Paradoja: Los viajes temporales del doctor Montes

Capítulo VI: Los días felices

Martes: reinicio de actividades

El día martes tenía que regresar a trabajar en la clínica. Me levanté temprano, salí a andar en bicicleta, regresé a mi casa con la novedad de que mi señora estaba preparando el desayuno, por lo que me vino una gran satisfacción ya que en otros tiempos no tenía a nadie quien me cocinara tan delicioso: Un rico pan amasado, recién salido del horno, unos huevos revueltos con tomate, una deliciosa taza de chocolate con algo de espuma que quedaba impregnada en los labios.

Posteriormente me fui a duchar, me vestí, para luego tomar la bicicleta en dirección a la Clínica. Estaba a punto de salir cuando Stella me detuvo y dijo:

- Que no se te olvide pasar a la vuelta por el supermercado para algunos refrigerios.

Le respondí:

- Si amor, no te preocupes.

- Y que no se te olvide el auto.

- Sí…

Acto seguido se acercó y me dio un beso en la boca... beso que perduró unos buenos segundos. No la quería soltar, ni siquiera irme a trabajar. Terminado ese beso, Stella exclamó:

- ¡Wuau! Eso sí que fue único.

- Bueno… es que me dejé llevar… lo siento.

- ¿Y por qué lo sientes?

- Eh… no nada… mejor olvídalo.

- Sí, pero no el beso, jijiji.

- Claro.

Me sentía el hombre más feliz del mundo, me había enamorado de Stella con mucha intensidad. Acto seguido, tomé mi bicicleta y me despedí de Stella.

Como era habitual pasé por el taller de Pedro, lo saludé y me conto algo muy interesante:

- Amigo mío te voy a confesar algo de interés.

- ¿Ya? ¿Y de qué estamos hablando?

- Esta tarde le voy a pedir matrimonio a tu cuñada.

- ¿Le pedirás matrimonio a Sofía? ¡Eso es maravilloso!

- ¿Cierto?

- Claro… Y déjame decirte que el matrimonio es lo mejor que te puede pasar.

- Si.

- ¿A qué hora le vas a pedir matrimonio? ¿Y en qué lugar?

- A las 3 de la tarde, en el “New Rotterdam”.

- Lástima, me lo voy a perder por el trabajo, pero de seguro que va a decirte que sí. Sofía es una buena mujer.

- ¿Cómo estás completamente seguro de esto?

- Pues… porque ustedes nacieron para estar juntos.

- jajaja. Si tú lo dices.

Después de esta conversación nos despedimos, y ante que pusiera marcha en la bicicleta me dijo:

- ¿Y no te vas a llevar tu auto?

- eh… ¿Puedes llevarlo a mi casa después?

- Bueno… no hay problema. Pasaré a dejártelo por la noche.

Luego continué mi recorrido hasta llegar a la tienda del Sr. Cox para comprarme unas bebidas energéticas. Estaba saliendo de la tienda cuando el Sr. Cox me detuvo y me dijo:

- Montes ¡Espera! me gustaría hablar contigo después.

- ¿De qué? ¿Quieres una cita?

- ¡Ni con tres piscolas! Jajaja. No, en realidad es sobre un hecho que me llamó la atención… hace mucho tiempo atrás.

En ese momento comencé a recordar lo que pasó en el pasado, cuando viajé en el tiempo y me topé con él en esta misma tienda. Pensé “¿Será por eso?” Me empecé a angustiar. Le dije:

- Está bien Mr. Cox, volveré a la tienda en la tarde y ahí conversamos….

- No, yo voy a ir a la Clínica y te busco.

- Muy bien… lo esperaré. Nos vemos.

Seguí mi camino hasta el trabajo, pero con esa gran incógnita ¿Qué me va a decir este buen hombre?

Al llegar a la Clínica me encontré con la enfermera Lee, con un notorio rostro de agotamiento. Le pregunté qué le pasaba y ella no quiso responderme, lo único que hizo fue saludarme y comenzó a enumerarme todas mis tareas y pacientes que iría atender en la jornada. Me pregunté: “¿Acaso sería que mi intervención temporal la afectó en su manera de ser?” En fin, fui a ponerme mi bata y comencé a atender a los pacientes.

Como era la costumbre, muchos pacientes venían por problemas respiratorios e iba levantando el ánimo. El último paciente que llegó a verme fue un sacerdote de la parroquia del centro de Citytroy, con un fuerte dolor de cabeza que lo aquejaba hace días. Además de recetar unos medicamentos y reposo, aconsejé al cura que no se excediera en su labor, ya que muchas veces, atender a las personas puede ser “algo tedioso”. El sacerdote me respondió:

- Sí, pero recuerde que mi llamado es tan fuerte que me obliga a renunciar a mí mismo.

- No quepa la menor duda padre. A propósito de vida espiritual… hay algo que me gustaría decirle.

- Bueno… ahora resulta que después de aconsejarme a estar en reposo, me quieres pedir un consejo. Jeje.




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