Pasos hacia el Destino

Capítulo 162, Paraíso, (13)

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A su frente se encuentra uno de los animales más pequeños: una ardilla de cola blanca.
Zachin estudia al animalito, que parece hacer lo mismo con ella. Lo ve incorporarse sobre las patas traseras y dar un paso, obligándola a retroceder. Cuando este avanza de nuevo, Zachin extiende la mano para incinerarlo, y al hacerlo, sus llamas no le hacen nada.
—¿Quién eres? —pregunta ella con un rugido.

Piensa en huir de su presencia; sin embargo, la mano que unos instantes intentó destruirlo permanece extendida, esperando algo.

El combate entre el Quinto y el anciano contra Laboa se intensifica. El Sexto aparece y desaparece, obligándolos a defenderse tanto de sus ataques físicos como de aquellos que atraviesan las barreras del tiempo.

En cuestión de segundos, el anciano resulta herido. Consiguió seguir los zarpazos y protegerse de ellos, pero no es capaz de defenderse de las garras que cruzan las barreras temporales, donde terminan rasguñándole la carne de su pierna derecha. El dolor lo saca del arte del destino y, en la siguiente embestida, su pecho se llena de marcas. Lo que viene después está a punto de poner fin a su vida, donde el Quinto tiene que interponerse entre él y su atacante, cubriéndolo con su cuerpo.

Ambos salen volando para estrellarse contra el suelo a gran velocidad.

Laboa se desliza por el terreno, destrozando rocas y huesos a su paso, dispuesto a acabar con el Quinto y el otro humano, cuya mente todavía no ha conseguido leer.

—¡Maestro! —exclama el anciano, ignorando el dolor.
Sacude el cuerpo inconsciente del Quinto, que sangra por la boca, mientras las carcajadas del Sexto resuenan por todas partes.
Un rugido que proclama «¡Mueran!» estalla en el instante en que Laboa abre sus docenas de manos.
De inmediato, el anciano se incorpora y alza el puño. Frente a él, el Sexto tiene sus fauces abiertas, mostrando filas de dientes mientras su rostro se deforma en una mueca de demencia. Adopta su postura de combate e intenta recurrir al arte del destino, pero la pierna herida cede bajo el dolor que los Sextos pueden provocar.

El miedo lo congela al entender que quizá aquel sea su último instante. Aun así, recuerda hasta dónde han llegado los humanos, todo lo que han conseguido resistiendo juntos. Cuando vuelve a la pelea, el dolor no ha desaparecido, pero tampoco la determinación que endurece sus facciones.

Laboa tiene a sus dos adversarios a merced de sus uñas y está por acabar con ellos cuando un grito de su Ama lo obliga a detenerse. No comprende qué podría haberla aterrorizado tanto, ni cómo el Guerrero Imbatible habría logrado sobrevivir. Al volverse, descubre que una de las Amas más poderosas tiembla frente a un espacio aparentemente vacío. Laboa agudiza sus sentidos y recurre a su poder para rastrear la presencia que ella percibe. No encuentra nada. Ninguna señal, ninguna huella, ninguna explicación. Solo alcanza a ver cómo su Ama vuelve a atacar algo que él es incapaz de percibir.

Entretanto, el anciano regresa junto a su maestro, que poco a poco recupera la conciencia. Tampoco comprende qué le sucede a la Ama, aunque mantiene la esperanza de que todo eso forme parte del plan del Quinto.
—Maestro…
El Quinto abre lentamente los ojos, tosiendo y escupiendo sangre.
—¿Olla? ¿Qué ha pasado?
—No lo sé. La Ama, ella… está luchando contra algo.
Sin dejar de toser, el Quinto mira lo que sucede y luego regresa hacia él. No necesita pronunciar una palabra: su expresión basta para transmitirle que Ámilis lo había conseguido.

El anciano se llena de alegría y orgullo por aquel guerrero que nunca se rindió; su estudiante y amigo.

Zachin lanza otro ataque, uno capaz de acabar con numerosos Maestros, y en lugar de hacer desaparecer a la ardilla, esta permanece en pie, intacta y desafiante. Con una de sus manos todavía extendida, usa la otra de nuevo, sin ser capaz de hacerle daño. Empieza a sospechar que podría tratarse de un hilo.

Entonces, todo cuanto la rodea se oscurece.

Unas luces se encienden. Ante una multitud expectante, una pequeña ardilla regresaba de un largo viaje. Todas las miradas convergen en el personaje principal, mientras el murmullo del público se apaga y la sala aguarda el comienzo de la historia.

—Damas y caballeros, los invito a escuchar la historia de un guerrero que ha luchado durante mucho tiempo y que, tras años defendiendo las vidas de su reino, ha decidido regresar a su hogar para vivir el resto de sus días en paz.

Zachin reconoce aquella voz, ignorando cómo su miedo se había desvanecido por completo. Ella se había vuelto parte de la audiencia, siguiendo a la ardilla que ahora cargaba un diminuto casco, apenas del tamaño de un pulgar, cubierto de abolladuras. Su armadura, remendada y gastada por los años, revela una larga vida de combates.

Algo se remueve en lo más profundo de Zachin.

—Él nunca persiguió la codicia y, a cambio de sus incontables servicios, solo pidió lo mínimo. Por eso, todos lo conocen como el guerrero de las nueces: el caballero Nube.

El corazón de Zachin late con una intensidad diferente, de miedo y anticipación.

Nube, después de tanto tiempo, había regresado a su hogar. Antes de entrar, tiene que subir por las escaleras construidas junto a las raíces de su árbol. Al abrir la puerta, encuentra en el interior toda clase de muebles: sillas, una mesa, su escritorio y los numerosos estantes que ha reunido a lo largo de su vida. Se desabrocha la correa del casco y lo deposita sobre la mesa. Luego, se quita las botas y el resto de su pesado ropaje para guardarlos por última vez.




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