Eirian.
Lo primero que aprendí aquella noche, o aquella madrugada, o lo que fuera que estuviera pasando fuera de las ventanas, es que el té de hierbas inventadas sabe a calcetín mojado.
No estoy exagerando. Lo sé porque me lo bebí entero, con la educación que me inculcó mi madre, que siempre decía que a un anfitrión se le agradece el gesto aunque te sirva sopa de zapatilla. Me lo trajo el mayordomo, el señor Mortimer, un hombre larguirucho con una ceja que parecía tener vida propia, y me lo entregó con una reverencia y una expresión tan neutra que supe enseguida que él también sabía lo que había en la taza y que se estaba divirtiendo muchísimo.
—Con los saludos de su majestad —dijo.
—¿De verdad ha dicho eso?
—Ha dicho que no la mate el té, señorita. Es lo más parecido a un saludo que ha emitido en este siglo.
—Pues dale las gracias de mi parte. Y dile que está delicioso.
—No lo está.
—Ya lo sé, pero es mejor que se lo diga yo con una sonrisa a que se lo diga tú con esa ceja.
Mortimer me miró un instante, y por primera vez, la ceja descendió unos milímetros.
—Que descanse, señorita Jones.
—Si encuentro la manera, descansaré.
La puerta se cerró, la llave giró en la cerradura, y me quedé sola en la habitación azul del tercer piso.
Debo reconocer que era una habitación preciosa. Las paredes estaban cubiertas de un papel azul oscuro con estrellitas plateadas, había una cama con dosel que parecía un pastel de bodas, una chimenea encendida que crepitaba con una llama de color violeta, una alfombra gruesa donde mis pies se hundían como en un campo de musgo, y una ventana alta por la que se veía un cielo sin luna. Sobre la cómoda había una jarra con agua, un plato con dos galletas duras como piedras y un jarroncito con una rosa negra que, cuando me acerqué a olerla, giró la corola hacia mí con mala cara.
—Perdona —le dije—. Solo quería saludar.
La rosa se volvió hacia la pared. Me pareció que se había ofendido.
Me senté en la cama. Rebotó un poco. Me quité el sombrero, me quité las botas y me tumbé de espaldas, con los brazos extendidos, mirando el dosel. Intenté dormir. De verdad lo intenté.
No lo conseguí, por tres razones.
La primera era que mi cabeza no paraba de repasar lo ocurrido. Había querido ir a Cardiff a comprar velas de cera de abeja y había terminado en la sala del trono de un rey vampiro, colgada de una lámpara por la bufanda, discutiendo con una gárgola que se había declarado en huelga. Era, sin duda, mi mayor error mágico hasta la fecha, y eso que el año anterior había convertido las cortinas de mi salón en una bandada de palomas.
La segunda razón era que tenía hambre. Las galletas de la cómoda estaban tan duras que, cuando mordí una, oí un crujido y supe que había perdido un empaste. Las dejé donde estaban.
Y la tercera, la que más me inquietaba, era que no podía quitarme de la cabeza la cara de Henrick Blackdark.
Esto también requiere una explicación, porque soy una mujer práctica y no tengo costumbre de pensar en hombres que acabo de conocer. Pero aquel hombre... Cuando lo vi por primera vez, desde la mesa, con la cabeza todavía dando vueltas, pensé que era la criatura más imponente que había visto en mi vida. Alto, de hombros anchos, con el pelo negro peinado hacia atrás como si lo hubiera esculpido un escultor enfadado, una piel pálida como la leche y unos ojos de un gris tan oscuro que parecían tormentas encerradas. Llevaba una levita negra con botones de plata y un aire de mal humor tan perfecto que, de haber existido un premio al mal humor, él lo habría ganado, lo habría roto de un puñetazo y habría exigido que le devolvieran el dinero.
Y, sin embargo, cuando le dije que parecía estreñido, se le movió la comisura de la boca. Solo un poco. Un temblor casi invisible, como el de un hilo que alguien tensa y suelta enseguida.
Yo lo vi. Y eso, queridos míos, fue el principio del problema.
—No, no —me dije en voz alta, incorporándome—. No empieces, Eirian. Tú tienes un gato que alimentar.
Mi gato se llama Perejil. Es negro, gordo, tiene un ojo más grande que el otro y un odio profundo hacia todo ser humano excepto yo, y a veces ni siquiera yo. Lo había dejado en casa con un cuenco lleno y una ventana entreabierta, pensando que volvería en una hora con las velas. Ya llevaba fuera, calculé, unas cinco horas. Perejil estaría ahora mismo royendo una pata de mi sillón favorito como venganza.
Tenía que irme. Y no esperar a que amaneciera, ni a que me escoltaran con garantías, ni a que un rey con cara de estreñido decidiera qué hacer conmigo. Si algo he aprendido de mis años como bruja por accidente, es que a veces el camino más corto para salir de un problema es salir.
Me levanté, me calcé las botas, me puse el sombrero y me acerqué a la puerta.
Cerrada con llave, como era de esperar. Probé el pomo, por si acaso. Nada.
Entonces hice lo que hace toda bruja sensata en esa situación: saqué del bolsillo de mi abrigo el libro de mi tía abuela Gwenllian.
Lo llevo siempre encima. Es un volumen enorme, forrado en piel de color granate, con las esquinas gastadas y una cerradura de bronce que no funciona desde 1974. Cabe en el bolsillo de mi abrigo gracias a un hechizo de reducción que, según el propio libro, solo funciona los martes. Aquella noche, por suerte, era martes.
Lo abrí al azar. Siempre lo abro al azar, porque el índice está en galés antiguo y yo solo sé decir "buenos días" y "esto no es mío". La página que salió tenía por título Para abrir lo que está cerrado, y debajo, con la letra apretada y torcida de mi tía abuela, había una lista de ingredientes: una horquilla de hierro, tres granos de sal, una gota de aceite y una nuez.
—Qué suerte —murmuré—. Tengo una horquilla.
Tenía una horquilla. Tenía sal, en el bolsillo del abrigo, de una vez que quise condimentar un bocadillo. No tenía aceite, pero tenía mantequilla en un papel, de la misma vez, y pensé que daba igual. Y no tenía nuez, pero tenía una avellana, y pensé que daba igual también.