Perla Azul : Emilya

Capital — Pesadilla

Otra vez, estoy aquí. Noche tras noche, tengo la misma pesadilla, como si me estuvieran castigando por mi crimen.

Al abrir los ojos, Lana vio un rostro familiar, uno que la atormentaba de día y de noche: el de su madre. Sus primeros recuerdos se remontaban a cuando tenía cuatro años. Su madre la quería muchísimo. Trabajaba como sirvienta en la casa de un noble de provincia. Aquel mismo noble era su padre, pero por entonces ella no lo sabía.

—Lana…

—¿Sí, mamá?

—¿Sabes que te quiero con todo mi corazón?

—Yo también te quiero —dijo la pequeña Lana, sonriéndole a su madre.

Pasaban todas las tardes juntas. Vivían en una casa no muy lejos del lugar donde trabajaba su madre. Por aquel entonces, Lana era feliz a su lado. No sabía que maltrataban a su madre en el trabajo. Todos los empleados sabían que había tenido una hija con su patrón. A los demás sirvientes no les caía bien y se aseguraban de que lo supiera. Le asignaban las tareas más duras y la golpeaban si no obedecía. El noble presenciaba esos malos tratos, pero nunca intervenía. Aun así, ella aguantaba. Cuando volvía a casa, su pequeña la recibía con una enorme sonrisa.

Pasaban los años, pero la situación empeoraba. La madre de Lana estaba cada vez más agotada, tanto mental como físicamente. Un día, cuando Lana solo tenía ocho años y sentía curiosidad por saber quién era su padre, se lo preguntó a su madre.

—Mamá, me gustaría saber quién es mi papá.

Su madre la miró, perpleja, con un leve destello de ira.

Ni siquiera conoces a ese hombre y ya lo llamas papá.

—Esa persona no existe.

—Pero…

—He dicho que no existe —le gritó.

Lana comprendió que era un tema delicado y decidió que sería mejor no volver a mencionarlo. Ese día fue cuando su madre empezó a beber alcohol.

Con el paso del tiempo, bebía cada vez más. En el trabajo, nada mejoraba: seguían maltratándola. Cada noche, al volver a casa, bebía hasta emborracharse. Lana veía con sus propios ojos cómo su madre se hundía cada vez más. Un día, mientras Lana se limitaba a recoger las botellas que su madre dejaba tiradas, esta se despertó bruscamente. Vio a Lana recogiendo las botellas, pensó que intentaba robarle el alcohol y, sin previo aviso, empezó a golpearla. Cuando su hija comenzó a llorar, se dio cuenta de lo que estaba haciendo y se disculpó de inmediato.

¿Cómo he podido hacer eso? ¿Cómo he llegado a esto? Lo siento, mi pequeña.

Sabía que lo que le había hecho a su hija era cruel. Al fin y al cabo, Lana no había hecho nada para merecerlo. Pero eso no impidió que volviera a hacerlo. Había encontrado una forma de descargar su ira. Cuanto más lo hacía, menos se arrepentía de sus actos. En vez de culpar a las personas que la hacían sufrir, prefirió desquitarse con la única persona que todavía la quería.

Con el tiempo, se volvió cada vez más violenta con Lana. Al principio, solo eran bofetadas. Luego pasó a los puñetazos y las patadas. Después empezó a utilizar cualquier objeto que tuviera a mano. No había un solo día en que no le hiciera sufrir lo mismo que ella sufría en el trabajo, como si intentara contarle a su hija su dolor haciéndoselo sentir.

La situación duró casi cuatro años. Aquellos años marcaron profundamente a Lana, hasta el punto de que empezó a temer hasta la más mínima interacción con los adultos. Tenía miedo de entrar en contacto con las personas que la rodeaban o de que la tocaran. Incluso temía a los objetos.

Su única felicidad estaba en los libros de magia que le prestaba la bibliotecaria del pueblo. Era la única persona que era amable con ella, y la única a quien no temía, porque a su lado encontraba la dulzura de su madre tal como la había conocido tiempo atrás. Cuando Lana volvía a casa, su madre no estaba porque se encontraba en el trabajo. Así que Lana estaba tranquila casi todo el día. Podía leer su libro en paz y soñar con convertirse en maga.

—Los magos deben de ser geniales. Si me convirtiera en una, ¿qué tipo de magia tendría? Sería estupendo convertirme en maga. Sí, cuánto me gustaría… —dijo mientras se quedaba dormida.

De repente, se despertó al recibir una patada en el estómago. Su madre había vuelto del trabajo de muy mal humor. La miró con frialdad. Su mirada, que antes había sido tan dulce y amable, ahora estaba llena de ira y odio, y Lana ni siquiera entendía por qué. Su madre vio el libro que tenía en las manos y se lo arrancó.

—¿Qué es esto? ¿Magia para principiantes? ¿Hablas en serio? ¿Te doy mi dinero para que compres esta clase de porquerías? ¿Eh? Te he hecho una pregunta. ¡Contesta!

—No… no, perdóname. No lo compré…

—¿Lo robaste? Ya veo que he criado a una pequeña ladrona. De verdad, lo he echado todo a perder.

—No, no lo robé. Es que… me lo prestó la anciana de la biblioteca del pueblo. Se lo devolveré. Lo siento.

—¿Dices que te lo prestó? ¿En qué estaba pensando al darte ese libro?

—Fui yo quien se lo pidió… porque yo… yo… quiero ser maga.

Se echó a reír ante la declaración de su hija. Lana la miró sin decir nada.

—¿Quieres ser maga? Todo el mundo quiere ser algo que nunca llegará a ser. Para ser maga, necesitas magia y que los dioses te elijan. Tú no tienes ni una cosa ni la otra. ¿Por qué ibas a convertirte en una?

Sentía que el corazón se le hacía pedazos y que se le cerraba la garganta. Quería llorar, gritar y sacar toda la rabia que llevaba dentro, pero no pudo hacer nada.

—¿Sabes qué voy a hacer con tu librito?

Lo abrió y empezó a arrancarle las páginas. Lana solo pudo contemplar, impotente, aquella escena desoladora, mientras ya intentaba encontrar una excusa para explicarle a la bibliotecaria en qué estado había quedado el libro.

—Como vuelva a verte usando mi dinero para estas tonterías, más te vale. Haz algo útil y ve a comprarme alcohol.

Lana obedeció y salió de la casa llorando. Su madre estaba de tan mal humor porque uno de sus compañeros había intentado abusar de ella. Beber la ayudaría a olvidar aquel incidente, que la marcaría para siempre. Cuando Lana volvió con el alcohol, lo dejó sobre la mesa y se acurrucó en un rincón. No lloraba: ya había llorado durante todo el camino. Tampoco estaba enfadada; ya no le quedaban fuerzas. Lo soportaba y lo aceptaba porque, a pesar de todas las veces que su madre la golpeaba y la insultaba, seguía aferrándose a la idea de que su madre aún se preocupaba por ella.



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En el texto hay: amnesia, aventura, magia

Editado: 27.10.2026

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