Hunter sabía que entrar por la puerta principal era imposible, un verdadero suicidio. El mayor problema era Maxman: su silla de ruedas los delataría al instante.
—Dejemos la silla —susurró Naturality, con una firmeza inesperada en la voz—. Lo llevaremos nosotros.
Hunter asintió. Su mente estratégica se activó de inmediato. —Por ahí entraremos —señaló una rejilla de ventilación en el suelo. Era su única opción.
Tras unos minutos de esfuerzo silencioso, lograron abrir la tapa y se deslizaron dentro, adentrándose en un laberinto de túneles y tuberías. El olor metálico y el moho impregnaban el aire. Hunter avanzaba junto con Maxman y Naturality. Entre los dos cargaban el peso de Maxman, que permanecía en silencio. Lentamente se abrían paso por los angostos pasadizos.
El silencio era absoluto: solo el eco de sus pasos y el roce de sus cuerpos contra las paredes metálicas los acompañaban. Después de un largo y tenso recorrido en la oscuridad, encontraron una entrada que parecía conducir al interior de la base.
Todo parecía ir bien. Habían logrado entrar.
Recorrieron los pasillos con cautela, envueltos en una calma artificial que no les pertenecía. Mientras avanzaban por aquella instalación silenciosa, una puerta llamó la atención de Hunter. Se detuvo y les hizo señas para que entraran.
Naturality empujó la puerta con cuidado, evitando hacer ruido. Dentro, la penumbra era densa. Lo que vieron los dejó inmóviles.
Varios tubos verticales, como cápsulas transparentes, se alineaban como columnas. Pantallas con números y estadísticas, mangueras conectadas a cada contenedor, rebosaban de un líquido espeso y verdoso. Dentro de ellos, cuerpos suspendidos con mascarillas de respiración permanecían inmóviles.
La escasa luz no les permitía distinguir los rostros. Pero algo en la postura de esos cuerpos, en la quietud artificial, en el silencio del lugar… les resultaba familiar. Les decía que no estaban muertos. Solo contenidos.
El silencio en la sala era pesado, roto únicamente por el susurro de las burbujas y los bips electrónicos que medían los pulsos de aquellos cuerpos. El trío permaneció inmóvil. Hunter fue el primero en preguntar: —Santa madre… ¿Qué clase de horrendo experimento estamos presenciando?
—No lo sé —respondió Naturality. Maxman, incrédulo, tocaba el contenedor más cercano.
Hunter sacó una pequeña lámpara de mano y comenzó a inspeccionar uno de los tubos. El líquido espeso no permitía distinguir con claridad los cuerpos que flotaban en su interior. Aún adolorido, con los músculos tensos por la pelea contra Pentrix, dejó caer la lámpara al suelo mientras se quejaba. El golpe resonó como un disparo contenido.
La luz, al rodar por el piso, iluminó una etiqueta en el fondo del tubo: 201204G / Sonyk.
El corazón de los tres sobrevivientes se detuvo. Era el nombre de su compañero. El mismo que habían visto morir de forma brutal. El mismo que, momentos antes, apareció condecorado en la pantalla de aquel camión publicitario. Estaba ahí, grabado en una etiqueta al fondo de un tubo.
El cuarto se iluminó repentinamente. Los tres se agacharon instintivamente, buscando esconderse. Pero fue inútil. Los habían descubierto.
La seguridad de la instalación los rodeó en segundos. Mientras eran sometidos, la luz reveló un detalle espeluznante: el líquido dentro de los tubos comenzó a aclararse.
Y entonces pudieron ver los rostros de las personas que flotaban en su interior.
La terrible verdad los golpeó como un puñetazo. Los cuerpos eran clones. Clones de ellos mismos.
Docenas de tubos contenían versiones duplicadas no solo de Sonyk y Shell, sino también de Maxman, Hunter y Naturality.
Suspensos. Silenciosos. Respirando bajo mascarillas. Como si aguardaran su turno.
El trío de Evos quedó aterrado, con los ojos abiertos, respirando profundamente, luchando sin entender del todo lo que pasaba, mientras forcejeaban con la seguridad y eran arrastrados hacia lo profundo de la instalación.
Instantes más tarde, el sonido de gritos y golpes resonaba desde una sala dentro de la base. Hunter y Maxman estaban siendo torturados sin misericordia. Naturality permanecía atada a una silla, observando todo con los ojos abiertos por el terror.
De repente, la puerta se abrió. Los torturadores se detuvieron al verle entrar. Un ejecutivo de unos treinta años, con un traje negro impecable, peinado perfecto y brillante, cruzó la sala. Se sentó con calma frente a ellos, su figura esbelta en contraste con la brutalidad del lugar.
Los miró con desprecio, evaluando la situación de arriba abajo. —Sobrevivieron… y fallaron —dijo con voz fría, retumbando en la pequeña sala.
Maxman, con el rostro ensangrentado, lleno de moretones y cortes visibles, le gritó con rabia: —¡¿Qué mierda significa eso en los tubos?!
Un guardia cercano lo golpeó de nuevo en el rostro ante tal atrevimiento, intentando silenciarlo. El ejecutivo se retorció con asco al ver la sangre. —Basta. Basta, sí —ordenó, con un gesto de repulsión.
Tragó saliva y se aclaró la garganta. Su mirada era la de un hombre de negocios. —Ustedes son herramientas de la Corporación. Herramientas que nos hacen ganar millones. Una vez que mueren, son reemplazados. Una y otra vez, haciendo parecer a los “héroes invencibles”.
Se dirigió a Maxman: —Quizá no lo recuerdes, pero tu original murió luchando contra Gravity Wave (Capítulo 30). Hace años. Murió como el verdadero héroe que era.
Hunter, aún atado, cerró los ojos por un instante. Su respiración se agitaba. Naturality escuchaba las palabras del agente… y entonces lo entendieron. —Solo nos mandaron a morir —murmuró Hunter—. La misión solo era una prueba. Querían medir el desarrollo de sus herramientas. Querían intentar capturar a un ser que no comprenden. Solo eso: aprender, mejorar con el error.
El agente sonrió cínicamente. —¡Bravo! Bravo —exclamó con sarcasmo mientras aplaudia—. No hay duda de que vales cada centavo de lo que invertimos en ti.