El Sexto que lleva a cabo la sentencia, corta los poderes de Laboa y con su propia fuerza, corta los hilos de aquel futuro. El impacto es instantáneo. Los Sextos más débiles, aquellos que habían abandonado sus vidas a cambio de vivir sus sueños en los mundos-paraíso, son los primeros en extinguirse. Con ellos se llevan a miles de personas que se desvanecen sin dejar rastro. Los Sextos más fuertes, que lucharon contra Ámilis por tanto tiempo, son los siguientes en irse, pero al menos son capaces de hacerlo en los brazos de sus amados. Con los ojos cerrados, comparten sus últimos segundos que les quedan.
Zachin no deja de mirarse las manos, en especial la derecha, con la que usó para matar al Guerrero Imbatible. Cierra los dedos y alza la cabeza hacia el cielo donde incontables emociones se reunían.
—¿Por qué? —exige el anciano. A pesar del miedo que siente por la Ama, quien los ha atacado una y otra vez, necesita escucharla decir algo—. Lo traicionaste. Ustedes… fueron amigos.
Ella no le responde de inmediato. No porque no tuviera una respuesta, sino porque los sentimientos que estuvieron a su lado se despedían de ella para ir a ayudarla en el pasado.
—Yo… —gruñe—. No pude verlos.
Entre los recuerdos de emociones que ve irse, los últimos son los de Tomás, Nevia y Yudaxia.
—¿Qué? —El anciano lo dice bien enfadado.
—¿Sabes quién fue Belanir? —interrumpe el Quinto, que se mantiene apoyado en Olla.
—Sí. Ella fue un capítulo de mi vida. Sé que no puedo pedir esto, pero quiero que me perdones, hijo —dice Zachin dirigiéndose a ellos con la vista directa en el anciano.
Por su parte, el anciano no esperaba escuchar a un ser como aquel Sexto llamarlo hijo. Con cada paso que ella da, un pedazo de su cuerpo se cae al suelo, como si estuviera cubierta por un cascarón que comienza a desprenderse.
—Puedo recorder del primer día que te vi, el instante en que te tuve en mis brazos y el momento en que me llamaste madre por primera vez —clama la Ama. Su voz recupera la normalidad después de un largo periodo—. Te vi crecer hasta convertirte en un hombre justo y honesto.
La mujer que el anciano tiene a unas cuantas pulgadas ya no es la Ama de los Sextos, sino una mujer de cabello negro y de ojos cafés.
—Puedo ver todo lo que diste por mí y todo lo que todavía estás dispuesto a dar —continúa, dejando al descubierto sus sentimientos al igual que su cuerpo, que ya no cuenta con protección alguna—. Mi querido hijo, Tomás.
Con esas últimas palabras, el anciano descubre su nombre.
—¿Tomás? —repite después de que el Quinto lo suelta para que Zachin lo reciba en sus brazos.
—Perdóname por todo lo que te hice. Perdóname, Ámilis… Perdónenme todos. Perdónenme… —suplica la Ama, incapaz de dejar de llorar.
Toda la ira y la confusión que Tomás siente se desvanecen en los brazos que lo toman. Antes de que pueda siquiera aclarar si sus palabras son ciertas, la tiene estrechada.
La luz de la destrucción se aproxima desde los bordes de la existencia, lista para devorar y borrar todo a su paso.
—Disculpa, pero es hora de que regreses —comunica el Quinto.
—¿Tú siempre lo supiste? —infunde Tomás, dejando ir a su madre.
—Mi otra parte, la que borró tus memorias, no me transmitió esa información. Yo mismo no puedo permanecer en esta existencia por mucho tiempo, y las tres cosas que conocía eran el nombre de Zachin, Belanir; las dos personas que debía traer a este futuro: el hombre de la olla y la futura Maestra de las dos espadas. El Quinto de aquel periodo lo hizo para protegerte contra los poderes de los Sextos.
—Tengo muchas preguntas —insiste Tomás, que deseaba saber todo acerca de su pasado—. ¿Qué le va a pasar al resto? ¿Cómo puedo abandonarlos?
—Tienes que regresar. Tu papel no ha terminado —avisa el Quinto, obligado a tomar asiento por el dolor en la espalda—. La olla de seguro conserva muchos recuerdos.
Zachin vuelve la atención hacia la olla, cubierta por abolladuras y huellas de miles de personas cuyas vidas su hijo había logrado cambiar con su mate. También se encontraban los días que compartieron cuando él fue un niño. Con su poder, la atrae y la coloca cerca de ellos.
—Por supuesto.
Tomás recibe con un beso en la mejilla las memorias de su madre y los de la olla. Sus ojos se inundan de lágrimas al contemplar la historia de su vida desde el punto de Belanir. Ve cómo ella estuvo dispuesta a matarlo y cómo Nube y Yoleh lo rescataron. En su interior revive la historia de una mujer desgraciada por su destino que, después de cometer tantos errores, consigue cambiar y ofrecerle el amor de una verdadera madre.
—Quisiera borrar todo lo que ha ocurrido, pero no puedo —suplica Zachin—. No es necesario que me salves otra vez.
—Pase lo que pase, lo voy a hacer porque te amo —dice Tomás alegre de recuperar su identidad y los nombres de su esposa en el pasado y la de sus propios hijos. Antes de proseguir, le limpia las mejillas—. Si tengo que hacerlo mil veces, siempre te voy a rescatar.
El Quinto abre un portal lo bastante grande para que Tomás pueda cruzarlo. El mundo que se abre al otro lado parece el reflejo de un espejo en el que se muestra la ciudad oscura de Encan. Tomás está a punto de cruzarlo, pero se detiene al darse cuenta de que el Quinto no va a seguirlo.
—¿Maestro? ¿No vas a venir conmigo?
—No. No me queda mucho. Gracias por haberme ayudado y buena suerte.
Tomás agarra la correa de la olla y la coloca sobre el hombro, listo para partir.
—Los amo a los dos. Hemos compartido muchos momentos, mi gran maestro, el Quinto y mi amada madre, Belanir —dice sin volverse—. Adiós.
Ambos se despiden de la misma forma y lo contemplan desaparecer cuando el portal se desvanece.
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