Pétalos y Espinas

Capítulo 24: El silencio que grita

El apartamento olía a ausencia.

Ricardo lo supo en cuanto cruzó la puerta. No era el aroma a flores que Camelia siempre dejaba atrás, ni el perfume dulce que se le pegaba a la ropa después de abrazarla. Era algo más frío. Más vacío. Como si el aire mismo supiera que ella ya no estaba.

Se quedó en el umbral, con las llaves aún en la mano, sintiendo cómo el peso de esa quietud lo aplastaba. ¿Dónde estaba? ¿Por qué no lo había esperado? ¿Por qué no le había dado una última oportunidad?

—Camelia —llamó, aunque sabía que no habría respuesta.

El eco de su propia voz resonó en el salón, burlándose de él.

Se dirigió hacia la mesa, donde las llaves del apartamento brillaban bajo la luz tenue de la lámpara. Junto a ellas, la taza de conejito. Y el contrato.

Quince mil euros.

El precio de su cobardía.

Ricardo tomó la taza entre sus manos, sintiendo cómo la cerámica fría le quemaba los dedos. ¿Por qué la había dejado allí? ¿Por qué no se la había llevado? ¿O acaso era su forma de decirle que no quería llevarse nada de él?

—Mierda —murmuró, pasándose una mano por el pelo.

No podía quedarse allí. No podía seguir en ese apartamento que, de repente, se había convertido en una tumba de recuerdos. Así que tomó su teléfono y marcó su número.

El tono de llamada sonó una, dos, tres veces.

Y entonces, la voz robótica de una operadora le informó que el teléfono estaba apagado.

—No —Ricardo cerró los ojos, sintiendo cómo el pánico le subía por la garganta—. No, no, no.

Colgó y volvió a marcar. Pero el resultado fue el mismo.

Apagado.

Como si ella ya hubiera decidido borrarlo de su vida.

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Ricardo

"No puede ser.

No puede haberse ido así.

Sin una explicación.

Sin un adiós.

Sin darme la oportunidad de decirle…

¿Decirle qué?

Que la amo.

Que la necesito.

Que sin ella, todo esto no tiene sentido."

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Se dejó caer en el sofá, sintiendo cómo el peso de sus propias decisiones lo aplastaba. ¿Qué había hecho? ¿Cómo había dejado que las cosas llegaran tan lejos? ¿Cómo había permitido que el miedo lo paralizara hasta el punto de perderla?

El silencio del apartamento era ensordecedor.

Y entonces, como si el universo supiera que necesitaba respuestas, su teléfono vibró. Era una notificación de Instagram.

Camelia Rojas ha publicado una historia.

Ricardo abrió la aplicación con manos temblorosas.

Y allí estaba.

Una foto del aeropuerto de Barajas, con el texto: "Nuevos comienzos".

El corazón se le detuvo.

¿Barajas? ¿Aún estaba en Madrid?

Pero entonces, la siguiente historia cargó.

Era una foto desde el avión, con el ala de la aeronave recortada contra un cielo rosado. "Adiós, Madrid", decía el pie de foto.

Y luego, otra.

Una imagen de Ámsterdam desde las alturas, con sus canales brillando bajo el sol. "Hola, Ámsterdam", había escrito.

Ricardo sintió que el aire se le escapaba de los pulmones.

Se había ido.

De verdad.

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Ricardo

"Se fue.

Y yo me quedé.

Con un contrato roto.

Con una taza de conejito.

Con el eco de su risa en estas paredes.

Y con la certeza de que la he perdido para siempre."

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Se levantó del sofá de un salto, como si el movimiento pudiera alejar el dolor. Pero no sirvió de nada. Porque el dolor no estaba en el apartamento. Estaba en su pecho, clavado como un cuchillo.

—No puede terminar así —murmuró, caminando de un lado a otro—. No puede.

Pero, ¿qué podía hacer? ¿Correr al aeropuerto? ¿Comprar un billete a Ámsterdam y aparecer en su puerta como si nada hubiera pasado?

¿Y luego qué?

¿Decirle que la amaba? ¿Que había sido un idiota? ¿Que no podía vivir sin ella?

Sí.

Porque era la verdad.

Y si había algo que había aprendido en los últimos meses, era que la verdad, por dolorosa que fuera, siempre era mejor que la mentira.

---

Ricardo

"No puedo dejar que se vaya.

No sin luchar.

Porque si la dejo marchar, sé que me arrepentiré el resto de mi vida.




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