Pocas personas conocen mi historia… ¡Confío en ti! – me miró directo a los ojos –Crecí en Brooklyn, mis padres me pusieron a trabajar desde muy pequeña, mis amiguitos asistían al colegio mientras yo trabajaba limpiando departamentos ajenos, lavando ropa y hacía mandados; no tenía tiempo para jugar y a pesar de ello, me las ingeniaba para dibujar, escribir y crear ritmos con una cubeta a escondidas. En una ocasión mi madre descubrió lo que hacía y me golpeó fuertemente, me dijo que dejara de hacer esas tonterías, que tenía que ponerme a trabajar porque de sueños no se vivía; a pesar de todo, quería mucho a mis padres, trataba de ayudar en todo lo que se podía sin cuestionar nada. Conforme fui creciendo se me multiplicaban las labores y a pesar de que nunca me dieron la oportunidad de ir al colegio, me las arreglé para ir aprendiendo con algunos vecinos y después a través del internet. Me apuraba en mis trabajos para darme tiempo y poder escribir, dibujar y tocar mi cubeta; todo fuera de casa para que mis padres no se enteraran. Así crecí hasta que cumplí los 16 años; una tarde que llegaba de trabajar, mis padres ya me esperaban, un señor se encontraba con ellos; me extrañó la actitud de los tres pero no dije nada, salude por educación pero la mirada de ese señor no era normal; me metí a mi cuarto y mi padre fue a verme, me dijo que alistara mis cosas; yo pregunte que para qué, dijo que me iría a vivir con el señor; no entendía qué sucedía, así que pregunté el motivo, solo dijo que porque así lo había decidido y que sería lo mejor para todos. Yo me opuse y le dije que no me iría, mi papá se alteró y me dijo que obedeciera, continué negándome, no quería irme con ese señor; mi papá se molestó y me golpeó, me dijo que ahí el que daba las órdenes era él y que yo estaba para obedecer. Mi madre entró al cuarto y le pregunté que como era posible que le hicieran eso a su propia hija, que por qué me hacían eso si yo los quería mucho; mi madre no se tentó el corazón y confesó todo, –se quebró mientras liberaba algunas lágrimas – me dijo que yo no era su hija, que se habían apiadado de mí, que me habían recogido de un bote de basura en un barrio de la Ciudad de México una ocasión que estaban de vacaciones; que tenía que estar agradecida porque gracias a ellos, yo había sobrevivido, y ahora era mi obligación pagarles todo lo que habían hecho por mí durante tanto tiempo. Me derrumbe y caí al suelo en llanto, mi madre me pregunto si ya tenía mis cosas listas porque el señor llevaba prisa, que dejara de llorar y me levantara porque ya me estaban esperando. “¿Esperando para qué?” Le pregunté. Mi padre molesto me dijo que el Señor había pagado una buena cantidad de dinero por mí y que así saldaba la cuenta que tenía pendiente con ellos, que no tuviera miedo, que me llevaría a un lugar donde conocería a más chicas y que trabajaría para él. Algo en mí se quebró a tal grado que me enfrié, dejé de llorar, no dije ni una palabra, me levanté del suelo y alisté mis cosas. Salí de la habitación para irme con el señor; en cuanto me acerque a él, me tomó con sus asquerosas manos y me manoseo, yo no dejaba de lloraba en silencio. Observaba a las personas que por 16 años simularon ser mis padres, contaban el dinero que les habían dado por mí; me dieron las gracias en tono de burla, el señor se despidió y en cuanto abrió la puerta, lo golpeé en la cabeza con mi maleta y comencé a correr, no mire para atrás ni un instante, seguí corriendo hasta parar en el metro; el miedo me obligo a salir de Brooklyn y sin darme cuenta, llegué a Manhattan. Al principio no tenía dónde quedarme así que busqué algunos albergues; como pude, comencé a buscar trabajo, lavando trastes, de mesera, limpiando casas y poco a poco pude rentar un departamentito chiquito y salir adelante. Me inscribí por primera vez en una escuela en línea y administraba mi tiempo para trabajar, estudiar y hacer lo que amo que es el arte. Una tarde en la cafetería donde trabajaba conocí a un joven muy extraño, mientras esperaba que me entregaran la orden, yo tocaba los frascos de azúcar con los cubiertos. ¡Hasta eso tenía buen ritmo! –sonrió –El joven se acercó y me preguntó si me gustaba la música y que cuál era mi instrumento favorito, le dije que sé me gustaba y que la guitarra y la batería eran mis instrumentos favoritos; el joven sonrió, dijo ok, pagó la cuenta y se despidió; fue extraño, pero no le di importancia. Al otro día me encontraba trabajando cuando vi que entró al café, se sentó en una mesa que me tocaba cubrir así que tomé la carta y me dirigí hacia él para atenderlo; en cuanto me acerqué, dijo que necesitaba que saliera por un momento, mi primera reacción fue de miedo y respondí que no, él sonrió y me dijo que no tuviera miedo, que no me haría daño, que sería solo por unos minutos; de alguna manera me inspiró confianza así que salí. Cuando estábamos en la calle abrió la cajuela de una camioneta y me mostró la batería más hermosa que jamás había visto, me dijo que era mía; no podía aceptarla y me negué, en ese momento me contó su historia; dijo que no le quedaba mucho tiempo de vida y que le había inspirado confianza, que sentía que era una buena persona y por eso prefería dejarme su batería a mí, y no en casa de sus padres ya que una vez que el muriera, quien sabe lo que harían con ella. Tenía cáncer y ya no había nada qué hacer, no pude aguantarme y comencé a llorar, me dijo que no lo hiciera y que por favor aceptara la batería, que le dijera dónde y él me la llevaría hasta mi casa; no pude decirle que no y lo invité a comer, se esperó hasta que terminé mi turno y me llevó a mi departamento; me ayudó a subir la batería y donde pudimos la armamos. Sin saber por qué, me agradeció y antes de irse me dijo que podía irse en paz, que su más grande tesoro quedaría en excelentes manos. Me dejó sin palabras, le agradecí con todo el corazón, le di un beso y un fuerte abrazo… ¡Fue la última vez que lo vi! –hizo una pausa mientras respiraba profundamente –Ahí comprendí que debemos ayudar a quien lo necesité sin esperar nada a cambio. Después de sentirme tan afortunada, comencé a ensayar y a practicar escuchando mucha música, tratando de imitar los ritmos de las baterías. Seguí con mi vida y buscaba una oportunidad para formar una banda, comencé a buscar músicos, pero como soy mujer, muchos de ellos no me tomaban enserio hasta que vi el cartel donde solicitaban baterista y conocí a Orlando – volteó a mirarlo mientras lo abrazaba del brazo –comenzamos a trabajar y poco a poco fui subiendo mi nivel gracias a su apoyo y conocimiento. Comencé a escuchar música muy interesante, sonidos increíbles, bandas impresionantes, cantantes únicos. Orlando fue al primero que le conté mi historia y en cuanto supo que había nacido en México, me confesó que él y Almas de Fuego también eran de México, que salieron del país para buscar una oportunidad; así que, como verás, somos compatriotas – sonreímos – Orlando comenzó a hablarme sobre nuestra historia, nuestra cultura, la grandeza de nuestros antepasados así como nuestros talentos nacionales, artistas, pintores, escultores y grandes músicos. Me hizo comprender que conocer nuestra historia y cultura, es una obligación, así como también es una obligación, conocer la historia y cultura del país donde radicas. Seguí estudiando y preparándome; una tarde pintaba uno de los cuadros más hermosos que he hecho en Central Park, ahí conocí al Señor Robinson; se acercó, preguntó por el cuadro y lo compró, desde un principio me inspiró ternura y confianza, platicamos de muchas cosas, le conté sobre el joven que murió de cáncer y me había regalo la batería; a partir de ese momento me entró la inquietud de hacer algo para ayudar a quienes más lo necesitan; me preguntó que qué es lo que necesitaba para hacerlo y le conté sobre la idea de abrir un Centro de Apoyo, para que las personas que necesitaran ser atendidas y que no tuvieran los recursos, pudieran tener una oportunidad. El Sr. Robinson sin pensarlo me dijo que contara con él, menciono que su esposa ya había muerto pero que estaría fascinada con el proyecto. Le comenté que para hacer algo así se necesitaría mucho dinero y respondió que eso era lo de menos; en poco tiempo comenzó a construir el edificio en uno de sus terrenos y desde ese día nos ha financiado, gracias e ello hemos podido ayudar a muchísima gente. Nos ayudó con los papeles de la banda para que no tengan ningún problema y puedan aportar y trabajar. Sin entender por qué, mucha gente se nos ha ido uniendo poco a poco. En una cena que tuvimos hablábamos sobre lo que el Sr. Robinson hacía por todos nosotros, entonces Orlando mencionó que sería una buena idea juntar a nuevos artistas, así podríamos recaudar fondos y al mismo tiempo darlos a conocer. Desde entonces nos juntamos cada domingo en Central Park para apoyar e impulsar a los talentos, y al mismo tiempo buscar más fondos para el centro de apoyo –sonrió.