Pétalos y Espinas

Capítulo 25: Lo que el corazón sabe

El restaurante Le Grand olía a jazmín y a traición.

Ricardo lo supo en cuanto entró. El aroma de las velas encendidas se mezclaba con el perfume caro de Estefanía, ese que antes le resultaba familiar y ahora le parecía empalagoso, falso. Como todo lo que había sido su relación.

Ella estaba sentada en la misma mesa de siempre, con el vestido negro que resaltaba su figura y la copa de vino tinto entre los dedos. Al verlo, sonrió, pero Ricardo no le devolvió la sonrisa.

—Llegas tarde —dijo Estefanía, con esa voz suave que siempre había usado para manipularlo.

—No voy a quedarme —Ricardo se detuvo frente a ella, con las manos en los bolsillos y la mandíbula apretada.

Estefanía arqueó una ceja, como si no entendiera sus palabras. O como si no quisiera entenderlas.

—¿Qué? —preguntó, con una risa que sonó forzada.

—Que no voy a quedarme —repitió Ricardo, con una voz que no admitía réplicas—. He venido a decirte que esto se acabó. Para siempre.

El silencio que siguió fue tan denso que Ricardo pudo escuchar el latido de su propio corazón. Estefanía lo miró durante un largo momento, como si estuviera evaluando si hablaba en serio. Luego, dejó la copa sobre la mesa con un golpe seco.

—¿Y se puede saber qué te pasa? —preguntó, con una voz que temblaba de rabia—. ¿Es por esa chica? ¿Por Camelia?

Ricardo no apartó la vista. No se inmutó. Porque, por primera vez en su vida, sabía exactamente lo que quería.

—Sí —respondió, con una calma que lo sorprendió incluso a él—. Es por ella.

Estefanía soltó una risa amarga.

—No me digas que te has enamorado de ella —dijo, con una sonrisa que era puro veneno—. De una florista. De una chica que ni siquiera sabe moverse en nuestro mundo.

—No sabe moverse en tu mundo —Ricardo corrigió, con una firmeza que no dejó lugar a dudas—. Pero en el mío, es la única que ha sabido encontrar su lugar.

Estefanía lo miró, sorprendida. Como si no pudiera creer que esas palabras salieran de su boca.

—Estás loco —murmuró, sacudiendo la cabeza—. Ella no es nadie. Solo una chica que contrataste para fingir.

—No —Ricardo dio un paso hacia ella, sintiendo cómo el peso de la verdad lo liberaba—. Ella es la única persona que me ha hecho sentir vivo. La única que me ha enseñado lo que es amar de verdad.

Estefanía palideció.

—¿Amar? —repitió, con una voz que sonó más débil de lo que pretendía—. Ricardo, no sabes lo que dices.

—Sí lo sé —Ricardo respiró hondo, sintiendo cómo las palabras le quemaban en la garganta—. Porque nunca supe lo que era sentir hasta que conocí a una chica que habla con cactus. Hasta que conocí a Camelia.

El nombre de ella flotó en el aire como una promesa.

—No te quiero a ti, Estefanía —continuó, con una voz que no tembló—. Te quiero a ella. Y si tengo que cruzar el mundo para encontrarla, lo haré.

Estefanía lo miró durante un largo momento, con los ojos brillantes de algo que Ricardo no supo identificar. ¿Dolor? ¿Rabia? ¿O quizá solo el eco de su propio orgullo herido?

—No puedes hacerme esto —murmuró al fin, con una voz que sonó más pequeña de lo que pretendía.

—Ya lo he hecho —Ricardo se dio la vuelta, sintiendo cómo el peso de los últimos meses se desvanecía—. Adiós, Estefanía.

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Ricardo

"No hay vuelta atrás.

Porque el corazón no entiende de contratos.

No entiende de planes.

Solo entiende de verdad.

Y la verdad es que amo a Camelia.

Y no pienso dejarla escapar."

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El aire de la calle lo golpeó como un bálsamo.

Ricardo respiró hondo, sintiendo cómo el peso de la liberación lo llenaba. Se acabó. Todo había terminado. La mentira, el contrato, el miedo.

Ahora solo quedaba una cosa por hacer.

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"El aeropuerto.

Tengo que llegar al aeropuerto."

Corrió hacia su coche, sintiendo cómo el corazón le latía con fuerza en el pecho. El motor rugió cuando arrancó, y Ricardo pisó el acelerador como si pudiera dejar atrás el pasado con la velocidad.

Pero el pasado no se iba.

Porque el pasado era ella.

Y el futuro también.

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"Camelia.

Espérame.

Porque voy por ti."

El tráfico de Madrid era un caos, pero Ricardo no se detuvo. Esquivó coches, ignoró los cláxones, se saltó un semáforo en rojo. No importaba. Nada importaba excepto llegar a tiempo.

Porque si no lo hacía, si no llegaba antes de que ella se subiera a ese avión, sabía que se arrepentiría el resto de su vida.

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