Después de varias horas de vuelo, el equipo élite llegó a las coordenadas designadas. La imponente aeronave aterrizó. Al poco tiempo abordaron un par de vehículos que los llevaron más cerca. Tras recorrer carreteras solitarias, llegaron a un páramo. Descendieron en silencio.
La tierra que pisaban estaba completamente árida. El calor era sofocante. La desolación, absoluta. Kilómetros de tierra, rocas y nubes de polvo empujadas por el viento envolvían al grupo mientras avanzaban con paso firme.
Nadie hablaba mientras caminaban por aquel paisaje hostil.
A lo lejos, comenzaron a distinguir una línea de vegetación: un límite verde, frondoso, que cortaba el horizonte como una frontera imposible.
Al llegar, lo primero que contemplaron fue el contraste. De un lado, tierra seca, polvorienta, agrietada. Del otro, vegetación rebosante, viva, exuberante.
Maxman fue el primero en romper el silencio: —¡Esto es increíble! ¿Cómo puede existir algo así en medio de la nada?
—Es un oasis en medio de un páramo desolado —comentó Shell, sorprendida, contemplando la majestuosidad de aquel campo verde.
Sonyk, ajustando su máscara, cerró los ojos. —Ese aroma… huele a tierra mojada. La fragancia de esas flores… el viento que brota de ahí es refrescante.
Hunter se acercó, observando el entorno con mirada analítica. —Son anomalías de la naturaleza —explicó—. Como cuando llueve solo de un lado… y a pocos metros no llueve.
Maxman asintió, recuperando el tono de mando: —No se separen. Recuerden a lo que hemos venido. Mantengan los ojos abiertos. Por favor, Naturality.
Naturality, la mujer Evo, se adelantó unos pasos. Se detuvo frente a la primera planta que tenía enfrente. La tocó con delicadeza y cerró los ojos.
Durante unos segundos permaneció en silencio. Luego los abrió. —Hay señales de personas viviendo un poco más allá del borde —dijo al equipo.
Sonyk y Shell continuaron con el grupo. —Ha llegado la hora —dijo ella.
Naturality extendió las manos, las movió apenas, y las plantas obedecieron, abriendo un pequeño espacio. Cada uno de los miembros del equipo élite comenzó a internarse en la densa vegetación.
Maxman reiteró la orden con voz firme: —No se separen. Y caminen en silencio. No delatemos nuestra llegada.
Avanzaron por el inmenso jardín, rodeados de un silencio que solo rompía el crujir de las hojas bajo sus pasos. El sol se filtraba entre las ramas, dibujando patrones dorados sobre la piel y el suelo. El viento agitaba las copas de los árboles, moviendo las hojas como si susurraran un secreto incomprensible. Aves cantaban y volaban al paso del grupo, como si anunciaran su llegada.
La vegetación era tan espesa que les impedía avanzar con rapidez. Aun así, mantenían la formación sin dificultad: atentos, disciplinados.
De pronto, algo alertó a Naturality. Ella se detuvo abruptamente. Su mirada, llena de asombro y confusión, se clavó en el sendero por donde acababan de pasar.
Hunter notó su pausa. —¿Qué ocurre? —preguntó, acercándose.
Naturality no respondió de inmediato. Quedó inmóvil, procesando lo que creía ver. Observaba la tierra. Las plantas no estaban aplastadas. No había huellas. Era como si nadie hubiera estado allí. Su mirada seguía buscando ese rastro sin ningún resultado.
Para ella, que entendía el lenguaje de la naturaleza, aquello resultaba incomprensible. El jardín no reaccionaba como debía: no mostraba señales de paso, no registraba presencia.
No quería revelar su incertidumbre. No allí. No ahora. —No es nada —respondió finalmente, volviendo a su lugar en la formación.
El equipo reanudó la marcha hacia su objetivo designado.
Después de caminar un poco más, el grupo élite llegó hasta un campamento de civiles, tal como Naturality lo había anticipado. Varias tiendas de campaña, ropa tendida en cuerdas, algunas cajas de madera como muebles improvisados.
Niños corrían y reían entre las plantas, mientras los adultos se ocupaban de sus tareas cotidianas. El ambiente era sereno, casi imposible de imaginar en un mundo que se desmoronaba.
La llegada de las Fuerzas Especiales Tácticas fue como una piedra arrojada a un estanque tranquilo. Los adultos dejaron de trabajar al ver a los extraños aparecer frente a ellos. Las risas de los niños se apagaron de golpe. Un silencio tenso se apoderó del lugar, y todas las miradas se clavaron en los recién llegados.
De repente, un niño pequeño corrió hacia el frente del campamento. Su voz rompió el silencio con una exclamación de júbilo: —¡Es él! ¡Es él, el gran héroe! —gritó, señalando a Maxman.
El líder del equipo, con su uniforme impecable, se quedó inmóvil. El título resonó en el aire, cargado de ironía. La presencia de los “héroes” había quebrado la paz del campamento.
Los adultos apartaron a los niños, conduciéndolos a lugares más alejados, lejos de la conversación que se avecinaba. Sabían que no eran héroes, sino cazadores que venían por algo… o por alguien.
Maxman se acercó a uno de los adultos con voz ronca pero desafiante: —¿Dónde está Él? —preguntó con tono firme.
El civil frunció el ceño. —¿Él?
—No te hagas el tonto conmigo. Sabes muy bien de quién hablo.
Pero antes de que pudiera responder, un Evo que estaba cerca interrumpió el momento de tensión: —Él no está aquí —dijo con voz serena—. Aquí solo vivimos personas desplazadas. Gente que ha huido de las grandes ciudades.
Sonyk se acercó y lo reconoció de inmediato: —Yo te conozco —dijo, con tono acusador—. Trabajabas para una sucursal de la Corporación. Ahí te vi, eras un oficial médico.
El Evo no respondió.
Maxman avanzó, con mirada dura: —Así que ahora trabajas para Él.
El hombre lo miró sin miedo. —Yo no trabajo para nadie —replicó con firmeza—. Vine aquí por mi propia elección.
Maxman lo observó en silencio. —Mientes.
En ese instante, la tensión se quebró por la irrupción de una niña que corrió hacia el Evo. —¡Papá! ¡Papá!