Un estruendo hizo que Anderson saltará del sofá. Respiraba agitado, el corazón se le salió del pecho, Dio mío vueltas y luego regreso a su sitio, a bombear sangre tan a prisa que se escapan de todos sus orificios. Sus ojos, casi saliendo de sus cuencas, ven a Romina, sentada de frente, observándolo en la oscuridad. Sus pupilas habían desaparecido, dejando todo en blanco con unas cuantas venas brotadas, al rojo vivo, que se asemajan a rios por donde corre la sangre. Ambos se quedan inmovíl. Sus respiraciones se sincronizan. El palpitar de sus corazones crea un ritmo que aumenta cada vez más.
- Que triste es nacer para sufrir. - Dijo Romina, señalando a Anderson.
Antes de Anderson poder reaccionar, un cúmulo de canarios criollos volaban alrededor. Romina desapareció, la sala, ahora, era una vereda de grandes montañas, tan altas que su pico se esconden entre las nubes. Bajo los candentes rayos del sol, crecen los girasoles; saludan con un leve movimiento de sus tallos. Anderson, camino, y a su paso crecían Orquideas. Cuando giro su cuerpo para dar vueltas, se tropeco con unas ramas y cayó en un manglar, alzo la vista para darse cuenta que también habían cocoteros y unos cuantos pinos. La risa de alegria de Anderson resonó por toda la vereda, solo cesó cuando una voz de niño dijo: ¿Quieres oir un cuento?
Anderson se levanto de inmediato y volteo.
- ¿Sos el duende? - Preguntó, nervioso.
El niño se echo a reir; su risa hizo mover las montañas y alejar las nubes, aún así, los picos de las montaños seguían sin verse. El estruendo era fuerte, pero no afectaba los oidos, de hecho, su risa era muy agradable. Reirse era inevitable. Cuando ambos dejaron de reir, el niño, dio un pequeño salto al manglar.
- ¡Soy... No importa quien soy, lo importante es para que estoy aquí! - Dijo alegre.
- ¿Tienes nombre? - preguntó Anderson, cada vez más confundido.
- ¡Claro, todos tenemos un nombre!
- ¿No quieres decirme como te llamas?
- ¡No, no quiero... Lo sabrás más adelante!
- No...
- Callate y escucha, ¿quieres oir un cuento?
Anderson salio del manglar y el niño lo siguió. ambos se tiraron en el verde pasto, que ondea con la brisa.
- Si, si quiero escuchar un cuento.
El niño se paró emocionado dando saltos de un lado a otro. Despúes se pone firme. Detrás de él, crece un tronco, donde se sienta y se pone cómodo. Carraspea un poco y narra:
Hace mucho tiempo, en los bosques amazónicos nació un niño de una semilla que cayó del cielo. Cuando un campesino, observo al pequeño niño llorando a las afueras del bosque, lo recogió y lo crío. El joven creció fuerte y sano. Al crecer se adentro en el bosque donde conoció al antiguo guerrero protector. Un anciano, con una gran sonrisa. El anciano le dijo al joven, que él será el nuevo salvador del bosque, de los animales y del pueblo. A menudo iba y se encontraba con el anciano para entrenar sus habilidades. Al pasar el tiempo el joven se había vuelto un gran guerrero que protegió los bosques amazónicos. Cargaba flechas y un arco. Luchaba con feroces criaturas que atacaban los pueblos para comerse las cosechas. Salvó a muchas personas sin pedir nada a cambio. Ya estaba listo para cumplir con su misión más importante: “llevar a la Diosa del río a su lugar de coronación “.
La Diosa del río, es una bella mujer que nació de una mujer indígena y un espíritu del bosque. Cuando se escuchó su primer llanto, de las raíces de un tronco, empezó a formarse un riachuelo que iba creciendo más y más hasta forma el río Putumayo. La Diosa se encarga de mantener el agua limpia para los peces, los animales y personas que habitan alrededor.
El guerrero y la Diosa se adentraron en el bosque, donde lo esperaban varios obstáculos. Fueron atacados por todo tipo de monstruos, a los que venció fácilmente con rapidez y fuerza. Se sorprendió cuando vio a la Diosa unirse a la batalla; ayudándolo a distraer las criaturas. También, la forma en que guiaba con certeza el camino. “Es muy valiente”, pensó el guerrero. Pero, también notó que a veces la Diosa ponía una cara triste, Pero no se atrevió a preguntar. Estaban a punto de llegar, solo debían pasar un obstáculo más. “La gran muralla de espinas”. El guerrero era ágil y supo cómo entrar si que las espinas los tocarán. Pasaron con éxito el muro de espinas.
Cuando las cosas se calmaron un poco e iban caminando por un sendero verdoso, lleno de flores de muchos colores. La Diosa se detiene.
- ¿Qué sucede, te sientes mal? — Preguntó el guerrero.
- No, no es eso. — Responde la Diosa con tristeza. Solo que no sé si estoy lista para ocupar un cargo tan importante.
La Diosa, le cuenta al guerrero que cada 100 años nace una mujer que ocupa el puesto de cuidar y proteger el río. Que tenia miedo de no cumplir con sus deberes como sus antecesoras. Ella no era como el guerrero; valiente, fuerte y determinado a cumplir sus responsabilidades. El guerrero negó con la cabeza y le dijo a la Diosa:
- Tú eres valiente. Durante el camino, tu guía fue la de una líder. No le tuviste miedo a las criaturas, y me ayudaste sin miedo. Si fuiste elegida fue porque eres la correcta. Ten más confianza en ti misma. Yo te ayudaré cuando lo necesites.
La Diosa se animó con las palabras del guerrero. siguieron su camino hasta llegar al centro del bosque. Justo donde estaba un tronco enorme con forma de trono, se acercó la Diosa. Todos los animales se juntaron al alrededor; las personas del pueblo celebran el año de la nueva Diosa del río, con un festival. También se agradecía al guerrero que siempre protegía a la Diosa en su trayecto a la coronación.