Paradoja: Los viajes temporales del doctor Montes

Capítulo IX: Reconquistando el corazón

La memoria del pasado

Había llegado al 12 de junio del 2010 con la idea de encontrar a Stella y protegerla de Yesenia. A diferencia de los viajes del tiempo de Yesenia, no fui llevado al pasado en el mismo punto en el que viajé desde el presente: de hecho, llegué cerca de la plaza de Citytroy.

Ahí pensé en algunos hechos como el de dejar abandonado a mi otro yo del futuro en el presente junto con Yesenia, dejándome con un trauma por su muerte tan trágica, pero tenía que continuar con mi misión. Inmediatamente puse manos a la obra y salí en búsqueda de Stella. Para eso tenía que ir a su casa.

Estaba en la búsqueda cuando me iba dando cuenta que el camino que llevaba a su casa era muy rustico y estaba lleno de pozas de agua a su alrededor, no era de extrañarse ya que eran las vísperas del invierno, y eso me hizo recordar a otro episodio en mi vida:

Siempre con mis padres a la reserva natural del lugar a explorar los bosques y su fauna. Como era la costumbre, era muy difícil cruzar aquellos fangosos caminos con sus hoyos llenos de agua. Mi padre manejaba muy nervioso por esos caminos ya que el barro se salpicaba por toda la camioneta japonesa. Mi madre lo trataba de animar, pero parece que era peor, más nervioso se ponía. Todo eso era hasta que llegábamos al refugio para descansar y luego continuar caminando por los senderos.

Cuando los recorríamos, siempre nos topábamos con algunos turistas extranjeros, en su mayoría europeos. Había algunas mujeres rubias altas que llamaban la atención de los chilenos. En esos días, mi atención hacia las mujeres no me era como aquellos compatriotas que solo se interesaban en ellas como un deleite para sus ojos... en otras palabras.

Estos recuerdos de infancia terminaron abruptamente cuando me topé con un cruce a mano izquierda que iba en dirección a los montes de la "Matriarca Italiana". En esos lugares se encontraban algunos descendientes de colonos italianos que se asentaron hace 100 años atrás. Estos italianos eran famosos por la crianza de ovejas, producción de lana, venta de carne, y la pasteurización de la leche de vaca de los vecinos aledaños. Pero, la fama de aquellos cerros era más bien por la "vieja mujer italiana" que lideraba a la pequeña familia, por eso ese lugar era llamado así. Después de la muerte de la señora, los descendientes se repartieron los terrenos, entre ellos estaban las familias Benedetto y Della Torre.

Los Benedetto emprendieron otros negocios como la administración de empresas y tuvieron tanto éxito que las ofertas laborales llegaron de todas partes. Debido a esto, abandonaron el campo para irse a vivir a Buenos Aires, Argentina.

Los Della Torre siguieron con los negocios familiares por mucho tiempo hasta que la crisis económica les afectó profundamente. Cuando la crisis acabó, la competencia laboral les llegó de manera muy fuerte por lo que tuvieron que buscar otras fuentes de empleo. Stella y Sofía eran parte de esa familia, pero terminaron por trasladarse hacia otros lugares, hacia el “Cerro de la viuda”, llamado así por la antigua mujer viuda rica de la ciudad que terminó con retirarse hacia aquel lugar para envejecer y morir tranquila.

Así estuve recordando todas estas cosas y la historia de los colonos de estos cerros mientras seguía caminando.

Corazón a mil

Tomé el camino de la derecha para seguir con mi travesía. Estaba subiendo aquel lugar cuando el paisaje comenzó a hacerse más familiar porque ya estuve aquí cuando me encontré con Stella y Sofía por primera vez: los mismos árboles con las hojas cayendo, el césped amarillo, la misma bajada en la que me oculté y cerca un sendero que apuntaba a la vieja casa que estaba en el alto. Fue en ese momento que recordé todo lo que viví “el día de ayer” con las chicas. Curiosamente me dio hambre, aunque ya había comido algo antes de viajar al pasado.

De pronto, aquella meditación se vio interrumpida cuando apareció Stella detrás de mí (por supuesto que yo no me había percatado), me tocó el hombro y me habló:

- ¿A dónde vas?

Inmediatamente reconocí su voz y me di vuelta para verla y me quedé muy impresionado por su rostro juvenil ya que me había acostumbrado a mirarla más madura y hermosa (no estoy diciendo que la Stella del pasado no sea hermosa, lo seguía siendo). Aun así, me había sonrojado y me quedé observándola de manera muy boba. Ella inclinó un poco la cabeza, como si tratara de coquetearme, me miró con una sonrisa y me dijo:

- ¿Hola? ¿Planeta Tierra? ¿No me vas a responder?

- Hola amor…

Inmediatamente me di cuenta del error pensando: “¿Amor? ¿Qué fue lo que le dije?”

Ella se descolocó con esa frase y se puso roja. Yo no sabía cómo responderle con esta atmósfera que se formó, mi corazón palpitaba a mil revoluciones por minuto. Pero traté de controlarme de inmediato y le dije:

- Hola ¡A Moro! ¿Cómo estás?

Ella se descolocó con esa última frase y me preguntó:

- ¿A Moro?

- ¡Sí! Eso quise decir, así acostumbro saludar a personas que frecuento. A Moro quiere decir: A de amigo y Moro de simpatía.

- Nunca antes había escuchado una frase tan rara.




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