Pentrix "El despertar de las semillas"

Capítulo 75. El nuevo inicio

Justo cuando el cañón del arma rozaba la frente de Maxman y el gatillo comenzaba a rechinar, Hunter y Naturality contemplaban con horror la trágica escena, impotentes y sin poder intervenir. De pronto, la sala entera se sacudió con una violencia inesperada.

Las paredes se resquebrajaron. El polvo salió disparado desde las grietas. El techo crujió como si algo gigantesco se moviera por encima.

Los guardias de seguridad, Maxman, Hunter y Naturality cayeron al suelo, desorientados por el impacto. Hunter, con el instinto de un veterano, aprovechó el caos. Se liberó de sus ataduras con movimientos rápidos e implacables. Se incorporó sin dar tiempo de reacción y se lanzó contra los guardias, incapacitándolos antes de que pudieran ponerse de pie, aún aturdidos por la sacudida.

Corrió hacia Naturality y la desató. Juntos liberaron a Maxman, que todavía tenía la marca del cañón del arma en la frente.

La sala seguía temblando. Maxman murmuró con voz ronca: —¿Qué demonios está pasando?

—¡Salgamos de este maldito lugar! —vociferó Hunter.

Naturality ayudó a levantar al pesado ex héroe, mientras el estruendo continuaba sacudiendo la instalación.

Justo en ese momento, las alarmas ensordecedoras se activaron de golpe. El caos comenzó a expandirse por toda la instalación, mezclándose con los gritos de los guardias y el personal, el estruendo de las explosiones y el crujido de las estructuras que empezaban a colapsar.

El trío, exhausto, adolorido, sangrando, con la adrenalina al máximo y cargando el peso de Maxman, se apresuró por los pasillos desesperadamente. Corrían entre escombros que caían del techo y nubes de polvo que cegaban sus ojos y los hacían toser. Sus oídos estaban llenos de un pandemonio de caos y destrucción.

Nadie se interponía en su camino: todos corrían para salvar sus propias vidas. La salida apareció a lo lejos, tan lejana y cercana al mismo tiempo. Finalmente, lograron escapar del complejo.

En el patio, una camioneta negra —abandonada en la desesperación de alguien por ponerse a salvo— los esperaba con las puertas abiertas. Subieron a toda velocidad. El motor rugió y el vehículo arrancó; las llantas rechinaron, dejando una marca oscura en el asfalto mientras se alejaban del lugar.

Antes de perderse entre las calles de la ciudad, Maxman, Hunter y Naturality miraron por la ventana trasera y vieron una visión aterradora: una estela de luz azul emergía del centro de la instalación, envuelta por un enorme domo del mismo color.

El trío observó con horror cómo la estructura comenzaba a retorcerse, a comprimirse sobre sí misma, hasta que todo el complejo empezó a hundirse y transformarse en magma incandescente. Ese color celeste aterrador ya lo habían visto antes.

La camioneta se alejó, perdiéndose rápidamente entre las sombras de la ciudad.

Hunter conducía como si no existiera un mañana; a su lado, Naturality permanecía firme, su respiración aún agitada por la adrenalina, con la mirada fija al frente. En los asientos traseros, Maxman yacía tendido, debilitado por sus heridas, pero con la marca del cañón aún grabada en su frente como recordatorio de lo que acababan de sobrevivir.

La chica se giró hacia Hunter: —Más despacio… nos detendrán por exceso de velocidad y estaremos en problemas. Además, las heridas que llevan podrían delatarnos.

Hunter no respondió, pero el vehículo redujo la marcha lo justo para no levantar sospechas. Luego volvió la vista hacia Maxman y lo vio aún sangrando. El vehículo dejó atrás la ciudad y se internó en las zonas rurales, perdiéndose entre caminos de terracería.

Finalmente, cuando estuvieron lo suficientemente lejos, se detuvieron en medio de un campo desolado. Hunter y Naturality ayudaron a bajar al maltrecho ex héroe veterano. Tras abandonar la camioneta, caminaron unos metros más y, bajo la sombra de un árbol, improvisaron un asiento con troncos donde recostaron a Maxman.

Naturality y Hunter, agotados y adoloridos por los golpes, debilitados por las heridas y confundidos ante la cruda verdad que habían presenciado, se derrumbaron sobre el césped bajo el árbol. El trío permaneció en completo silencio; ni siquiera se atrevían a mirarse, cada uno atrapado en el proceso de asimilar su terrible realidad.

El viento movía las ramas secas. A lo lejos, los pájaros cantaban, indiferentes.

De pronto, la voz de Maxman se quebró en un doloroso sollozo: —Dios… no, no, no, ¿por qué? ¿Por qué? Tengo recuerdos de mi planeta Rantor, de esos atardeceres con auroras boreales multicolores por las noches, de mi esposa y mi hija… el suave aroma del perfume de mi esposa cuando la abrazaba, el bello sonido de la risa de mi niña cuando jugaba con ella. Ahh… no… no.

Hunter, escuchando, respondió con voz quebrada: —Yo… el frío de los bosques cubiertos de nieve calándome la piel, recuerdo a mi abuelo enseñándome a cazar, a rastrear un zorro, a examinar cada pista, cada rastro… pero nada de eso es real, ¡maldita sea!

Dio un fuerte puñetazo al suelo. Una lágrima solitaria se deslizó por su mejilla.

Naturality permanecía en silencio, escuchando los lamentos de sus compañeros. Con las manos hundidas en el césped, dejó fluir su poder: el pasto reaccionó al contacto y las hojas amarillas, casi marchitas, comenzaron a reverdecer. Levantó la cabeza y, secando sus lágrimas, murmuró: —Nada de eso fue real… ustedes lo vieron con sus propios ojos. Yo ni siquiera tengo recuerdos. Solo imágenes de laboratorios botánicos, investigadores… y aun así no sé si eso sea verdadero.

Se puso de pie y miró el uniforme táctico que llevaba. Hunter la increpó con dureza: —Tú sabías algo, ¿no es cierto? Por eso estabas tan incómoda en la misión.

Naturality respondió con firmeza: —¡No sabía nada, igual que ustedes! Esa incomodidad fue por el poder tan abrumador del chico. No es un poder de un Evo ni de ningún Neoevo. Ese poder hacía reaccionar la tierra misma, el agua, el aire… no sé cómo explicártelo.




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