Pentrix "El despertar de las semillas"

Capítulo 73. La gran verdad. Parte 1

La noche cayó sobre el jardín, cubriendo el claro del memorial con un manto de estrellas. La paz, brutalmente interrumpida, volvía a asentarse. Pero esta calma estaba rodeada por la sombra de la derrota.

Desde el campamento, varios hombres y mujeres con lámparas en mano se aventuraron hacia el claro con urgencia. Con una serenidad que el equipo de élite jamás tuvo, se acercaron a los cuerpos destrozados. Uno de ellos se inclinó y, con cuidado, cargó a Hunter sobre su hombro. Cuatro más se unieron para levantar el cuerpo literalmente quebrado de Maxman, trasladándolo con dificultad en una improvisada camilla. Otros guiaron a Naturality, que temblaba, perdida y silenciosa.

Ese acto de piedad fue la última ironía del día: los mismos “intrusos” que habían venido a juzgarlos… ahora eran quienes los salvaban, los mismos civiles que habían sido amenazados.

Pasado un tiempo, las personas ayudaban a los sobrevivientes y los condujeron a una carpa médica. Naturality parecía ausente, sentada en un rincón, sosteniendo un vaso entre las manos. Su mirada estaba fija en la nada. No lloraba. No hablaba. Solo respiraba.

Hunter, recostado sobre unas cajas improvisadas como camilla, era atendido con cuidado y vendado en sus heridas. El hombre llamado Noa, aquel ex oficial, era quien lo curaba. Tenía manos firmes pero suaves. Era un Evo, alguien que había trabajado en la Corporación. Un oficial médico reclutado por su poder de sanación. Pero había abandonado su puesto. No por debilidad, sino por la guerra que se avecinaba y el temor a perder lo más sagrado: su familia.

Se había refugiado en aquel lugar, buscando paz junto a su esposa e hija. Ahora, sin uniforme ni órdenes, sanaba por voluntad propia.

Maxman despertó. Estaba boca abajo sobre aquella camilla improvisada. Sus ojos se abrieron lentamente, aún nublados por el dolor. Vio al Evo inclinado sobre él, concentrado en su espalda rota. —¿Qué me estás haciendo? —preguntó con voz rasposa—. No te atrevas a tocarme, maldito traidor.

Noa no respondió de inmediato. Solo siguió trabajando. Sus manos brillaban con una luz tenue anaranjada, como si el jardín le prestara su energía. Las heridas cerraban poco a poco, dejando apenas cicatrices. —Intento sanarte —dijo finalmente, sin mirar a Maxman—. Aunque no sé si eso es lo que necesitas. Tu cuerpo está muy dañado por aquella batalla.

Maxman no respondió. Solo cerró los ojos. —Basta… déjame en paz de una vez.

El Evo le habló con voz suave, manteniendo la calma a pesar de la furia que aún ardía en los ojos de Maxman. —Tranquilo, por favor. Solo intento ayudarte a sanar —dijo, mientras sus manos brillaban con aquella luz tenue que cerraba cada una de sus heridas.

Pero la mente de Maxman, aún destrozada por el terror y la humillación, solo podía procesar su propia derrota. Lo miró con desprecio. —Así que a ti también te dieron una paliza y te obligaron a vivir aquí… ¿por eso trabajas para “Él”?

Noa no respondió a la provocación. Su labor era sanar, no discutir.

Finalmente, concluyó su tarea. La mayoría de las heridas de Maxman habían desaparecido, pero el daño en su espalda era demasiado grave. Noa, aunque poderoso, no tenía la capacidad de curar esa herida en particular.

Maxman ya no estaba destrozado. Pero ahora era inválido. El “Dios” que alguna vez caminó la tierra con arrogancia… ahora no podía levantarse.

Maxman, con la furia aún ardiendo en sus ojos, miró al Evo con desprecio. —Lo siento, pero no quiero ser un asqueroso hippie —dijo con amargura—. ¿Qué pretende él con nosotros? ¿Convertirnos en sus siguientes granjeros, acaso?

Noa comenzó a responder, su voz cargada de una compasión que Maxman no podía comprender. —Él quiere que viv…

De repente, la voz de Naturality rompió el silencio del rincón donde estaba. Con una mirada que había perdido su inocencia, pero ganado una terrible comprensión, completó la frase: —Él quiere que vivamos… para que veamos la verdad.

Maxman la miró, sin entender. —¿De qué demonios hablas, mujer?

Pero su confusión se vio interrumpida por el sonido de motores que se acercaban. Rápidamente, varios hombres del campamento ayudaron a los tres sobrevivientes a entrar en un vehículo, mientras otro los escoltaba.

Sin perder un instante, los autos se alejaron a toda velocidad, abandonando el jardín… y la paz que un día habían perturbado.

Después de una noche entera de viaje, los dos autos se detuvieron al amanecer en un suburbio de la ciudad. Varios hombres descendieron, abrieron la puerta y ayudaron a salir a los tres sobrevivientes. Sin pronunciar palabra, sacaron una silla de ruedas del maletero y, con cuidado, colocaron al inválido Maxman en ella.

Maxman rugía con furia: —¡Hey, hey! ¿Qué demonios creen que están haciendo?

Tan pronto terminaron, todos los hombres subieron a los autos, se alejaron y se perdieron en la distancia… dejando al trío en el caos del mundo del que intentaban escapar.

Hunter y Naturality, aún aturdidos y confundidos, no comprendían lo que acababa de suceder. Solos ahí, parados en las primeras calles de aquella ciudad, se miraron desconcertados. Los dos comenzaron a empujar a Maxman por las calles, buscando regresar a su base. Mientras recorrían las avenidas, el sonido de las personas, los autos y la cotidianidad les resultaba extrañamente distante… después del silencio del jardín.

Maxman rompió el silencio: —¿Qué mierda fue todo eso?

Hunter respondió con cansancio: —No lo sé… estoy tan confundido como tú.

La caminata duró poco. Al girar en una esquina, se encontraron con una gran multitud. Una plaza se había llenado de gente. Parecía que un evento importante estaba por comenzar.

Los tres sobrevivientes vestían ropa común, lo que les permitió pasar desapercibidos. La multitud se reunía frente a una enorme pantalla instalada en un camión móvil. Allí, las imágenes mostraban algo imposible:

Condecoraciones. Aplausos. Celebraciones.




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