Año Ome Caltin (2 Casas), 1325 — Imperio Azteca.
Estamos en el corazón del poderoso imperio Mexica. La ciudad de Tenochtitlan —el lugar de las tunas sobre piedra— se alza majestuosa en medio de un gran lago. Imponentes pirámides con escalinatas visibles descansan por todos lados, como gigantes dormidos. Canales de agua cruzan la ciudad, y cientos de canoas navegan por ellos, transportando productos frescos de huerta, peces, flores… y personas.
En las chinampas, pequeñas islas cuadradas rodeadas de agua, hombres y mujeres trabajan la tierra con devoción. Remueven el lodo del fondo del lago y lo esparcen sobre la superficie, preparando el suelo para nuevos cultivos. Los niños, sentados en tapetes tejidos con fibras de maguey, aprenden en las escuelas: el Telpochcalli para el pueblo, el Calmecac para los hijos de la nobleza. Allí estudian oficios, historia, astronomía… y, sobre todo, el arte de la guerra.
Pero el verdadero corazón de la ciudad no late en sus templos ni en sus canales. Late en el gran mercado.
Cientos de miles de personas recorren la gran plaza. El aire está cargado con el olor de tierra mojada, especias, copal encendido, vegetales frescos. Se escuchan los sonidos de animales, aves exóticas, el roce de textiles de algodón, el murmullo de voces que comercian, que cambian, que viven. Todo avanza en un ritmo lento, pero constante. Como si la ciudad misma respirara.
A varios kilómetros del esplendor de la ciudad, una comunidad cae derrotada.
El cielo se ilumina con fuego anaranjado y humo negro. Templos y construcciones arden. El aire vibra con el crujido de la madera, el lamento de los vencidos y el rugido de las llamas.
Algunos guerreros han demostrado su valentía, su coraje… pero han pagado. El preciado elixir rojo de sus cuerpos ha sido ofrendado a los Dioses.
Mujeres, niños y ancianos son respetados, pero sus rostros tensos revelan una mirada de terror. Otros combatientes, aún con vida, son capturados. Se convertirán en Tlatlacotin: esclavos y prisioneros de guerra.
El grupo de guerreros jaguar se mueve con precisión ritual. Toman a los sobrevivientes, los despojan de sus armas y escudos: arcos, flechas, macuahuitl, lanzas. La comunidad vencida seguirá viviendo, pero ahora pagará grandes tributos… especialmente al imperio Mexica.
El capitán del pequeño ejército vencedor —un guerrero águila— levanta su macuahuitl en señal de victoria. La maza de madera, con filosas puntas de obsidiana oscura, brilla bajo el sol como un fragmento de noche.
La obsidiana, aquel mineral entregado por los Dioses, frágil como cristal pero letal en su filo, se alza ahora como símbolo de conquista.
Muy lejos de allí, un antiguo observatorio construido sobre una pirámide coronada por un gran domo permanece en silencio bajo el cielo nocturno. Un grupo de nobles, elegantemente ataviados con túnicas de algodón y penachos de plumas resplandecientes, acompañados por sabios sacerdotes ancianos, contempla el firmamento. Millones de estrellas palpitan sobre ellos. La Vía Láctea se despliega en todo su esplendor, con una gama de colores fríos e hipnóticos.
Intentan predecir la próxima temporada de lluvias. Pero algo ocurre. Una perturbación cósmica se manifiesta ante sus ojos. Algo que no debería estar ahí. Los sabios se miran unos a otros. No necesitan palabras: saben que lo que se avecina no es un buen augurio.
En una comunidad lejana, fuera de la gran ciudad, una población de artesanos concluye su jornada. Una pareja de alfareros descansa. Ella se llama Citlali —(Estrella)—. Él, Huetzcaoyotl —(La esencia de la luz)—.
Ambos se miran, cubiertos de barro y cansancio. —Mira tu rostro, lleno de barro —dice Citlali, riendo—. Si te meto al horno, serás una perfecta reliquia para el emperador. Huetzcaoyotl responde con una sonrisa: —Entonces ambos seremos reliquias para el emperador.
Él la sigue. Ella retrocede, juguetona. Su risa llena el hogar. Él la abraza, ensuciándola con el barro que aún lleva encima. Luego se arrodilla y, con delicadeza, besa el vientre de ella.
El coloca sus manos sobre su vientre. Una energía anaranjada y clara se despliega entre sus dedos. —Hijo mío —susurra—, espero pronto el ritual de nacimiento… y tu nombramiento.
Ella solo sonríe.
Amanece. La luz solar abraza a todos sus hijos sobre la tierra.
A kilómetros del esplendor de Tenochtitlan, en una comunidad aún no conquistada, todavía libre, los jóvenes guerreros entrenan con intensidad en la madrugada. Saben que la amenaza de la guerra es como un jaguar escondido en la maleza, acechando a un venado: silencioso y letal.
El guerrero que los instruye camina entre ellos con firmeza, con la autoridad de quien ya ha luchado en la guerra. Su voz, dura como piedra y cargada de experiencia, retumba: —¡Sudar! ¡Sangrar! El dolor y el cansancio no deben ser impedimento ni excusa. Ignóralos. El sacrificio, la determinación y la valentía nos llevarán a la victoria.
Pero uno de los jóvenes cae frente a su compañero de entrenamiento. Su nombre es Itztli —obsidiana, hoja afilada—. Rendido por el agotamiento, yace en el suelo, jadeando. Sus músculos, adoloridos y exhaustos, ya no le obedecen.
El instructor se acerca, lo mira con penetrante severidad, lo toma del brazo y le grita: —¡Debes levantarte! ¡Debes continuar! ¡No debes rendirte!
Itztli, con la respiración entrecortada, intenta incorporarse y suplica: —Señor… no puedo más. Déjeme descansar un momento.
El guerrero lo alza bruscamente. Su voz se vuelve más dura, casi cruel: —Los guerreros águila, los guerreros jaguar… tus enemigos no conocen el temor, el dolor ni el cansancio. Ellos no se detendrán hasta capturar a cada miembro de tu familia. Quemarán tu hogar, tu templo, tu tierra. Y serás esclavo de ellos, sometido a humillaciones. ¿Acaso permitirás eso solo porque tus músculos tiemblan?