En la vasta desolación del cosmos primordial, donde el frío absoluto reinaba y el silencio era más antiguo que la luz, unas pocas estrellas titilaban como ojos impacientes. Nubes de polvo cósmico, teñidas de colores imposibles, danzaban en espirales lentas, iluminando el vacío con un fulgor que no pertenecía a ningún sol.
De aquellas partículas cósmicas se formaron ocho frascos de cristal puro, flotando en la nada como cápsulas de creación suspendidas. Eran transparentes, fríos, perfectos.
Las energías primordiales obedecieron. Siete colores se alzaron de las profundidades: gris, marrón, morado, verde, azul, violeta, negro… y, por último, blanco. Un líquido llenó cada vasija. El gris ocupó el primero: la Materia, sólida, eterna, base de todo. El marrón se asentó en el segundo: el Tiempo, flujo inexorable que mide y consume. El morado inundó el tercero: la Energía, chispa vital que anima y destruye. El verde brotó en el cuarto: la Vida, multiplicación descontrolada y voraz. El azul se vertió en el quinto: la Dualidad y la Contradicción, caos y orden entrelazados. El violeta ocupó el sexto: el Vacío, ausencia que devora toda presencia. El negro se derramó en el séptimo: la Muerte, cierre absoluto de toda existencia. Y, finalmente, el blanco —puro, silencioso, casi invisible— llenó el octavo frasco: el Reinicio, el perdón, el Redentor que nunca debió ser.
Dentro de cada recipiente, una vez lleno, un destello rápido hizo palpitar el contenido. Una pequeña nebulosa se formó y comenzó a girar. Como un carrusel lento y sagrado, las espirales se condensaron hasta volverse densas. En el corazón de cada vórtice aparecieron embriones humanos: diminutos, frágiles, pero ya cargados de poder infinito. Sus corazones comenzaron a latir con fuerza.
Los fetos giraban en silencio, suspendidos en líquido cósmico, mientras las estrellas observaban con júbilo y las nebulosas de fondo parecían celebrar en silencio la siembra de algo que cambiaría la eternidad.
Una delicada mano femenina tocó cada frasco, uno por uno, como quien bendice a sus hijos antes de dejarlos ir al vacío.
Y entonces los frascos se desvanecieron, llevándose consigo los embriones hacia los confines del cosmos, donde aguardarían el momento de despertar.
Así nacieron los Inquisidores: no de un acto de amor, ni de un error, sino de un decreto silencioso que el universo mismo obedeció.