Melvis abrió lentamente los ojos. Lo primero que vio fue a Emilya, furiosa. Lana y Lucius no entendían por qué estaba tan enfadada, así que Lucius le dio un toque en el hombro para que se calmara un poco, ya que estaba poniendo a todos nerviosos. Ella dio un respingo y volvió en sí. Vio que Melvis acababa de abrir los ojos y le preguntó cómo se encontraba.
— Estoy bien, gracias. Perdonad por causaros problemas y preocuparos.
— No te preocupes… Fue él, ¿verdad? preguntó Emilya.
— No hay ninguna duda. Lana describió su estandarte, el de las dos espadas. Es suyo —dijo Angela.
— Llevas apenas dos días aquí y ya está empezando con sus maniobras —añadió Adèle.
— ¿El que te capturó dijo algo? —preguntó Emilya a Melvis.
— Sí. Dijo que os estaba buscando y, como no os encontraba, me llevaría con él hasta que finalmente apareciera. Era su guardia. Él mismo no estaba allí.
Emilya suspiró aliviada.
— ¿Se puede saber de quién estáis hablando desde hace un rato? —preguntó Lucius, sintiéndose excluido.
— Raegis. Es el segundo príncipe de Arnès. Ese hombre es un verdadero dolor de cabeza —dijo ella enfadada.
— Una sanguijuela —dijo Adele.
— Un energúmeno —añadió Angela.
¿Tanto así? ¿Qué habrá hecho para que las dos tengan tan mala opinión de él? Bueno, viendo cómo se turnan para ponerlo verde, está claro que de santo no tiene nada, pensó Lucius.
Emilya estaba muy preocupada por aquella complicación, pero no podía hacer nada al respecto. Mientras siguiera en la capital, tarde o temprano se lo acabaría cruzando. Así que se resignó. Además, le había prometido a su maestra que arreglaría las cosas con él. Pidió a todos que salieran de la habitación, porque quería hablar con Melvis a solas. Todos salieron y Lucius comprendió que quería empezar por la persona en la que más confiaba.
— ¿Te encuentras bien? —preguntó Emilya.
—Creo que todavía no me había recuperado del todo de usar magia.
—Es verdad que a tu cuerpo le cuesta acumular maná. Siento que hayas acabado en esta situación por mi culpa.
— No tiene que disculparse. Ese loco es el que tiene la culpa. No entiendo qué quiere de usted—dijo Melvis, un poco apenada.
Emilya no podía responderle, a pesar de que sabía por qué él se empeñaba tanto en ir tras ella.
—No sé en qué momento se torció todo esto... En fin, las cosas son como son ahora. Dime, Melvis, ¿sabes cuánto tiempo hace que nos conocemos?
A Melvis le pareció un poco extraño que Emilya le hiciera aquella pregunta de repente.
— Siete años, señorita. ¿Por qué?
—Eso es. Tú me conoces desde hace siete años, desde que yo tenía catorce. Pero yo a ti solo te conozco desde hace tres, desde mis dieciocho.
— ¿Qué ocurre, señorita?
— ¿Por qué nunca me dices cómo era antes de perder la memoria? Cada vez que te lo pregunto, apartas la mirada y cambias de tema. ¿Por qué?
Melvis se quedó callada y puso una expresión seria. Dudó antes de hablar.
—No se lo cuento porque sé que no me creería, y sobre todo porque tengo miedo de que, al contárselo, le provoque los síntomas de su maldición.
Emilya sonrió.
—Está bien. Te agradezco que te preocupes tanto por mí. Puedo confiar en ti, ¿verdad? Tú nunca me mentirías.
—Claro que no, Emilya. Nos prometimos contárnoslo todo siempre y apoyarnos la una en la otra, ¿no es así? —le dijo, devolviéndole la sonrisa.
Entonces, Emilya le explicó la situación y le dijo que últimamente estaba teniendo lagunas de memoria y que existía la posibilidad de que durante su viaje se hubieran encontrado con el demonio una o varias veces y este les hubiera robado algunos recuerdos. Quería pedirle que le contara todo lo que recordara desde que salieron de la capital.
Melvis le relató todos los hechos que recordaba. Emilya escuchó con atención. Cuando terminó, le dio las gracias y le aconsejó que descansara hasta el día siguiente. Cuando salió de la habitación de Melvis, Lucius la estaba esperando frente a la puerta de su habitación.
— ¿Entonces?
—Voy a seguir preguntándole a todos, y esperaré a que llegue Neon para preguntarle también a él.
Fue a su habitación, que estaba al final del pasillo, y, mientras cerraba la puerta, no apartó la mirada de la puerta de Lucius, que se cerraba al mismo tiempo que la suya. Se dejó caer sobre la cama.
Sus versiones no coinciden. O uno de ellos me está mintiendo, o a ellos también les robaron recuerdos. ¿O hay otra posibilidad? Mañana lo descubriré cuando hable con los demás.
Se quedó despierta hasta tarde y, de tanto pensar, terminó quedándose dormida. A la mañana siguiente, alguien llamó a la puerta. Todos seguían durmiendo, excepto Angela, que se había levantado temprano para preparar el desayuno. Fue a abrir, preguntándose quién podría ser a esas horas. Cuando la abrió, no esperaba encontrarse con Maria.
— Buenos días, Angela. ¿Están Emilya y los demás? —preguntó alegremente.
— Buenos días, Maria. No esperaba verte tan temprano. Sí, están aquí, pero todavía están durmiendo. Estaba a punto de despertarlos. ¿Quieres hacerlo mientras termino de poner la mesa?
— ¡Sí!
Entró en la casa, y justo detrás de ella venían dos guardias. Pensaban quedarse fuera, pero Angela los invitó a desayunar con ellos. Los guardias se sintieron un poco incómodos, pero al final aceptaron. Al entrar, el buen olor de la comida les abrió inmediatamente el apetito.
—Ustedes son del ejército del tercer príncipe, ¿verdad?
— ¡Sí, señora! —respondieron al mismo tiempo.
— Entonces, bienvenidos a mi casa.
— ¡Muchas gracias! —dijo uno de los guardias.
Se quitaron el casco y ayudaron a poner la mesa. Mientras tanto, Maria había subido al piso de arriba para despertar a los demás. Primero fue a la habitación de Lucius, que era la más cercana a las escaleras.
— Lucius, despierta. El desayuno está listo —dijo mientras llamaba a la puerta.
Editado: 08.10.2026