Hizo una pausa-. Me dijo que si te veía, te dijera que estaba orgullosa de ti.

A Aria se le llenaron los ojos de lágrimas.

-Pero tus padres siguen acongojados por tu marcha -siguió Martins-. Tu madre casi no sale de su habitación. Las cartas no son suficientes, y ahora que él ha desaparecido, quizás deberías volver.

Aria lo pensó por un momento. Miró el fuego, la cabaña, sus manos llenas de pequeñas quemaduras y cortes.

-¿Y si me casan con otra persona? -dijo al fin-. No quiero casarme con nadie a quien no quiera de verdad. Quiero poder elegir.

-Piénsalo. Creo que tus padres han aprendido la lección.

Martins se quedó hasta media tarde. Le dejó comida para varios días, carne, queso, pan y verduras, y le prometió que buscaría la forma de volver pronto. Antes de irse, se quedó un momento en la puerta, mirando hacia el bosque.

-¿Él sigue viniendo por las noches? -preguntó.

-¿El zorrillo? Sí. Aunque me gruñe cada vez que me acerco.

Martins sonrió de una forma extraña, como si supiera algo que Aria no sabía.

-Él te protegerá -le dijo al oído, abrazándola-. Confía en él.

-Martins, ¿qué es ese animal? ¿De dónde lo sacaste?

Pero Martins ya se había dado la vuelta y bajaba por el camino.

* * *

Esa noche Aria miraba el fuego cuando el pequeño zorrillo apareció.

Tenía mejor aspecto que la noche anterior. Las heridas ya no sangraban y caminaba casi sin cojear. Aria se alegró de verlo más de lo que esperaba.

-Hola -le dijo-. Veo que ya estás mejor.

Intentó tocarlo, pero su actitud fue de nuevo arisca. Le enseñó los dientes y se apartó, como si la noche anterior no hubiera existido.

-Muy bonito -murmuró Aria-. Anoche bien que dormiste en mi cama.

El animal giró la cabeza hacia otro lado. Si Aria no hubiera sabido que era imposible, habría jurado que estaba avergonzado.

Pronto se fijó en que no apartaba la vista de la mesa, donde había un pedazo de carne que le había traído Martins por la tarde.

-¿Quieres un pedazo?

Los ojos del pequeño animal empezaron a brillar.

Aria cortó un trozo y se lo lanzó. El pequeño animal lo atrapó en el aire con un chasquido de dientes y se lo tragó casi sin masticar. Al ver que seguía mirando la mesa, le tiró un pedazo de queso, pero el animal lo olió y lo rechazó con un gesto casi ofendido.

Aria no pudo evitar reírse.

-No te gusta el queso. ¿Qué te parece si te doy otro pedazo de carne?

El animal la miró con suspicacia y, como si la entendiera, se acercó a ella.




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