Pecadora [la entrada al paraíso]

VEINTIUNO

† VEINTIUNO †

—MAMÁ BRUJA, MÉDIUM DE LA TIERRA—

 

 

 

Tres días para la Llegada, mañana.

—Perfecto, muchachos —aplaudió por encima de la cabeza para llamar la atención de los dos Naderu recién llegados desde el confín de la nación—. ¿Noticias, Märel?

        Los pajarracos solían abrir ciertos tipos de portales que les permitían saltar de un lado a otro con rapidez; así lograban recorrer más espacio en menos tiempo, siempre que este estuviera en un rango de cien kilómetros. Entre ellos estaba Märel quien se unió a su colega, Moroo, en la búsqueda de los ángeles de Yahvé. Les recibió de mejor grado, por toda la ayuda que venía recibiendo de ellos.

        Moroo tenía el pico lleno de un menjunje rojizo que simulaba el color de la sangre, mientras que Märel descansaba entre las ramas de un arbusto.

        —¿Las buenas o las malas primero, madame? —rio Märel. Era el mayor de los Naderu, y por ello, era el más respetado de los suyos aunque fuera el que peor caía para el resto de demonios—. Prepárate, jamás había escuchado noticias más jugosas.

        —Las buenas —respondió Dalila—. Alégrame la mañana, Märel.

        El pájaro esbozó una horripilante sonrisa, con sombras proyectadas por los primeros rayos de sol que comenzaban a calentarle el huesudo pescuezo. A su izquierda, Moroo se picoteaba en medio de las alas, desprendiéndose trozos de carne putrefacta.

        —Los encontramos, están cerca de aquí, ¡bastante cerca!, apenas unas cuentas horas de vuelo.  

        Dalila tragó saliva.

        —No podría traer refuerzos.

        —Exacto —murmuró pesaroso—. Por eso su encuentro nos lleva a una mala noticia, chiquita.

        —Habla.

        —Bueno —prosiguió—. El maldito arcángel está a menos de ochenta kilómetros desde aquí, ocupado con asuntos que pueden considerarse interesantes

        Sonrió.

       Dalila observó el panorama. El sol teñía el cielo de un color lechoso que empezaba a tomar un tono más azulado, aún debía esperar a la tarde para volver a su hogar.

        —¿Algo más que deba tener en cuenta?

        No estaba segura de qué sucedería si llegaba a cruzarse con Miguel. Confiaba en que respetara el Tratado de Almas que le otorgaba protección, pero sería una imprudencia esperar que después de todo lo que había hecho en la superficie se hiciera el de la vista gorda.

        —Ah, sí —añadió mientras se hundía de nuevo los afilados dientes—, está acompañado de otro guerrero.

        —¿Quién?

        Deseó que no se tratara de Gabriel o Rafael, fieles y fuertes combatientes que seguían con lealtad al líder del ejército divino. De ser así, no podría aproximarse a ellos ni siquiera un poco. Tampoco quería que fuera un serafín, pues el asunto se volvería peor; estos de seguro la tenían en una enorme lista negra, con su nombre encabezándola.

        —Haamiah —dijo—. Su aprendiz, el «dominación».

        —Oh, ya veo —suspiró de alivio—. Bueno, ¿a qué vienen a la Tierra? Dudo que haya una profecía similar a la nuestra que les apoye de vuelta.

        —No… o sí, algo parecido, pero no mucho —atinó a mascullar—. ¡Ah, tanta información, me frita mi pobre cerebro!

        Moroo habló:

        —Están con Mamá Bruja. Si me lo preguntan, no dejo de verlo muy sospechoso —extendió las alas para estirar su roído cuerpo—. Digo, ¿para qué vendría un ángel tan noble a la tierra?, ¡empecemos por ahí!

        —¿Planeado por quién? —ahogó un gritito—. ¿Jeliel?

        Dalila había escuchado acerca de ese poderoso ángel serafín, el pilar del Cielo una vez cayó Satanás en batalla, la nueva mano derecha de Yahvé, y aunque le molestara admitirlo, preferiría morir antes de toparse con él.

        En cambio, Moroo sonrió malicioso al escuchar el nombre del serafín.

        —¿No lo has escuchado?

        Dalila negó en silencio.

        —Jeliel ha muerto —dijo—. Lo asesinaron.

        El sol ya estaba en su cima cuando Dalila terminó de digerir la noticia; le temía tanto, que su muerte era imposible de creer. Varias veces observó el gesto de los Naderu, en espera de que estos le confesaran y dijeran qué era de él en realidad. Pero al transcurrir varias horas, despejó cualquiera de sus sospechas. ¿Envió Satanás varios demonios a la superficie en una misión de «inspección» días atrás? ¿Había sido él el culpable de la muerte del serafín?

        O por el contrario, ¿contaba con cierta ayuda que desconocía?

        —¿Muerto…? —Volvió a decir, con el estómago revuelto.

        —Muerto de verdad —afirmó Märel—. Marely dice que lo vio caer.

        —¿Fuimos responsables de eso? —¿Cómo habían logrado derribar a uno de los guerreros más fuertes?—. Quiero decir, ¿algún demonio… o Satanás lo mató?




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