El valder por fin llegó.
Aria lo vio aterrizar en el tejado una mañana y salió corriendo a recibirlo. Traía la cesta con provisiones y una nota de Martins, más corta que nunca:
Todo parece haberse calmado. Pero quédate donde estás.
Aria miró aquello con cierta suspicacia. Semanas antes, Martins le había dicho que quizás era hora de volver. ¿Por qué ahora la animaba a quedarse allí? ¿Sería que sus padres le habían buscado otro pretendiente? ¿O que seguían enfadados con ella y quizás la castigarían?
Fuera por lo que fuese, Aria seguiría la recomendación de su amiga.
Antes de que el pájaro se fuera, le ató una nota a la pata. Era la primera vez que ella mandaba algo desde que había llegado a aquel lugar. Escribió que estaba bien, que la echaba de menos, y le pidió un favor: que le consiguiera riscones.
Luego, antes de doblar el papel, dudó. Mordió el carbón y añadió una última línea, con letra más pequeña:
¿Se sabe algo de él?
No hacía falta escribir el nombre. Martins sabría a quién se refería.
* * *
Los días siguientes, Aria esperó con impaciencia la respuesta a su petición, pero nada. El valder no volvió.
Fos y ella, en cambio, cada vez estaban más unidos.
Ella le contaba su día a día, que no era gran cosa: que se le había quemado el pan, que había visto un pájaro rojo en el pozo, que había encontrado una seta con forma de oreja. Y él escuchaba, tumbado en su cama de colores, como si lo entendiera todo. Era el único contacto que tenía con alguien, y por eso aquellas charlas, aunque fueran de una sola voz, eran tan importantes para ella.
A veces le cantaba, desafinando. Otras veces bailaba por la cabaña como le habían enseñado en casa, con reverencias y giros, y Fos la miraba con la cabeza ladeada, como si no supiera si reírse o preocuparse.
Le hablaba de su infancia, de sus padres, de sus hermanas. De cuánto ansiaba ser libre, poder elegir cómo vivir y con quién casarse. Pero también le contaba lo sola que se sentía a lo largo de aquellos días y lo mucho que echaba de menos a su familia.
Una de esas noches decidió leerle.
A Aria le encantaba leer y escribir, aunque los pocos libros que tenía ya los había releído varias veces. Escogió uno de leyendas antiguas, de tapas gastadas, y se sentó junto al fuego con Fos a su lado.
—En el Monte Veren nacen y mueren los hercos —leyó en voz alta—. Son sombras negras que, al alcanzar a alguien, le extraen el alma hasta matarlo. Pero antes de hacerlo, torturan a sus víctimas y las aterrorizan, y cuando consiguen llevarlas a su punto de miedo más grande, las matan. Dicen que los controla la Moura, una antigua bruja que se instaló en este lugar hace miles de años. A su paso dejó muchas leyendas, ya que, antes de asentarse aquí, vivió en muchos otros lugares...
Aria frenó en seco la lectura.
—¿Y por qué se asentaría aquí? —La duda le salió en voz alta.
Fos la miró de repente al ver interrumpida la lectura, y por un momento pareció que quería decir algo. Tenía la boca entreabierta y las orejas tensas.
Aria lo miró sorprendida. Luego sacudió la cabeza y se rio de sí misma.
Es un animal. Los animales no pueden hablar.
Pero aquella noche, antes de dormirse, se miró la marca oscura de la muñeca durante un largo rato. Pensó en las venas negras, en el ardor, en el miedo que había sentido en el bosque.
Sombras negras que te aterrorizan antes de matarte.
Apagó la vela y no quiso pensar más.
* * *
Dos noches después, algo la despertó.
No supo qué era. Un ruido, o quizás la ausencia de ruido. El bosque se había quedado en un silencio tan profundo que hasta el fuego parecía crepitar más bajo.
Entonces lo oyó. Algo rozaba la pared de la cabaña, despacio, de un extremo a otro. Como unas uñas largas arrastrándose sobre la madera.
Aria se quedó inmóvil bajo las mantas, con el corazón golpeándole el pecho.
Fos ya estaba despierto. Estaba de pie en su cama de colores, con el lomo erizado y las orejas pegadas a la cabeza, mirando fijamente la ventana. De su garganta salía un gruñido bajo y continuo que Aria nunca le había oído. No era el gruñido molesto que le dedicaba a ella. Era otra cosa. Una advertencia.
Aria giró la cabeza muy despacio hacia la ventana.
Al otro lado del cristal, la niebla se había vuelto negra. Y dentro de ella, algo se movía. Una silueta alta, más alta que la cabaña, que se quedó quieta un instante justo delante de la ventana. Como si mirara hacia dentro.
La marca de su muñeca empezó a picarle.
Fos saltó a la viga y salió por el hueco del tejado como una flecha. Aria oyó un chillido que le puso la piel de gallina, un golpe seco y luego nada.
No pegó ojo el resto de la noche.
Fos volvió al amanecer. Cojeaba un poco y tenía un arañazo nuevo en el hocico. Se tumbó en su cama sin mirarla, como si nada hubiera pasado.
—Era uno de ellos, ¿verdad? —le susurró Aria—. Un herco.
Fos cerró los ojos.
Aquel gesto fue la peor respuesta de todas.
* * *
Pasó otra semana. Llevaba casi tres meses en aquel lugar inhóspito y ya no sabía qué más hacer.
Al principio todo le daba miedo. Luego todo le generaba curiosidad. Ahora solo sentía aburrimiento.
Conocía cada rincón de aquel sitio: el pozo de agua con la cuerda deshilachada, el camino de piedras desiguales que bajaba hacia el valle, la zona del barrizal donde vivían bichos babosos de todos los tamaños. Sus noches eran más animadas gracias a Fos, pero, por lo demás, Aria empezaba a estar harta.
Las provisiones empezaban de nuevo a escasear, y ni el valder ni Martins habían vuelto.
De nuevo la duda apareció en su cabeza: ¿habría pasado algo?
* * *
Por fin, una noche, Fos le trajo algo interesante.
Apareció por el hueco del tejado arrastrando algo casi más grande que él. Lo dejó caer al suelo con un golpe sordo y se quedó mirándola, sentado muy recto, esperando.
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Editado: 25.10.2026