Tardaron varias horas en preparar a Maria. Ya no tenía ojeras y su piel lucía mucho mejor. Las ampollas y los rasguños de sus manos también habían desaparecido. Angela y Adèle la habían vestido siguiendo las costumbres de la capital y haciendo juego con el color de sus ojos. Los demás no pudieron hacer otra cosa que esperar a que estuviera lista. Mientras tanto, los guardias reales seguían aguardando su llegada frente a las puertas del palacio.
Cuando terminaron de arreglarla, Maria se mostró un poco avergonzada delante de los demás, diciendo que era demasiado ostentoso para un simple reencuentro. Emilya fue la primera en decirle que estaba preciosa y que el vestido le sentaba de maravilla. Llevaba un largo vestido morado con bordados plateados. Las mangas eran largas y ligeramente abullonadas, y un cinturón oscuro le marcaba la cintura. Parte de su cabello caía suelto, mientras que varias trenzas estaban recogidas en un moño. A ella le parecía que el atuendo era demasiado formal solo para ir al palacio real.
—Que no, no te preocupes, te queda de maravilla. Además, tu futuro esposo se alegrará de ver que te has esforzado por estar guapa.
—Tie... tienes razón —dijo ella tímidamente.
De pronto, se dio cuenta de que había pasado mucho tiempo y de que se estaba haciendo tarde. Todos entraron en pánico al recordar que habían hecho esperar a los guardias reales en la entrada. Se apresuraron a marcharse, dejando todas sus pertenencias en casa de Angela y Adèle, y retomaron la marcha en la carreta en dirección al palacio. Las dos hermanas las vieron alejarse a toda prisa.
—En seis meses, nuestra pequeña ha madurado mucho. ¡Y pensar que ya es de nivel 5! —empezó Angela.
—Tú y yo sabemos muy bien lo talentosa que es esa niña. Lo notaste a primera vista. Por eso es la única a la que has aceptado como discípula, ¿verdad?
Angela se rio suavemente.
—Si ella está aquí, él se enterará. No podemos permitir que aquel incidente se repita —dijo Adèle, algo inquieta.
—No dejaré que ese desgraciado se le acerque de nuevo —dijo Angela, furiosa.
—De todos modos, estaremos ahí para protegerla, como la última vez —respondió Adèle con seguridad.
Por el camino, Lana iba descubriendo la capital. Estaba maravillada de ver tantos colores y tantas especies distintas en un mismo lugar. Como había vivido bastante tiempo en las montañas para evitar herir a nadie con su enfermedad, apenas trataba con gente y rara vez visitaba ciudades. Al ver su asombro, Emilya no pudo evitar hacerle una pregunta.
—Oye, con tu enfermedad se supone que tienes que tener cuidado al usar magia, pero en el torneo contra nosotros no parecías estar conteniéndote mucho. ¿Cómo es eso?
—Mmm... un mercader un poco sospechoso pasó por donde yo vivía y me llamó la atención. Fue entonces cuando vi el brazalete inhibidor.
—¿Eso qué es? —preguntó Emilya, intrigada.
—Es un brazalete que anula la magia de un mago según la cantidad de maná que tenga. Para alguien como yo, que tiene una cantidad enorme, funciona más bien como un catalizador. Pero creo que, para un mago normal, podría llegar a impedirle usar magia por completo.
Todos la miraron, alarmados. No sabían que existiera un objeto así y, si se estaba vendiendo, significaba que muchos magos podrían estar en peligro. La que más consciente era de su peligrosidad era Emilya, porque comprendía hasta qué punto ese objeto podía resultar peligroso. Lana no se daba cuenta de la bomba que acababa de soltar, pero un silencio sepulcral reinó durante el resto del camino.
Cuando por fin llegaron a las puertas del palacio, una fila de guardias los esperaba. Al final de esa fila estaba el tercer príncipe. Sin dudarlo un instante, Maria saltó de la carreta y corrió a los brazos de su amado, besándolo con ternura. Los demás se alegraron, porque era la sonrisa más grande que le habían visto desde que había comenzado el viaje.
Todos bajaron de la carreta, y Emilya fue la primera en arrodillarse para saludar al príncipe. Los demás, poco acostumbrados a las normas de la realeza, la imitaron más o menos.
—Levántense, por favor. Ustedes son quienes han traído a Maria sana y salva desde Lynien. El conde nos hizo llegar una carta en la que decía que vendría escoltada por un grupo un tanto peculiar. Me alegra mucho ver que son personas normales. Aunque, desde luego, su grupo es peculiar. Todos se levantaron y observaron a la pareja.
Juntos, parecen un cuadro pintado con la mayor delicadeza. De verdad están hechos el uno para el otro, pensó Emilya, feliz.
El príncipe los invitó a entrar en el palacio para conversar un poco. Los llevó a la sala de recepción para tomar el té. Empezaron a hablar de lo ocurrido durante el viaje, y Maria le contó cómo lo había vivido ella, omitiendo ciertos pasajes para no asustarlo. Le explicó que, desde que había dejado a su padre, no se había sentido sola en ningún momento, y agradeció al grupo todo su esfuerzo hasta ese momento. Ellos le dijeron que no era nada, un poco avergonzados.
Después, al príncipe se le ocurrió invitarlos al banquete de bodas, que se celebraría dentro de tres días, así como a la boda misma, que no sería hasta la semana siguiente. Como Emilya tenía pensado quedarse un poco más en la capital, aceptó, y los demás siguieron su ejemplo. Continuaron así, en un ambiente agradable, durante casi una hora, antes de tener que regresar a casa de Angela y Adèle. Emprendieron con calma el camino de vuelta hacia la cabaña, dejando a Maria en el palacio.
Mientras salían del palacio, alguien que miraba por la ventana reparó en Emilya.
—Conque ha vuelto.
Ella, completamente ajena a todo, regresó a casa de su maestra, pues tenía muchísimas cosas que contarle. Cuando llegaron, estaban todos agotados. Angela ya había preparado todo lo necesario para recibirlos. Lana fue la primera en darse un baño, seguida de Emilya, Melvis y Lucius. Todos se sentaron a la mesa para cenar y conversar. Angela hizo la pregunta, con ganas de saber cómo se habían conocido.
Editado: 08.10.2026