¿Dónde estoy? Este lugar… Parece la academia, pero ¿qué hago aquí? Ah, sí, ya me acuerdo. Así fue como conocí a Raegis.
Emilya se dirigía al patio que quedaba detrás del edificio principal de la academia, reservado para los aprendices de mago de nivel tres. Un chico la esperaba allí. Por aquel entonces, Emilya no sabía controlar bien sus expresiones, así que no mostró ninguna. El chico le tendió una carta con timidez y ella la aceptó. Estaba a punto de darle las gracias y decirle que no podía corresponder a sus sentimientos cuando él salió corriendo.
En ese mismo momento, Raegis pasaba por allí y vio toda la escena.
Es la chica del incidente, ¿verdad?
Cuando el chico se marchó, Emilya no supo qué hacer con la carta. No quería tirarla, porque habría sido una falta de respeto hacia él, pero tampoco podía aceptarla de corazón. Estaba mirando la tarjeta, preguntándose qué hacer con ella, cuando Raegis se acercó para hablarle.
—¿Qué haces?
Ella no le respondió.
—Si no la quieres, tírala y ya está. Eso es lo que hago yo.
Emilya dejó claro que no aprobaba su manera de actuar. Irritada, se marchó y lo ignoró por completo.
Así que también puede poner esas caras. Interesante, pensó Raegis con una sonrisa.
Desde ese momento, empezó a seguirla discretamente allá donde iba, para averiguar si podía hacer más expresiones aparte de las que había tenido la suerte de ver. Aunque ella se dio cuenta, no hizo nada, porque tenía otras prioridades. Emilya quería mejorar el control de su magia y entrenaba todos los días.
¿Nunca duerme? Todos los días sigue la misma rutina: va a clase, come sola en la cafetería y entrena durante horas. Quizá siempre tiene la misma expresión porque no tiene amigos, concluyó Raegis.
Al día siguiente, cuando Emilya llegó a la academia, él le dijo que quería ser su amigo, pero ella lo ignoró por completo. Desde luego, no quería como amigo a alguien que podía despreciar tan fácilmente los sentimientos de los demás. Pero él no se rindió. Siguió persiguiéndola por todas partes y pidiéndole que fuera su amiga.
Aquello la irritaba cada vez más. Un día, al terminar las clases, unas chicas se acercaron a ella en el aula.
—¿Por qué el segundo príncipe no deja de perseguirte? —preguntó una de ellas.
Emilya no respondió.
—¡Contesta de una vez! ¿Eres muda o qué?
Emilya suspiró y se marchó.
Qué pesadas. ¿Por qué no me dejan en paz?, pensó.
Para su sorpresa, al salir del aula vio a Raegis esperándola delante de su clase.
Otra vez este. ¿Por qué se me pega tanto? ¿No tiene amigos a los que pueda molestar?, se preguntó Emilya.
Cuando empezó a alejarse, Raegis la agarró del brazo para detenerla. Ella le dio un fuerte manotazo.
—¡No me toques! —le gritó.
Los estudiantes de alrededor se volvieron hacia ellos. Emilya se alejó sin mirar atrás, dejando a Raegis solo frente a sus miradas. Aun así, él siguió buscándola todos los días. Ella empezó a evitarlo, con la esperanza de que por fin la dejara tranquila. Pero él descubrió su pequeña estrategia y un día consiguió atraparla. La llevó a un rincón mientras ella intentaba soltarse.
—Espera, no quiero hacerte…
Ella le dio una bofetada antes de que pudiera terminar la frase. Él no se lo esperaba.
—¡Tienes mucha fuerza! Esa bofetada dolió. Normalmente, los magos son débiles físicamente. Tengo que admitir que me has impresionado.
—¿Por qué…? —preguntó ella en voz baja.
—¿Qué? No te he oído.
—¿Por qué no me dejas en paz? ¿Qué problema tienes conmigo? No paras de acosarme. ¿Qué quieres de mí? —espetó ella.
—Quiero ser tu amigo. Ya te lo he repetido varias veces.
—No quiero, ¡así que déjame en paz!
—¿Por qué no quieres?
—¡No quiero ser amiga de alguien que tiene tan poca consideración por los sentimientos de los demás!
Raegis reflexionó un instante. Entonces, por fin entendió a qué se refería.
—¿Hablas de aquella vez que te aconsejé que tiraras la carta?
Ella no contestó.
—Lo siento. No me daba cuenta de lo que estaba diciendo. Solo quería proponerte una solución, pero tienes razón, no era la mejor.
¿De verdad lo dice en serio?, se preguntó Emilya.
Raegis puso una expresión arrepentida. Emilya empezó a pensar que quizá había sido demasiado dura con él. Al fin y al cabo, no le había dado la oportunidad de explicarse. Pensó que tal vez lo había juzgado demasiado pronto y que, después de todo, quizá no era tan mala persona. Desde aquel día, se hicieron más cercanos.
Raegis siguió a Emilya por todas partes, pero ella ya no huía de él. Aunque a veces lo ignoraba, lo escuchaba cuando le hablaba. No solía mostrar mucho sus emociones, pero de vez en cuando se reía de sus bromas o de las historias sobre cosas que le habían pasado. Lo encontraba divertido, así que decidió hablarles de él a Angela y Adele y presentárselo al día siguiente.
Como ya habían estado en el castillo, conocían un poco a Raegis. No tenían una opinión muy buena de él, pero no le dijeron nada a Emilya, porque parecía encantada de tener por fin un amigo.
—¿No deberíamos advertirle? —preguntó Adele.
—Quizá vio algo en él que a nosotras se nos escapó —sugirió Angela.
Acordaron no intervenir en la amistad que acababa de nacer y dejaron que Emilya disfrutara inocentemente de aquellos pocos meses de amistad con Raegis. Pasaron los meses. Emilya se había acostumbrado a su presencia, y el torneo de magia de la academia se acercaba a grandes pasos.
Normalmente, Emilya no participaba, pero esa vez había premios. El que ella quería era un libro de edición limitada sobre hechizos meteorológicos, imposible de encontrar en las tiendas. Así que decidió participar en el torneo y se lo contó a Raegis.
—¿Vas a participar en el torneo este año?
—Sí, hay un premio que me interesa.
Editado: 27.10.2026