Pasó el día siguiente en el barrizal, cogiendo todos los riscones que pudo.
Eran pequeños escarabajos negros, del tamaño de una lenteja, que se aferraban a la piel de los animales y los volvían mucho más lentos. Se alimentaban de los ácaros del pelaje. Al cogerlos no pesaban nada, pero se agarraban con tanta fuerza que, una vez pegados a alguien, su peso parecía crecer y crecer.
Aria los guardó en un tarro con tapa y lo escondió debajo de la cama.
Esa noche esperó.
Conocía los sonidos del sueño de Fos. Después de tantas noches a su lado, sabía distinguir cuándo solo descansaba y cuándo dormía de verdad: su respiración se volvía lenta y profunda, y de vez en cuando movía una pata, como si corriera en sueños.
Se acercó con cautela. Él ya no la evitaba ni se despertaba al mínimo ruido. Confiaba en ella.
Aquello le dio una punzada de culpa, pero la apartó. Abrió el tarro, soltó varios riscones sobre su pelaje y volvió a la cama con una sonrisa en la cara.
* * *
Al día siguiente no podía creerlo. Había funcionado.
Fos salió por el hueco del tejado como cada mañana, pero avanzaba con lentitud, lo suficiente para que Aria pudiera seguirlo. Ella salió por la puerta sin cerrojo, ya vestida y calzada, y fue tras él a distancia.
Poco después se encontraba frente al bosque de Veren.
Su miedo y sus recuerdos volvieron de golpe. Miró la pequeña mancha con forma de moneda de su muñeca y el recuerdo se volvió tan vivo que sintió que la sangre le quemaba otra vez.
Dudó unos segundos.
Pero al final entró. La curiosidad podía mucho más que cualquier miedo, que cualquier duda.
Mantuvo cierta distancia con el zorrillo para que no se diera cuenta de que lo seguía. Atravesaron hileras de árboles negros, ensombrecidos por una niebla espesa. El suelo estaba encharcado, como recordaba, y apenas había color: todo era gris, negro y verde oscuro. Y aun así, a su manera, aquel lugar tenía algo bonito. Un encanto peculiar, aunque sombrío.
De pronto, Aria sintió que algo le helaba la sangre.
Algo se acercaba.
Y enseguida se oyó un aullido. Pero no era un lobo.
Recordó entonces los arañazos de aquel árbol, aquella primera noche en el bosque. Su cuerpo empezó a temblar sin que pudiera controlarlo. Se escondió detrás de un tronco y entonces lo vio.
Una sombra. Algo negro y gigante que flotaba entre los árboles, parecido a una parca, con una capa de humo y unas garras enormes que arañaban la corteza a su paso. Donde pasaba, la niebla se volvía más oscura y el aire más frío.
Era la misma silueta que había visto aquella noche tras la ventana. Pero ahora no había cristal entre ellas.
Un herco.
La sangre empezó a teñírsele de negro otra vez. Sus venas empezaron a arder.
Intentó correr, pero el miedo la paralizaba. Aquella criatura se acercaba hacia donde estaba ella, y ella era incapaz de hacer nada.
De pronto oyó una voz:
—Corre. Regresa a la cabaña.
Quiso girarse, quiso mirar de dónde venía, pero cuando lo hizo el herco ya la había alcanzado.
Cerró los ojos. Aquel día era su fin, su muerte.
Pensó en su familia, en sus hermanas, en Martins, en el hombre del bosque, en Fos... Incluso en su prometido. Si no la hubieran obligado a casarse, no estaría en aquel lugar. Nunca se habría escapado, nunca habría visto aquella criatura y podría vivir.
Ahora no quedaba nada.
—Corre, Aria. Regresa a la cabaña, por favor. Corre.
La voz volvió a sonar, pero esta vez sonaba a súplica, a ruego.
¿De quién era esa voz?
El dolor la inundó con más intensidad, pero, sin saber de dónde sacó fuerzas, empezó a correr.
* * *
Cuando estuvo lo bastante lejos, se giró. Y lo vio.
Una luz dorada iluminaba toda la zona que el herco había oscurecido. Y esa luz venía de Fos. De su pequeño protector. De su pequeño zorro.
Él avanzaba hacia la sombra con lentitud, arrastrando las patas.
Por un momento, los remordimientos la embargaron. Los riscones. No había pensado en lo que podían hacerle a Fos, ni en que lo volverían lento frente a su enemigo. Se sintió muy mal por haberse dejado llevar por la curiosidad. Y ahora él lo estaba pagando.
Entonces el pelaje de Fos se encendió con aún más luz, y sus ojos brillaron con una intensidad que la obligó a entrecerrar los suyos. La sombra retrocedió, chillando.
Aria lo miró asombrada.
Así que así era como combatía a los hercos. Eso era lo que hacía durante los días y las noches: protegerla. De ahí venían las heridas. De ahí venían las cicatrices.
Pero ¿y esa voz? ¿Era de Fos?
Por un momento se quedó mirando aquella imagen, pero su piel seguía quemando y sus venas seguían negras. Y desde otro punto del bosque, algo más se acercaba hacia ella.
Debía huir. Pero no podía dejar a Fos allí. Era su amigo.
Quiso volver, quiso ayudarlo, pero sabía que si lo hacía solo sería una carga. Ella no tenía luz para enfrentarse a esos monstruos.
Y la voz volvió a sonar.
—Corre, Aria. Por favor, corre.
Y así lo hizo. Aria corrió con todas sus fuerzas, con toda la energía que le quedaba, pero corrió.
* * *
Por fin vio la cabaña entre las hileras de árboles negros. El claro donde estaba era el único sitio lleno de luz.
Su cuerpo ardía. Se revolcó en el barrizal, pero nada calmaba aquel picor. Avanzó hasta el pozo y empezó a echarse cubos de agua encima, uno tras otro, pero tampoco la calmaban.
¿Por qué aquello seguía avanzando? La primera vez todo se había calmado.
Las venas negras ya le subían por el cuello. Cada vez sentía más peso, más oscuridad. Cayó de rodillas junto al pozo.
Hasta que él apareció.
Otra vez él. Aquel hombre alto, moreno y guapo que la había salvado la vez anterior. Tenía la ropa rota y un corte fresco en el brazo. Se acercó a ella sin decir nada y la cogió en brazos para llevarla dentro de la casa.
#1153 en Fantasía
#4810 en Novela romántica
maldicion, amor romance dudas odio misterio, contenido adulto +18
Editado: 25.10.2026