A pocos segundos de perder su poder, Laboa decide emplear lo que le queda contra Zachin. Su desesperación por vengarse busca evitar que ella logre algo de felicidad.
En el instante en que el poder de la Ama lo alcanza, su cuerpo se ilumina de tal modo que ni siquiera sus huesos consiguen contenerlo. La carne de sus manos se derrite y el pecho se le abre, dejando al descubierto las entrañas, mientras el cráneo comienza a resquebrajarse. A pesar de la destrucción que lo consume, consigue resistir lo necesario para lanzar su ataque y contra la persona que intenta protegerla.
***
Zachin e Isabel se preparan para el enfrentamiento. Zachin planea eliminar a su objetivo sin piedad, sin importar si le da la espalda. Ojalá no intente huir, pues no se detendrá hasta completar su misión. La princesa, por su parte, lamenta haber abierto su corazón a personas que apenas conoce. Minutos antes, Drágala insistió en permanecer a su lado, pero ella, confiada y como una tonta, le pidió que la dejara en paz para disfrutar de la noche con sus amigas. Ahora, ese recuerdo pesa más que cualquier otro arrepentimiento.
—No lo hagas —pide Isabel, con el sudor deslizándose por su frente. El temor por su propia vida no se compara con la angustia de lo que pudiera ocurrirle a su hija.
El demonio en Zachin hace que sus pupilas ardan con un rojo intenso. La guerrera desenvaina su espada y adopta una postura de ataque; el filo recoge un destello que le deja claro a su oponente que solo le queda una prioridad: sobrevivir.
La princesa ya no puede confiar en la amistad que creyó compartir con ella, así que deja de suplicarle. Sin más opciones, libera su poder. Su cabello rubio se eleva alrededor de su cabeza mientras sus capacidades físicas y mentales se agudizan: su fuerza, la percepción, la agilidad, la elasticidad de sus músculos y la velocidad con que procesa cada movimiento alcanzan un nuevo nivel. Sus pupilas adquieren un resplandor semejante al de Zachin, y ambas quedan envueltas en una tensión que parece aislarlas del resto del mundo.
Durante unos segundos, ninguna se mueve. El enfrentamiento que está a punto de comenzar solo permite los sonidos de sus respiraciones adentro del cuarto.
Zachin da el primer paso. Lo hace con una lentitud deliberada, casi provocadora, obligando a la princesa a retroceder sobre sus pies descalzos y a reajustar el ángulo de su espada. Isabel eleva los codos en una postura defensiva, concentrada en cada movimiento de su adversaria. Zachin da otro paso y el tercero la impulsa hacia delante en un salto.
La espada desciende sobre Isabel con fuerza suficiente para partirla en dos. En vez de confiar en el arma que su asesina le entrego, decide desviar el tajo.
Zachin esperaba esa maniobra y en un solo movimiento de su cuerpo, le asesta una patada en el estómago que lanza a la princesa contra el muro.
Isabel se dobla con el impacto y el dolor, pero ni en pleno vuelo pierde de vista a su atacante: Zachin ya corre hacia ella, con la espada preparada para asestar el golpe definitivo. Desesperada por impedir que la alcance, dispara su revólver, con la esperanza de que la detenga o al menos alerte a sus guardianes.
Dos de las siete balas salen casi al mismo tiempo, una dirigida a la cabeza de Zachin y la otra a su pecho. La primera la evade doblando su cuello y la otra con un salto de pirueta en el aire. Isabel, sin embargo, ya había preparado una tercera, cargada con mucha más magia. La dispara justo cuando su espalda choca contra la pared.
El proyectil avanza al doble de velocidad que los anteriores, envuelto en una intensa aura. Zachin intenta esquivarlo, siguiendo su trayectoria con los iris encendidos. Pero, cuando gira el cuerpo, comprende que la bala posee una detonación. Apenas dispone de una fracción de un instante para reaccionar. Cruza los brazos delante del rostro justo cuando la luz se transforma en una explosión que sacude la habitación. La onda expansiva la arroja contra el extremo opuesto, destrozando los barriles y cajas.
Ambas consiguen levantarse. Isabel es la primera en reanudar el ataque: alza el revólver y apunta a quien consideraba su amiga, la misma persona que, al parecer, siempre había planeado matarla. Por un momento recuerda lo feliz que se había sentido a su lado en el teatro. El recuerdo le oprime el pecho, pero no puede permitirse vacilar. Aprieta el gatillo.
Zachin contempla a Isabel con sus ojos rojos, atrapada entre el recuerdo de quien fue y la promesa de lo que todavía puede conseguir esta noche. Siempre ha sido una de las guerreras más poderosas de los clanes de los demonios, una combatiente que consiguió ganar innumerables batallas y que pudo haberse convertido en una Zulier. Aún puede perseguir ese destino, ese anhelo que su corazón nunca ha abandonado. Solo necesita matar a la mujer que tiene delante y reclamar el lugar que cree merecer.
Su cabello se despliega a su alrededor cuando despierta una parte de su verdadero poder; su complejidad. Aunque el dolor empieza a extenderse por su cuerpo, no piensa detenerse.
La bala que Isabel había imbuido de magia acaba dividida por el arma de Zachin. El temor a morir se vuelve más inminente, aunque ella se niega a ceder. Carga el siguiente proyectil con una energía mayor, concentrando gran parte de su magia en aumentar su velocidad y resistencia, para que nada pueda frenarla ni desviarla. No importa qué tipo de demonio sea Zachin: Isabel se convence de que esta vez no logrará esquivar el disparo. Necesita ganar. Necesita salvar a su hija.
Apunta de nuevo y canaliza la energía hacia el revólver, hasta que todo su brazo resplandece.
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