Les falta mucho para que me hagan jaque mate...
Le decía yo a los socios, en esas tardes de ajedrez y parqués en el parque, un sitio que olía a los muertos por ajustar cuentas, a los zapatos de los cables y a la fuma que compartíamos.
Y nosotros allí, necrófagos de droga y cucarachas como Gregorio levantándose de sus camas para cantar y blasfemar contra un mundo al que no pertenezco.
Un combo de cinco muchachos, con una sazón especial para perder el tiempo volando junto a las matas, fluyendo con el humo de unos cantos que permitían observar cómo el mundo me caía encima y a los padres suplicando a sus hijos que no terminaran como yo.
Supongo que vibrar en el aura de lo que no es palpable ni visible no es para todos.
O al menos así lo expresaba en canciones, mirando preciosas auroras saliendo de nuestros pechos que pintaban lo etéreo con arte.
Allí, en la vagancia y los trances abstractos, encontré mi sitio.
Y hablo con nostalgia de aquello, ya que no puedo quitarme la imagen del crepúsculo, por más que el tiempo y el plano del mismo se hayan deformado.
Aunque en canciones sentíamos ser eternos, y sí lo fui, pero no como lo imaginábamos.
Cada sábado era lo mismo: levantarme a mediodía, bañarme y comer mientras la inspiración me daba ideas de cuáles podían ser las rimas del día.
"Usted no va a salir hoy", decía la vieja mientras el minutero marcaba las cinco y media. Era temprano aún, pero ella creía seguir un presentimiento al que no le di importancia.
¿Quién a sus treinta años le sigue haciendo caso a su mamá?
Antes de irme, como siempre, busqué mis estímulos: la jeringa desgastada sobre la cama. Su ceguera hace que no tenga necesidad de esconderle nada.
"¿Y con quién va a salir?", me preguntó. Respondí que con los de siempre, mientras raspaba la aguja en mi brazo buscándome la vena.
Viendo el cuadro en esa pared: ella, yo y el cucho muerto que soñaba con que yo fuese médico. Cuando mis sentidos se transformaban, estallaba en carcajadas ante semejante ironía.
Y lo recuerdo enseñándome a mover cada peón, diciéndome que sin rey no había juego. Al final, ir al parque con eso era lo más cercano a seguir jugando con él.
Entonces me fui, sin beso en la frente y sin una última advertencia, como si esa costumbre a ella le hubiese terminado agotando.
O eso pensé, hasta que dijo "En el mundo no hay amigos", y luego salí.
A la calle taciturna. Cada paso se sentía arritmia, adrenalina, y como si la luna saliente me observase.
Y ellos desde la distancia, allá sentados en la mesa de siempre, la misma donde los jíbaros me dieron el primer bareto y abrí puertas a nuevas sensaciones.
Cuando cambié el rumbo de mis días, ellos aparecieron en un parpadeo y nunca se fueron.
Compartieron sin palabras que el mundo y su soledad no merecen mi atención, que solo hay que vivir a ese modo y llorar a los ausentes como mejor me plazca.
Que hay que escribir para demostrar que el dolor sirve para algo, aunque uno termine haciéndose parte del umbral del desamparo y la cobardía de huir de lo inevitable.
Al menos han estado siempre acá, desde que el viejo murió hasta ese día, en el que como siempre escribí y canté sobre melodías que solo escuchaba yo, jugando ajedrez con las sombras que ahora veo con claridad.
El otro lado del tablero no se movía y ganar era sencillo. Al hablar, ellos no replicaban; al fumar, nadie pedía. No había nombres, caras ni siquiera pies. Traté de darles vida, probé más para ver si algo sucedía, pero esa aguja no lo soportó.
Se rompió para nadar bajo mi brazo.
La música se apagó, las sombras no se movieron de sitio y el crepúsculo finalizó.
Y cuando la bohemia se terminó, el rey cayó junto con mi vida. Supongo que fueron demasiadas partidas disputadas y en una de ellas esos parceros debían ganar.
Y siguen acá, observándome luego de la muerte, en este umbral donde solo están ellos, yo, el ajedrez...
Y papá.