Ninguno de los poderosos Evos respondió. La caza había comenzado. Solo rodearon a Pentrix con movimientos calculados, tensos, como si aguardaran una señal para atacar.
Entonces, sin abrir los ojos, Pentrix desplegó un inmenso escudo de energía que envolvió todo el claro. Las Fuerzas Especiales Tácticas quedaron atrapadas. En sus miradas se reflejaba inseguridad. Ya no había escapatoria.
Sonyk fue el primero en notarlo: —¿Qué es ese escudo que nos envuelve? ¡Nos ha encerrado!
Y fue en ese instante cuando el ambiente cambió de golpe. La atmósfera pacífica y serena del jardín se transformó en una energía cruda, abrumadora, casi primitiva. El aire se volvió denso. El terror emergió y lo cubrió todo. El suelo vibraba con una frecuencia que no era física, sino emocional.
El vello en sus cuerpos se erizó, esa sensación de electricidad recorrió sus columnas. Sus respiraciones se volvieron profundas. Algunos comenzaron a temblar sin razón aparente.
Shell gritó desconcertada: —¡Santo Dios! ¿Qué es eso tan aterrador, Hunter? ¡Qué poder tan intimidante!
La energía azul que antes rodeaba a Pentrix con armonía ahora se agitaba como las olas de una tormenta desatada. Era belleza y furia. Era orden y caos.
Incluso Maxman, seguro de su fuerza, sintió aquel terror invadiéndolo desde lo más profundo de su ser. Su respiración se volvió irregular, sus músculos tensos, su mente incapaz de procesar lo que estaba presenciando. Retrocedió mientras su cuerpo era dominado por ese miedo.
Y entonces, de sus labios, se escapó un murmullo. No de ira. No de desafío. Sino de puro asombro y pavor: —¿Pero qué diablos está pasando… de dónde viene eso?
Impulsado por el miedo y la arrogancia, Maxman tomó la iniciativa. Se lanzó hacia adelante, desatando un golpe poderoso y veloz directo al rostro de Pentrix. Era un puñetazo capaz de derribar un edificio.
Pero en un instante, la mano de Maxman se detuvo. Pentrix había bloqueado el ataque con la punta de un solo dedo. Su expresión no era de ira, sino de incredulidad absoluta.
Lo miró a los ojos, confundido, como si no pudiera comprender la pequeñez de su ofensiva. Entonces, sin alterar el tono de su energía, tomó el rostro de Maxman y, con un movimiento brutal, lo estampó contra la tierra.
El impacto fue ensordecedor. Sin darle tiempo a reaccionar, lo levantó y lo arrojó con violencia. Maxman salió disparado, estrellándose contra el suelo y quedando medio enterrado: una imagen patética del poder que alguna vez creyó poseer.
En ese instante, un dispositivo anti-poderes se cerró alrededor de la frente de Pentrix. Hunter había aprovechado la distracción para disparar el neuro-restrictor. El artefacto se ajustó con precisión en la frente del chico. Pentrix se detuvo. Pero no por debilidad.
En ese mismo momento, Sonyk apareció: un borrón de velocidad que intentó derribar a Pentrix. El ataque fue esquivado sin problema alguno. El velocista, al fallar, corrió de manera errática, buscando desorientarlo, aguardando el instante exacto. Confiando en su habilidad y su rapidez, se lanzó una vez más al ataque.
Pero antes de que pudiera hacer algo, la tierra bajo sus pies se iluminó. Un círculo azul se activó. Sonyk lo notó… pero ya era tarde. Al pisarlo, cientos de finas y poderosas ráfagas de energía salieron disparadas, atravesando su cuerpo.
En una terrible y poética cámara lenta, su cuerpo se desgarró, perforado una y otra vez. La carne y el hueso se quebraron en fragmentos.
En tiempo real, los demás solo vieron un destello de luz azul. Sonyk simplemente desapareció. Cayó al suelo convertido en una horrible lluvia de pequeños trozos de carne y sangre, esparcidos como una mancha sanguinolenta sobre la tierra.
Hunter gritó aterrado: —¡Sonyk, nooooo!
Naturality permanecía tumbada en el suelo, cubriéndose la cabeza con las manos y los ojos cerrados. Parecía estar sufriendo un dolor intenso, aunque sus compañeros lo interpretaron como puro terror.
Ante la horrible muerte de Sonyk, el rostro de Hunter mantuvo la compostura. Pero sus ojos, entrenados para el análisis táctico, se clavaron en Pentrix. En un instante lo comprendió todo: la corona anuladora no funcionaba. No porque Pentrix fuera demasiado fuerte, sino porque no era un Evo. Ni un Neoevo. No había genética que restringir. Era una fuerza de la naturaleza.
Sin embargo, Hunter no se rindió. Levantó su arma, apretó los dientes con ira y disparó una ráfaga de energía. Los disparos se dirigieron a Pentrix, pero antes de alcanzarlo se disiparon en el campo de fuerza que lo rodeaba. El chico ni siquiera parpadeó.
Hunter disparó nuevamente. Con una velocidad sobrenatural, Pentrix interceptó uno de los proyectiles. Lo sostuvo en su mano: una esfera de energía roja vibrante. La observó por un instante y luego, con un movimiento rápido, la devolvió.
La energía avanzó, se curvó en el aire… y se estrelló contra el arma de Hunter, destruyéndola. La explosión fue pequeña, pero suficiente. La onda de choque intensa lo lanzó hacia atrás, aturdido.
En un instante, Shell lo atrapó en el aire, impidiendo que cayera al suelo. —¡Te tengo! —gritó.
Mientras lo sostenía, alzó la vista. Arriba, alrededor de Pentrix, dos orbes azules luminosos giraban en el aire. —¿Qué diablos es eso? —preguntó con voz tensa.
Una de las esferas se detuvo. Apuntó directamente hacia ellos. Y lanzó cientos de ráfagas azules.
Shell, con un reflejo, alzó sus brazos rápidamente y levantó un escudo impenetrable. Las ráfagas impactaron, produciendo sonidos secos, pero no lo atravesaron. Por un momento, resistió.
La esfera brilló con más intensidad y disparó de nuevo. Esta vez, con rayos tan delgados como agujas y más veloces que antes.
Las finas ráfagas zumbaron y penetraron el escudo, impactando también el cuerpo de Shell. Su sangre salpicó la superficie protectora, dejando manchas tras de ella. Incluso el suelo fue atravesado; al contacto, las ráfagas levantaron polvo dentro de la burbuja de protección.