En cuanto Emilya gritó el nombre de Lucius, él comprendió de inmediato que algo iba mal e intentó apartarse.
—¡Demasiado tarde! —exclamó Raegis.
Sin previo aviso, un rayo cayó sobre Lucius. Todos se cubrieron los ojos. El viento soplaba con fuerza: aquello no era un fenómeno natural, sino la magia de Raegis.
Lo sabía. Esto era lo que estaba esperando. Gracias a las nubes de lluvia, ha podido reunir más poder. No está ni de lejos al mismo nivel que cuando se enfrentó a mí. Y, aun así, solo está en el nivel cuatro. ¿Cuánto ha aumentado su fuerza desde que me fui? No, lo más importante: ¿cómo está Lucius?
Emilya lo llamó por su nombre, pero él tardó en responder. Al oír su voz, ella se tranquilizó por un instante. Pero cuando el humo se disipó, vio el alcance de sus heridas. Tenía varias quemaduras por el cuerpo, parte del estómago perforada y el brazo izquierdo arrancado. Seguía en pie, pero apenas. Al ver su estado, Raegis se echó a reír.
Menos mal que alcancé el nivel siete. Si no, ese ataque me habría matado en el acto. Estoy bastante malherido, pero no es tan grave como parece. El brazo derecho todavía me funciona y aún puedo mover las piernas. Menos mal que soy ambidiestro: manejar una espada con una sola mano no será tan difícil.
Lucius se concentró un instante y restableció su Flujo, que había interrumpido para proteger sus órganos internos. Detuvo la hemorragia de su brazo y volvió a concentrarse en su adversario. Los demás contemplaban la escena horrorizados.
Para, ya basta. No tienes que esforzarte tanto. ¿Por qué estás dispuesto a llegar tan lejos por mí? Por favor, basta. No quiero verte más herido. Me duele. Me duele…, pensó Emilya, afligida.
Lucius no tardó en volver a atacar a Raegis. Este se sorprendió al verlo todavía en movimiento después de aquel ataque. Había gastado buena parte de su maná para acabar con él de un solo golpe.
—Solo estás alargando tu sufrimiento —se burló Raegis.
—Entonces ven a ponerle fin. Te espero —replicó Lucius, furioso.
Raegis se lanzó contra él con la espada rodeada de relámpagos. A Lucius le costaba más contrarrestar sus ataques, pero aún podía manejarlos. Ahora que conocía el poder de Raegis, ya no volvería a dejarse sorprender. Raegis se volvió cada vez más agresivo, y a Lucius le costaba seguir sus movimientos. Cada vez que se acercaba demasiado, Raegis lanzaba un rayo. Lucius lo esquivaba en el último instante, pero el combate se volvía cada vez más agotador. Alargarlo ya no le convenía, así que aceleró el ritmo y empezó a tomar el control del combate.
Raegis empezaba a sentirse superado e intentó tenderle una trampa, dejando una abertura. Pero Lucius comprendió lo que intentaba hacer y optó por atacar de frente. Raegis no se lo esperaba. Intentó lanzarle un rayo, pero ya se había quedado sin maná sin darse cuenta. Generar rayos consumía más maná que los otros tipos de magia y, presa del pánico, Raegis había olvidado esa regla. Lucius pudo asestarle entonces un golpe de espada decisivo, abriéndole una herida a lo largo del torso. Si hubiera golpeado un poco más fuerte y más rápido, podría haberlo partido en dos. Pero, por suerte para Raegis, Lucius había llegado a su límite. Su cuerpo ya no le respondía. Le costaba respirar y todas sus heridas se habían vuelto a abrir.
Raegis quiso aprovechar que Lucius estaba en el suelo para rematarlo, pero él tampoco podía moverse y ya no tenía maná. El duelo terminó, por tanto, en empate. Al verlos a los dos en el suelo, Emilya comprendió que todo había terminado.
Corrió hacia Lucius, pero cuanto más se acercaba, menos quería creer lo que veían sus ojos. Apenas se movía. Temblando, lo miró y luego volvió la vista hacia Raegis y se dirigió hacia él. Sus guardias se interpusieron. Emilya lanzó una onda expansiva que los arrojó a todos por los aires. Después se acercó despacio a Raegis y lo miró con odio.
¿Y si lo mato? No hay nadie que pueda impedírmelo. Sería tan fácil. Un problema menos. Lleva tanto tiempo sacándome de quicio. Podría librarme de él en un abrir y cerrar de ojos. Sí, esa sería la solución.
Emilya apuntó con su bastón hacia él. Había preparado su hechizo de fuego más poderoso, comparable al que había usado contra Arcon. Este quemaba continuamente a su objetivo hasta que ella decidía detenerlo. Su deseo de matarlo era tan intenso que ni siquiera su maestro sabía si conseguiría calmarla. Estaba a punto de lanzar el hechizo cuando Adele le pidió que se detuviera.
—¿Por qué? Si me libro de él aquí, por fin estaré tranquila. Lleva mucho tiempo arruinándome la vida. No me deja en paz, no para de sacarme de quicio, ¿y me pedís que no lo mate? —gritó.
—Sé que estás enfadada, quizá incluso cegada por el odio, pero piénsalo un momento, por favor. Si lo matas ahora, Lucius será el acusado. Solo por haberlo herido y haberlo dejado al borde de la muerte, podrían condenarlo a muerte. ¿De verdad quieres eso? ¿Que viva como un criminal?
Emilya se detuvo en seco, suspiró y se calmó. Luego disipó despacio el hechizo.
—Sigue vivo. Está muy débil, pero todavía podemos llevarlo a casa y curarlo. Vosotros id delante; nosotras nos ocuparemos de él —anunció Angela.
Los demás se marcharon y los guardias empezaron a levantarse.
—Procura no matarlos, Adele.
—Esa regla solo se aplica a ti. Cuando alguien toca a tu discípula, pierdes los estribos.
—No deberían haber sobrepasado los límites.
Angela y Adele empezaron a luchar contra los guardias de Raegis. No tenían nada que hacer contra dos hechiceras. Después, las dos mujeres se volvieron hacia Raegis.
—¿Sabes la suerte que tienes de ser príncipe? —señaló Angela.
—Si fueras una persona cualquiera, no te habríamos perdonado la vida. Hace mucho que estarías muerto y olvidado —añadió Adele.
—La verdad, ya me caías mal cuando seguías a Emilya por todas partes en la academia. Pero ahora sí que te has pasado. Ella te salvó la vida y tú se lo agradeces intentando matarla. ¡Qué desagradecido! Tendría que haberte dejado morir.
Editado: 27.10.2026