Un nuevo día llegó. Pentrix tomó su mochila y se dirigió a la camioneta familiar, donde Emma ya lo esperaba. Ella lo miró desde el asiento del conductor, con el ceño ligeramente fruncido.
—¿A dónde te llevo? —preguntó.
Él no dudó.
—Llévame lo más cerca posible de la ciudad tomada por los Evos.
Emma lo miró con inquietud.
—¿Estás seguro de esto? Podría ser muy peligroso.
Pentrix asintió. Sin decir más, ella encendió el motor. El vehículo vibró y la chica pisó el acelerador. La camioneta comenzó a moverse por la carretera, dejando atrás el refugio.
Durante el trayecto, Emma rompió el silencio.
—¿Por qué me ayudaste con esos héroes? Pudiste dejar que me llevaran.
El chico la miró con calma.
—Fui un héroe, es cierto… pero no siempre lo fui. Algunos, equivocadamente, nos llamaban villanos. Justo como a ti.
Emma desvió la mirada un momento hacia él.
—Aunque tú no eres una villana —continuó Pentrix—. Luchas por ayudar a otros. Eso no habla de héroes o villanos… habla de ser humano.
La camioneta siguió avanzando. El paisaje se volvía más árido, más tenso.
A mitad de la carretera, dos figuras aparecieron en el horizonte. La camioneta se detuvo.
Frente a ellos estaban Echo, el héroe volador, y Archer, la heroína terrestre. Interrumpían el avance del vehículo.
Pentrix bajó del vehículo, con esa calma que lo caracterizaba.
Echo lo miró con firmeza. —No debes ir allá. Es peligroso —dijo con autoridad.
Archer dio un paso al frente. —Hay Evos radicales que no toleran la presencia humana —advirtió, refiriéndose directamente a Pentrix—. Podrían lastimarte mucho.
Pentrix sostuvo la mirada de Echo con serenidad. —Te preocupa que un humano arriesgue su vida en un lugar hostil… pero no que hayan perdido su hogar —respondió, sin levantar la voz.
Archer se interpuso entre ellos, con gesto tenso, intentando evitar que el conflicto escalara más con su compañero. —No queremos que los Evos tomen represalias contra el poblado en la bahía —advirtió, mirando a Pentrix con seriedad.
—Eso no pasará —replicó él, girándose para volver a la camioneta.
Pero Echo no lo permitió. Voló rápidamente y se colocó frente a él, tomándolo del hombro con fuerza. Pentrix reaccionó al instante: lo derribó con precisión y lo inmovilizó contra el suelo. Su voz fue firme, sin necesidad de gritar.
—Puedes quedarte aquí, haciéndote el valiente con una chica indefensa que verdaderamente se preocupa por ayudar a las personas… o puedes no cruzarte en mi camino. Tú decides, héroe.
Archer, al ver a ese joven decidido que había sometido con facilidad a su compañero, se hizo a un lado. No dijo nada.
Pentrix se levantó, regresó a la camioneta y subió sin mirar atrás, dejando a los héroes atónitos, solo observando.
Emma arrancó el vehículo. La camioneta familiar continuó su marcha rumbo a la ciudad tomada por los Evos, hasta detenerse frente a sus límites.
Pentrix bajó. Emma lo siguió, observando el paisaje desolado, con la ciudad al frente.
—¿Puedo acompañarte? —preguntó—. Podrías necesitar ayuda.
Pentrix negó con la cabeza. —No debes volver. Yo me haré cargo de esto.
Emma lo miró por unos segundos. Luego asintió en silencio y regresó a la camioneta.
El chico se acercó a las primeras calles. Barricadas improvisadas bloqueaban el paso en varias direcciones. La ciudad parecía un basurero: grafitis cubrían cada muro, los negocios estaban quemados, saqueados, abandonados. El aire olía a humo, basura vieja y metal oxidado.
Siguió caminando, internándose en aquel caos desolador. El silencio dominaba, interrumpido por golpes metálicos, el rugido lejano de una motosierra y humo negro que se alzaba de algún montón de basura incendiada.
De pronto, una voz lo interrumpió.
—¡Heeeyyy! ¿Tú qué haces aquí?
Tres Evos radicales se acercaron rápidamente y lo rodearon.
—Un humano… ¿qué haces aquí? —preguntó uno de ellos, con tono burlón.
Pentrix fingió temor y levantó ambas manos, como si se rindiera. Moduló su voz para parecer asustado.
—Solo he venido de visita. Mi tío vive en aquel edificio —dijo, señalando al azar.
El Evo sonrió con malicia, escrutándolo de arriba a abajo. —No hay ningún humano aquí. Pero te has atrevido a entrar en nuestro territorio.
Otro agregó: —Te llevaremos con nuestro jefe. Él sabrá qué hacer contigo… con suerte serás su mascota.
Los tres Evos escoltaron al humano atrevido por las calles destruidas. Pentrix caminaba entre ellos sin resistirse, observando lo que quedaba de aquella ciudad.
Mientras avanzaban, otros habitantes Evo aparecían entre los escombros. Al ver al grupo, comenzaron a gritar:
—¡Humano! ¿Qué haces aquí? —¡Lárgate de aquí! ¡No eres bienvenido! —¡Fuera de aquí, humano! ¡Este es nuestro territorio ahora!
La ciudad no tenía edificios altos. Lo más elevado era una estructura de cinco pisos, deteriorada pero aún en pie. Pentrix, escoltado por sus captores, fue conducido hasta la azotea. Allí, bajo un techo improvisado como una carpa, lo esperaba The Emperor, el líder que había tomado la ciudad.
Un Evo musculoso, calvo, cubierto de tatuajes que recorrían su cuerpo como marcas de guerra. Su presencia era intimidante. A su lado, varias chicas Evo atractivas en traje de baño descansaban sobre sillones improvisados; algunas parecían perdidas en la adicción. Detrás de ellas, otros Evos igual de imponentes conformaban su seguridad privada.
Los tres captores se acercaron con un tono reverencial, casi como si estuvieran ante un monarca. Uno de ellos empujó a Pentrix hacia adelante.
The Emperor lo observó con una sonrisa torcida.
—Vaya, vaya… ¿pero qué tenemos aquí? Un humano perdido en mi ciudad.
El Evo que lo había empujado habló con tono servil. —Señor, lo encontramos merodeando. Dice que su familiar vivía cerca.