Papá vampiro por accidente.

Capitulo 1: Intruso.

Henrick.

Existen pocas cosas en este mundo que yo aprecie de verdad, y la más alta de todas es el silencio.

No hablo del silencio vulgar de las casas dormidas, donde siempre se escucha un reloj, un grillo o un vecino que ronca. Hablo del silencio de mi castillo, un silencio trabajado durante trescientos años con paciencia, disciplina y una cantidad razonable de amenazas. Es un silencio tan denso que los murciélagos del ala norte vuelan sin batir las alas por miedo a hacer ruido. Es un silencio tan perfecto que, cuando una vez se cayó una cuchara en la cocina, el castillo entero se detuvo como si hubiera estallado una guerra.

Aquella noche, como todas las noches, me senté en el trono de hueso negro de la sala principal, crucé una pierna sobre la otra, apoyé la barbilla en la mano y disfruté de mi silencio.

Todo estaba en su sitio. Las velas ardían con llama quieta, sin una sola corriente de aire que se atreviera a molestarlas. Los estandartes colgaban inmóviles. Los retratos de mis antepasados me miraban desde las paredes con esa expresión de reproche que tienen los retratos y que yo, con los siglos, había aprendido a ignorar. Al fondo de la sala, junto a la columna izquierda, Mortimer, mi mayordomo, esperaba de pie con las manos a la espalda y la cara de un hombre que lleva dos siglos esperando que algo interesante ocurra y ha perdido la fe.

Mortimer es un vampiro de apariencia sesentona, aunque en realidad tiene setecientos años. Es delgado, pálido, de nariz afilada y ceja permanentemente arqueada. Me sirve desde que yo era joven, si es que alguna vez lo fui, y es la única criatura del castillo que se permite suspirar en mi presencia. Lo tolero porque suspira muy bajito.

—Majestad —dijo en ese preciso instante, rompiendo el silencio sin ninguna consideración—, el consejo de los Cuervos Menores solicita audiencia para discutir la cuestión de las fronteras del este.

—No.

—Llevan solicitándola cuatro meses.

—Y llevo cuatro meses diciendo que no. Es una cuestión de coherencia, Mortimer. Un rey que cambia de opinión no es un rey, es una veleta con corona.

—Muy sabio, majestad. —Hizo una pausa de dos segundos exactos—. Los Cuervos Menores han amenazado con presentarse sin cita.

—Que lo intenten. Tengo a Gorvak en la puerta.

Gorvak es mi gárgola de guardia. Pesa dos toneladas, tiene la cara de un bulldog enfadado y es incapaz de dejar pasar a nadie, incluidas las visitas que yo mismo he invitado. Considero que es un defecto de carácter admirable.

Mortimer inclinó la cabeza y volvió a su sitio junto a la columna. Yo recuperé mi pose. El silencio regresó, con ese leve zumbido de satisfacción que sólo yo sé oír.

Y entonces olió a pan quemado.

Lo digo tal cual, porque no hay forma elegante de explicarlo. En mi sala del trono, en mi castillo, en mi reino de oscuridad, de repente olió a pan tostado, a pan tostado que lleva demasiado tiempo en la tostadora. Debajo del pan, un poco más sutil, había un aroma a lavanda. Y debajo de la lavanda, algo que no supe identificar, algo dulce y caótico, como si alguien hubiera metido una tarta de limón en una tormenta.

Mortimer alzó la ceja arqueada hasta una altura que yo no le había visto nunca.

—Majestad —susurró.

—Lo huelo.

—Creo que viene del techo.

Levanté la vista. Sobre nuestras cabezas, justo debajo de la cúpula, el aire había empezado a rizarse como el agua de un estanque cuando le arrojan una piedra. Las velas parpadearon por primera vez en trescientos años, y yo sentí, con una claridad desagradable, que mi silencio acababa de recibir una puñalada.

Hubo un destello violeta. Un chasquido. Un olor a tostada mucho más intenso.

Y después, un grito.

Un grito largo, agudo, absolutamente indigno, con un volumen que hizo temblar los cristales de los ventanales. Del centro del destello cayó algo que, al principio, no supe clasificar. Era grande, giraba sobre sí mismo y agitaba lo que parecían ser brazos y piernas, además de una cantidad sorprendente de tela. Se estrelló contra la lámpara de araña del techo, que era de cristal de roca, tenía quinientos años y era un regalo de mi abuelo. La lámpara se balanceó, tintineó lastimosamente y arrojó a la criatura hacia la izquierda, donde ésta chocó contra una armadura decorativa, derribó el estandarte de mi casa y aterrizó, por fin, de espaldas sobre la larga mesa de roble donde se firman los tratados.

Por pura casualidad, aterrizó sobre una bandeja de plata que alguien había dejado allí. La bandeja salió despedida, rebotó dos veces y terminó girando en el suelo con un tañido metálico que resonó por toda la sala durante lo que me parecieron tres años.

Luego, nada.

Silencio. Pero un silencio distinto. Un silencio roto, herido, con restos de humo violeta flotando sobre él.

Me levanté del trono despacio. No grité, no me alteré, no hice ninguno de los gestos de sorpresa que mi gente hubiera esperado de cualquiera menos de mí. Simplemente me incorporé, ajusté los puños de mi levita y avancé hacia la mesa con la lentitud calculada de quien lleva siglos perfeccionando su aparición.

Sobre la mesa había una mujer.

Estaba tumbada boca arriba, con los brazos extendidos en cruz y una expresión de total desconcierto. Era joven, o lo parecía, de piel clara con pecas sobre la nariz, y tenía el pelo castaño y rizado, enmarañado de una forma que sugería que lo había intentado peinar con un tenedor. Vestía un abrigo largo de color mostaza, una falda de un color que no existe en la naturaleza, medias de rayas verdes y moradas, y una bufanda de lana tan larga que una de sus puntas había quedado enredada en la lámpara de araña, de modo que ahora colgaba del techo como un ahorcado muy alegre. En la cabeza, ligeramente torcido, llevaba un sombrero de bruja de punta doblada, con un cascabel en la cima que tintineaba de forma desvergonzada cada vez que ella respiraba.




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