Perdido En El Amor

PARTE XIX

  • Bueno
  • ¡Hola Elena! Discúlpame… acabo de ver tus llamadas y mensajes.
  • ¿Todo bien Steve? Me has tenido muy preocupada.
  • Sí Elena. Tuve que hacer unas cosas y se me fue el tiempo, pero dime… ¿Qué paso? ¿Estás bien?
  • Sí, Steve... gracias por preguntar. Lo bueno es que tú también estás bien. Hablaba para ver si querías acompañarme a un taller de pintura, pero ya es un poco tarde y al parecer tienes cosas que hacer.
  • ¡Claro que quiero acompañarte Elena! ¿En dónde y a qué hora? –pregunté emocionado.
  • Es a la 1:00pm, afuera del Museo Metropolitano de Arte, sobre la 5ta Avenita.

Inmediatamente vi la hora, 12:45pm. Tenía que moverme rápido.

  • Ahí te veo sin falta Elena. Solo paso rápido a mi departamento y me voy para allá contigo.
  • ¿Seguro que puedes? – preguntó un poco rara.
  • Sí, no te preocupes, ahí te veo.
  • Muy bien, nos vemos en un ratito... ¡Gracias!

Antes de que colgara pude escuchar su pequeña sonrisa, yo también sonreí, pero en silencio. Pedí que si por favor podían llevarme a mi departamento; en cuanto llegamos agradecí el favor y me baje rápidamente del coche. Subí a mi departamento para dejar unas cosas y me volví a dar un baño, me cambié la ropa y me dispuse a ir al museo; cuando salí a buscar un taxi, el auto que me trajo aún permanecía ahí.

  • Sube que ya vamos tarde – me gritó el conductor.

Sin pensarlo me subí, ya iba 30 min tarde así que condujo de manera rápida hasta llegar al museo.

  • ¡Muchas gracias! – me despedí.

En cuanto bajé del auto me llevé una grata sorpresa, había muchísima gente fuera del museo; conforme me fui acercando, pude darme cuenta de que varias personas se encontraban ahí para mostrar su arte. Comencé a buscar a Elena entre la multitud.

  • ¡Ahí está Elena, mamá! ¡Apúrale! – escuché la voz de un niño.

Los seguí hasta que la vi enseñando a los pequeños; hablaba sobre la pintura, técnicas, mezcla de colores, elección correcta del pincel, pero sobre todo, el expresar lo que cada uno de ellos sintiera sin importar lo que fuera.

  • ¿Alguna pregunta? – mencionó a todos.
  • ¡Yo! – respondí con una sonrisa.
  • Dime – sonreía conmigo.
  • ¿Puedo hacer cualquier pregunta?
  • Por supuesto – se extrañó.

La miré directo a los ojos entregándome por completo mientras dejaba que el aire me golpeara con su aroma… lo tenía que decir.

  • ¡¿Por qué es usted tan hermosa?! – me postré a sus pies.

Tomé por sorpresa a todos los presentes, nadie lo esperaba. Elena se puso roja y su mirada la delataba, se quedó muda sin saber que responder. Los niños sonrieron y comenzaron a hacerle burla de una manera muy alegre.

  • ¡Steve! – mencionó mi nombre entre dientes mientras me miraba con ojos de te voy a colgar.
  • Perdón Maestra – respondí con nervios.

Las presentes soltaron la carcajada; Elena sonrió y después de un momento volvió a preguntar.

  • ¿Alguien tiene alguna pregunta?... ¡Tú no Steve! – se dirigió a mí para que no volviera a abrir la boca.
  • Yo maestra – levantó la mano un niño.
  • Dime Bryan

El niño nos miró a todos de un lado a otro y después de una pausa preguntó.

  • ¿Por qué es usted tan hermosa? – sonrió

De nuevo todos soltaron la carcajada.

  • ¡Verdad que sí! – le dije a Bryan mientras chocábamos la mano.
  • Con ustedes no se puede – mencionó Elena mientras sonreía.

Se había creado un ambiente muy lindo, la gente compartía sus emociones positivas y eso nos llevó a un estado de felicidad, realmente era bello sentirse así; observar cómo la gente quería a Elena era increíble, sobre todo sus pequeños alumnos.

  • Muy bien muchachos, al ver que no hay preguntas serias, quiero darles las gracias a todos por su asistencia, y no lo olviden… ¡Son unos increíbles artistas! – se despidió.

Todos aplaudimos como locos; sus alumnos se acercaron a abrazarla y a dejarle chocolates, jugos, fruta. Los padres de ellos también le agradecían; yo me mantuve a distancia hasta que Elena terminó de atender a cada uno de ellos. Podía quedarme horas a esperarla mientras la siguiera observando, lo sentía muy dentro de mí, cada vez más… me seguía enamorando de ella. En cuanto tuve la oportunidad me acerqué.

  • Discúlpame Elena, no debí hacer esa pregunta
  • ¿En verdad crees lo que preguntaste? – me miraba con ternura.
  • Desde que te conocí.

Solo se escuchaba el sonido del viento mientras nuestras miradas comenzaban a fusionarse, podía vivirlo, podía sentirla tan cerca de mí.

  • ¡Maestra! – interrumpió un niño.
  • ¡Dime Joshua!




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