Perros del Mar - La Herencia 2

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Una pequeña multitud se había congregado en el puerto de Cayona al ver el barco que regresaba, solo y dañado, cuando aún no había noticias de la flotilla comandada por Laventry. Y más gente se sumó cuando reconocieron al Espectro. Los piratas lo fondearon a media milla de la costa, más cerca del astillero donde se internaría al día siguiente que de los muelles. Ya tenían todo preparado para desembarcar sin tener que demorarse a bordo, y no tardaron en reunirse sobre cubierta.

Morris ayudó a Marina a acomodar bajo sus brazos las muletas que le habían hecho dos días atrás, tan pronto sus pies sanaran lo suficiente para tolerar su peso. Aún llevaba en torno a su cabeza la banda de seda que le regalaran las mujeres de Maracaibo, y considerando las aprensiones de su madre, había cambiado sus bermudas y su casaca ligera por mangas y pantalones largos, aunque seguía calzando sandalias.

Hubiera deseado demorarse un poco más a bordo, pero no quería asustar a su madre enviando a sus hombres por delante. Entonces vio el aparejo que montaran para bajarla al bote que la esperaba y se echó a reír. Era el mismo que armaran para subirla a la cofa el mismo día que dejaran Maracaibo: un asiento cuadrado de madera, sujeto por cabos a ambos lados como un columpio y sostenido por una polea allá arriba. Sus hombres habían jalado del grueso cabo que pasaba por la polea y así la habían subido hasta donde Oliver la esperaba, en la cofa del palo mayor. De la que ninguno de los dos había querido descender hasta entrada la noche, coincidiendo en que necesitarían mucho tiempo allá arriba, disfrutando el viento y el horizonte, para reponerse de lo que su experiencia como prisioneros de los españoles. Esa mañana habían colgado el columpio de una garrucha de carga, para que Marina no tuviera que esforzarse descendiendo por la escala.

Marina miró a su alrededor y descubrió a Alonso casi en la borda opuesta. Durante el viaje desde Curazao, el español había procurado mantenerse apartado de la tripulación, siempre cabizbajo y taciturno. La muchacha había respetado su actitud, imaginando lo difícil que era la situación para él. Mas era tiempo que se sacudiera los cuervos que parecían revolotear a su alrededor y aceptara sus nuevas circunstancias.

Lo enfrentó con una sonrisa. —Tomemos tierra, capitán, antes que mi madre venga al abordaje —dijo con suavidad.

A Alonso no le hizo gracia que todos se volvieran hacia él, y no tuvo más alternativa que adelantarse al encuentro de Marina y Morris, mientras Maxó, De Neill y varios más abordaban el esquife el bote. Ella apoyó la mano en la borda junto a la escala y acarició y palmeó suavemente la madera dos veces, en ese gesto que le surgía instintivamente. Hubiera apoyado la mejilla en la regala, para agradecerle al barco por soportar tanto, al extremo de regresar por ella para traerla a casa sana y salva. Sin embargo, sabía que eso agitaría el temor supersticioso de su tripulación, de modo que miró alrededor por última vez y permitió que la ayudaran a sentarse en su columpio y la bajaran al bote.

Nadie obligó a Alonso a empuñar un remo, y por primera vez el español se sintió incómodo por no tomar parte en una actividad con los piratas. El viaje de Maracaibo a Tortuga había sido una semana difícil, y en muchos momentos un arrepentimiento amargo y rencoroso se había apoderado de él. Mientras ángeles y demonios batallaban en su pecho, había comprobado que las observaciones de Castillano luego de pasar sólo unas pocas horas abordo eran por demás acertadas. Aquella tripulación no era como nada que ellos hubieran visto bajo ninguna bandera, menos aún la negra.

Pero un traidor es siempre un traidor, y Alonso había esperado que como tal lo trataran. Sin embargo, jamás había sido blanco de murmullos o miradas torvas. Se lo había recibido a bordo como a un invitado de la capitana. Y como ella, respetaban su necesidad de soledad.

Ya se acercaban a tierra, y Alonso miraba con curiosidad a la gente que se apiñaba en el muelle, cuando la muchedumbre se abrió para dar paso a una hermosa mujer, joven y rubia, vestida de riguroso luto con elegancia regia, que llegó corriendo a detenerse al borde mismo del muelle.

—¡Madre! —gritó Marina alegremente, saludándola con un brazo en alto.

Cecilia devolvió el gesto y aguardó allí a que llegaran. Su expresión se demudó al ver que Marina precisaba ayuda para dejar del bote, y las muletas que le alcanzó De Neill, pero la muchacha le echó los brazos al cuello riendo y prefirió dejar las preguntas para más tarde.

Saludó sonriente a los demás y se volvió hacia el joven de aspecto grave y distante que permanecía de pie a pocos pasos, incongruente con su pulcro uniforme de oficial español en aquel puerto pirata.

—Madre, permíteme presentarte al capitán Alonso —dijo Marina en español, instándolo a acercarse—. Es compañero y amigo del capitán Castillano, y se…

—Alojará con nosotros, por supuesto —completó Cecilia, tendiendo su diestra al español con una cálida sonrisa.

Alonso intentó disimular su sobresalto al ser presentado así a la viuda del Fantasma, y estrechó la mano de Cecilia con una respetuosa inclinación de cabeza.

La gente les abrió paso hacia la calle mientras Marina discutía con Maxó para gran diversión de los demás.




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