Emilya notaba lo fuerte que Lucius le apretaba la mano. Comprendió que estaba preocupado.
—No te preocupes. Aunque acabemos peleando, intentaré no matarlo.
Lucius la miró, sorprendido. Pero lo que acababa de decir le hizo reír un poco, aunque, en su estado, hasta eso le dolía.
—Te dije que no te movieras. Escúchame, por favor, o se te abrirán todas las heridas.
Pero él no le hizo caso. Se incorporó en la cama, se volvió hacia ella y la abrazó para consolarla. A Emilya la desconcertó aquel gesto inesperado.
—¿Q-qué estás haciendo? —preguntó, presa del pánico.
—Te… hice… llorar… antes. Te… estoy… consolando.
Emilya no respondió. Se sentía un poco incómoda, pero también lo abrazó con cuidado para no empeorar sus heridas. Se quedaron así un rato y luego Emilya lo soltó despacio.
—¡Ya está!
—¿Qué?
—He reunido suficiente maná. Voy a curarte.
Lucius recordó las condiciones necesarias para que su poder curativo funcionara. Miró los labios de Emilya y enseguida apartó la vista. También recordó las consecuencias que la curación tenía para ella. Con lo mucho que le dolía a él, no quería que ella tuviera que pasar por ese dolor, aunque para ella no fuera real.
—¡No!
—¿Qué? ¿Por qué? Llevo todo este tiempo esforzándome por concentrar todo mi maná para poder curarte.
—No, yo… no… quiero… que… salgas… herida.
Emilya se quedó inmóvil.
¿Incluso en su estado sigue pensando en cómo me afectará a mí?, se preguntó, sintiendo que el corazón empezaba a latirle más deprisa. Vamos, Emilya, no es momento de pensar en eso. Estás aquí para curarlo, y solo para curarlo.
No hizo caso de su petición y empezó a acercar la cara a la suya. Pero él se negó, volviendo la cabeza, y eso acabó por irritarla. Se sentó en su regazo, le tomó la cara entre las manos y presionó sus labios contra los de él. En un instante, Lucius sintió que sus heridas empezaban a sanar. Quiso detenerla, pero ella no lo soltaría hasta estar segura de que le había vuelto a crecer el brazo. Siguió transfiriéndole su maná. Empezaba a agotarse, pero no paró.
Unos minutos después, sintió que un brazo le rodeaba la cintura. Al bajar la mirada, vio que el brazo de Lucius había vuelto a crecer por completo.
Emilya le señaló que le había vuelto a crecer el brazo. Estaba tan feliz de que su magia hubiera sido lo bastante poderosa para regenerarlo. También se dio cuenta de que todas sus demás heridas habían desaparecido. Empezó a levantarse y se disponía a marcharse, pero entonces aparecieron los síntomas.
Sentía dolor por todo el cuerpo. Al verla así, Lucius la atrajo hacia sí y la estrechó con fuerza entre sus brazos. Ella se aferró a él. Se le escaparon unas lágrimas. Unos instantes después, el dolor pasó, pero, curiosamente, no quería soltarlo, y él tampoco la soltaba. Cuando notó que había dejado de temblar, la apartó suavemente y la miró. Luego le secó las lágrimas que le corrían por las mejillas.
Se quedaron un instante mirándose a los ojos. Lucius se acercaba cada vez más al rostro de Emilya, pero ella no se apartó, como si le diera permiso. Entonces, él depositó suavemente un beso en sus labios. El tiempo pareció detenerse a su alrededor y solo podían concentrarse el uno en el otro. Siguieron besándose un rato, hasta que alguien llamó a la puerta e interrumpió aquel momento, sacándolos de su burbuja.
—Perdonad, ¿estáis bien? Hemos oído ruido y hemos venido a ver qué pasaba —dijo Lana desde el otro lado.
—S-sí, estamos bien. Salgo enseguida —respondió Emilya desde detrás de la puerta.
La abrió y los vio a todos. Angela y Adele también habían vuelto.
No me había dado cuenta de que había pasado tanto tiempo, pensó Emilya, avergonzada.
—¿Qué ha pasado? Estás toda colorada —observó Neon.
—¿Qué? Ah, eso… Es por la magia. Consume mucho maná y estoy cansada. Ya he terminado de curar a Lucius, así que vuelvo a mi habitación.
Se apresuró a volver a su habitación. Los demás miraron a Lucius y vieron que todas sus heridas habían desaparecido. Se alegraron por él.
¿De verdad ha conseguido que le vuelva a crecer el brazo?, pensaron todos al mismo tiempo.
—Su poder curativo es extraordinario. Hasta a un sacerdote le habría costado conseguirlo —observó Adele.
—Es mi discípula. Para ella, nada es imposible —afirmó Angela.
Los demás miraron a Lucius, que parecía un poco desorientado.
—¿Estás bien, Lucius? —preguntó Maria.
Él tardó un poco en contestar.
—Sí, sí, estoy bien. Quiero descansar.
Comprendieron que quería estar solo y lo dejaron tranquilo.
¿Qué acabo de hacer? ¿Por qué lo hice? ¿Qué me pasó? No entiendo por qué lo hice. Ella estaba curándome y todo ocurrió muy deprisa. ¿Se enfadará conmigo? No lo sé. En cualquier caso, es increíble que haya conseguido hacerme crecer el brazo, aunque sus síntomas aparecieran justo después. Las sensaciones siguen tan vivas: su cuerpo pegado al mío, su respiración un poco entrecortada, sus labios tan suaves… No tengo remedio. Ya quiero volver a hacerlo, pensó, esbozando una leve sonrisa.
Después de cerrar la puerta, Angela y Adele intercambiaron una mirada. Se entendieron sin hablar.
Entre esos dos ha pasado algo. No creo que sea solo una cuestión de maná, pensaron al mismo tiempo.
En su habitación, Emilya no podía dejar de pensar en lo que había ocurrido. Al principio, se había quedado en shock. Pero cuanto más repasaba toda la escena en su mente, más incómoda se sentía.
¿Qué ha pasado? Nos besamos… Bueno, él me besó, pero tampoco lo aparté. Espera, pongamos las cosas en orden. Lo estaba curando y, como sus heridas eran muy graves, no lo hice como con los demás. Pensé que era la forma más rápida. Así que lo curé y le volvió a crecer el brazo. Menos mal que le volvió a crecer, me siento aliviada. Aparecieron mis síntomas y después…
Editado: 27.10.2026