Henrick.
Hay una cosa que debo aclarar antes de contar lo que sucedió después: yo no tomo decisiones precipitadas.
Los reyes que toman decisiones precipitadas terminan con la cabeza en una pica o, peor aún, con su nombre en una canción de taberna. Yo llevo trescientos años en el trono porque cada sentencia que dicto ha sido meditada, calculada y revisada por lo menos tres veces antes de pronunciarse. Soy un hombre de método. Un hombre de orden. Un hombre que, cuando decide algo, lo decide con la frialdad de un glaciar.
Menciono esto porque lo que ocurrió aquella madrugada en mi sala del trono, con la corona de mi abuelo chorreando agua de fregona entre las manos de una bruja, fue lo más parecido a una decisión precipitada que he tomado en mi larga existencia. Y todavía hoy, cuando alguien me pregunta por qué lo hice, respondo que fue una medida estratégica.
Nadie me cree. Mortimer menos que nadie.
—Señorita Jones —dije, cuando por fin recuperé el uso de la voz—. Devuélvame la corona.
—Claro, cariño.
Me la tendió con las dos manos y una sonrisa de oreja a oreja. La corona goteaba sobre mis botas. Algo parecido a un hilo de fregona colgaba de una de las espinas y se balanceaba con alegría. Me quedé mirando el hilo durante un buen rato.
—Mortimer.
—Majestad.
—Retire esto.
—¿La corona, majestad?
—El hilo.
Mortimer lo retiró con dos dedos y la expresión de un cirujano extrayendo una bala. Yo sostuve la corona de Aldric Blackdark, mi abuelo, el único hombre que me infundió miedo en toda mi juventud, y observé con asombro que brillaba como no lo hacía desde el día de su coronación. Las espinas estaban rectas. La plata resplandecía. Incluso parecía oler bien, a limón y a lavanda, un perfume que a mi abuelo le habría provocado un síncope.
—Está limpia —murmuré.
—¿Verdad que sí? —dijo ella, muy orgullosa.
—No le he dado las gracias.
—Se nota que te cuesta, pero no pasa nada. Te las perdono.
—No pensaba dárselas.
—Pues entonces me las perdonas tú a mí por haberlas pedido.
Respiré hondo. Había aprendido en las últimas horas que respirar hondo no servía de nada, pero se había convertido en una especie de hábito, como quien reza sin creer.
—Señorita Jones, esto no puede seguir así.
—Estoy de acuerdo.
—¿Lo está?
—Totalmente. Yo tengo un gato en casa que lleva horas sin comer y tú tienes un castillo lleno de gente que se ríe de ti a escondidas. Ninguno de los dos está bien. Creo que lo mejor es que me dejes marchar, y así...
—No.
—¿No?
—Usted no se marcha.
Se quedó callada un instante, con la boca entreabierta y los ojos muy abiertos. Era la primera vez que la veía sorprendida de verdad. Y debo confesar que me produjo una satisfacción pequeña, mezquina, deliciosa.
—¿Perdona?
—Ha destrozado mi propiedad. Ha alterado el orden de mi castillo. Ha convertido una reliquia milenaria en una tetera con ideas propias. Ha desarmado la lealtad de mi guardián y ha confundido a mi mayordomo hasta el punto de que lleva toda la noche con la ceja en una posición anatómicamente imposible.
—Es verdad —confirmó Mortimer—. Me duele.
—Por tanto —continué, ignorándolo—, no le permitiré abandonar mi castillo hasta que repare todos y cada uno de los daños que ha causado. Se quedará aquí. Trabajará. Arreglará. Y una vez que el último objeto esté en su sitio, y no antes, será escoltada hasta la salida.
—¡Pero si arreglo todo en un momento!
—Dudo mucho que usted arregle nada en un momento.
—Yo arreglo cosas muy bien.
—Ha arreglado un cáliz y ha obtenido una tetera.
—Una tetera preciosa.
—Una tetera que, según el informe de Odalys, lleva veinte minutos discutiendo con una calavera sobre la naturaleza del té.
—Es que la calavera no entiende de cultura.
Alcé una mano. En trescientos años, ese gesto había silenciado a ejércitos, parlamentos y a un dragón particularmente charlatán. Eirian me miró la mano. Me miró a la cara. Luego, con una sonrisa traviesa, hizo lo que nadie había hecho nunca: me dio una palmadita en el dorso, como quien consuela a un perro nervioso.
—Qué mano tan grande —dijo—. Seguro que sirve para muchas cosas.
Fue entonces cuando comprendí que no iba a ganar.
No esa noche. Quizá nunca.
—Mortimer —dije, con mi voz más fría—. Anote que la señorita Jones permanecerá en el castillo en calidad de... —Busqué la palabra—. De deudora.
—¿Deudora, majestad?
—De deudora de mantenimiento.
—Qué título tan elegante —opinó Eirian.
—No es elegante.
—Suena a puesto de funcionaria. Me gusta. ¿Tengo sueldo?
—Tiene una cama, una chimenea y té de calcetín.
—Pues dame también las galletas buenas.
—Las de la cómoda son las galletas buenas.
—Entonces hay que revisar las prioridades del castillo.
—Señorita Jones —dije, y noté que mi voz se elevaba medio tono, cosa que me irritó—. Esta conversación ha terminado.
—Como quieras.
—Retírese a su habitación.
—Por supuesto.
—Y no abra la puerta con ningún hechizo.
—Prometido.
—No es una promesa creíble.
—Es una promesa con intención.
—Eso es peor.
Se rió. Me hizo una reverencia grotesca, agachándose tanto que el sombrero se le cayó y rodó por el suelo, y se agachó a recogerlo, y al incorporarse se dio con la cabeza en el brazo del trono, y dijo "ay" muy bajito, y se frotó la frente con una expresión de dolor tan sincera que estuve a punto de preguntarle si estaba herida.
No pregunté, naturalmente. Soy un rey.
—Buenas noches, Henrick —se despidió, y cruzó la sala con un trotecillo ligero—. Que descanses. Aunque supongo que tú no duermes de noche, ¿no? Qué horror. Si alguna vez te apetece conversar, estaré en la habitación azul. Si me dejan, claro. Hasta luego, Gorvak. Adiós, Sir Ulrich. Mortimer, cariño, dile a la cocina que las galletas, que no, que se las queden, ya me apaño.