Pacto entre familias (primera parte)

5. Fos

Con las primeras luces del amanecer, Aria abrió los ojos y buscó rápidamente al pequeño animal.

Seguía allí, tumbado en su cojín frente a las brasas de la chimenea, con la cola enroscada sobre el hocico. Aria sonrió y volvió a cerrar los ojos. Tenía que parecer dormida, pero se obligó a permanecer despierta, atenta a cualquier movimiento.

El pequeño zorrillo no tardó mucho en levantarse. Se estiró despacio, primero las patas delanteras y luego las traseras, y después miró hacia la cama con cierta sospecha. Aria contuvo la respiración. ¿Sabría que estaba despierta? Su corazón latía a mil por hora, aunque se obligó a controlarse y a respirar lento, como si estuviese profundamente dormida.

El animal la observó un momento más. Luego trepó por el estante de las ollas, saltó a una viga y desapareció por un hueco del tejado.

Aria se levantó a toda prisa, se vistió como pudo, se calzó mal y salió corriendo. Pero cuando abrió la puerta, en el claro solo quedaban la niebla y la hierba húmeda.

Ya no estaba.

Había calculado mal los tiempos. No había contado con su lentitud como humana ni con la rapidez de él.

* * *

Durante los siguientes días intentó seguirlo, pero nunca lo conseguía. Algunos días se iba demasiado pronto y ella aún dormía. Otros la interceptaba en el camino, la miraba como si se riera de ella y se escabullía tan rápido que apenas sabía hacia dónde había ido.

Al quinto día, Aria se sentó a la mesa con un trozo de carbón y un papel y decidió trazar un plan en condiciones.

Primero: dormir vestida, con los zapatos junto a la cama.

Segundo: dejar la puerta sin cerrojo, para no perder tiempo al abrirla.

Tercero: buscar un método para seguirlo aunque se escapara. Ella era mucho más lenta que él. No sería fácil seguir su paso.

El tercer punto era el más difícil. Aria pasó horas pensando, hasta que la idea le vino de una de las reuniones sociales de sus padres. En una de ellas, un anciano de barba blanca que olía a tinta y a pipa, y que se empeñaba en contarle cosas que, según su madre, una dama nunca necesitaría, le había hablado de los riscones: unos pequeños escarabajos que se agarraban al pelaje de los animales y los volvían lentos y pesados. Los cazadores los usaban para ralentizar a sus presas.

Eso era lo que necesitaba. Pero el anciano no había dicho dónde encontrarlos, y solo tenia una descripción simple, tampoco sabia como eran exactamente, y para pedírselos a Martins tendría que esperar a que llegara ella o el valder. Y para eso aún creía que faltaban varios días. En su última visita, su amiga le había dejado provisiones para varias semanas, con la intención de no contactarla a no ser que fuera extremadamente necesario.

* * *

Mientras tanto, Aria intentó acercarse al zorrillo. Quizás, si conseguía domesticarlo, no haría falta ningún plan para seguirlo.

Pero el pequeño animal la rechazaba una y otra y otra y otra vez.

Todas las noches ella le dejaba un pedazo de carne junto a la chimenea. Él se acercaba, lo comía y luego, tal como si fuera un príncipe, giraba la cabeza y se dirigía hacia el rincón donde dormía. Ni una mirada. Ni un gracias.

En una de esas noches, Aria no pudo más.

—¿Por qué eres así conmigo? —le preguntó, sentada en el suelo frente al fuego—. Te doy las gracias por protegerme, pero no sé qué más hacer para caerte bien.

El zorrillo, que estaba lamiéndose una de las patas, paró y la miró, como si comprendiera lo que ella decía. Aria se sorprendió por un momento, pero fue lo que duró, un momento, porque al poco el pequeño volvía a estar acicalándose como si nada.

—Ya sé, te pondré un nombre. Dicen que eso hace que el vínculo entre una persona y un animal crezca.

El animal la miró con cierta severidad en sus ojos y luego se dio la vuelta, como si no quisiera escucharla.

Aria lo miró desanimada. Se abrazó las rodillas y se quedó mirando las llamas.

—Lo siento. Sé que estás aquí por mi culpa... Igual debería volver a mi casa. Igual mis padres no me obligan a casarme con nadie, igual esta vez puedo decidir... Así tú podrías ser libre.

El zorrillo se giró de nuevo. Esta vez sí parecía prestarle atención, con las orejas levantadas hacia ella, pero Aria estaba tan concentrada en su desahogo que apenas se dio cuenta.

—Pero ¿y si él aparece? No quiero casarme con ese hombre. No digo que me caiga mal, ni siquiera lo conozco, pero ¿y si es como sus hermanos? ¿O peor? Necesito esperar un poco más... No te preocupes, no será mucho. Después serás libre y podrás comer toda la carne que quieras, zorrillo sin nombre.

Lo dijo con un gran bostezo, mientras se le cerraban los ojos. Se quedó dormida allí mismo, en el suelo, con la cabeza apoyada en el banco.

El pequeño animal la miró con curiosidad. En sus ojos dorados había algo distinto aquella noche. Algo humano.

* * *

Al día siguiente, Aria no se molestó en intentar seguirlo. Era un desperdicio de tiempo.

En vez de eso, cogió unas tablas viejas que había detrás de la cabaña, un martillo y unos clavos, y empezó a construir una especie de cama. Nunca había hecho nada parecido. Se machacó un dedo, se le torcieron varios clavos y tuvo que empezar dos veces porque una pata le quedó más corta que las otras.

Le llevó todo el día. Cuando terminó la estructura, usó el cuchillo para tallar dibujos en la madera: hojas, estrellas, una luna pequeña. Luego buscó entre las cosas de la cabaña unos botes de pintura seca, los mezcló con agua y lo pintó de colores.

Al anochecer, el pequeño zorrillo bajó por el hueco del tejado y se encontró con que, donde antes estaba su cojín, ahora había una cama colorida, algo destartalada, pero llena de mantitas que la hacían parecer muy cómoda. Cada dibujo, cada color, todo estaba hecho con cariño.

Se quedó quieto, mirándola.

Los ojos del zorrillo brillaron, pero no con odio, ni con rencor, ni con fastidio. Tampoco con dolor o súplica, como la noche en la que había llegado herido. Sus ojos mostraban agradecimiento.




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