Pétalos y Espinas

Capítulo 26: El avión que se llevó mi corazón

El aeropuerto olía a café rancio y a despedidas.

Ricardo lo supo en cuanto cruzó las puertas automáticas, con los pulmones ardiendo y el corazón golpeándole las costillas como si quisiera escapar. El sudor le resbalaba por la sien, mezclándose con la lluvia fina que había empezado a caer mientras corría desde el taxi. No llevaba abrigo. No llevaba equipaje. No llevaba nada más que el peso de una verdad que, por fin, había aceptado demasiado tarde.

—¡Señor, no puede entrar así! —le gritó un guardia de seguridad, pero Ricardo lo esquivó como si no existiera.

Sus zapatos chirriaban contra el suelo pulido mientras corría hacia el mostrador de la aerolínea. Las luces fluorescentes se reflejaban en el mármol, cegándolo, pero no le importó. Solo tenía un objetivo: llegar a tiempo.

—¡El vuelo a Ámsterdam! —jadeó, apoyándose en el mostrador con las manos temblorosas—. ¿Cuál es la puerta?

La empleada, una mujer de mediana edad con el pelo recogido en un moño impecable, lo miró con una mezcla de lástima y profesionalidad.

—¿Su nombre, señor? —preguntó, tecleando en el ordenador con calma exasperante.

—No es para mí —Ricardo apretó los puños, sintiendo cómo las uñas se le clavaban en las palmas—. Es para Camelia Rojas. Tiene que estar en ese vuelo.

La mujer frunció el ceño mientras revisaba la pantalla.

—Lo siento, señor —dijo al fin, con una voz que sonó como un veredicto—. El vuelo 742 despegó hace cinco minutos.

El mundo se detuvo.

Ricardo sintió que el aire se le escapaba de los pulmones, como si alguien le hubiera dado un puñetazo en el estómago. Cinco minutos. Solo cinco malditos minutos.

—No —murmuró, sacudiendo la cabeza—. No puede ser.

—Lo siento mucho —la empleada lo miró con genuina compasión—. Si quiere, puedo revisar si hay otro vuelo más tarde…

Pero Ricardo ya no la escuchaba.

Se alejó del mostrador como un autómata, con las piernas moviéndose por inercia. Sus pasos lo llevaron hacia la zona de embarque, hacia el enorme ventanal que daba a la pista. El cristal estaba frío bajo sus dedos cuando se apoyó en él, como si el universo quisiera recordarle que ya no había nada que pudiera hacer.

---

Ricardo

"Cinco minutos.

Cinco putos minutos.

Y ella se fue.

Como si nunca hubiera estado aquí.

Como si nunca hubiera importado."

---

El avión de Camelia era solo un punto brillante en el cielo, perdido entre las nubes grises de la tarde. Ricardo lo siguió con la mirada, sintiendo cómo el vacío se le instalaba en el pecho. Allí iba ella. Su Camelia. La mujer que había llenado su vida de flores, de risas, de algo que ni siquiera sabía que existía.

Y ahora se alejaba.

Para siempre.

—No —susurró, pegando la frente al cristal—. No, no, no.

Pero el avión no se detuvo. No dio media vuelta. Siguió su curso, imperturbable, como si el dolor de Ricardo no significara nada.

---

Ricardo:

"Siempre tuve el control.

Siempre supe qué hacer.

Pero ahora…

Ahora no sé cómo respirar sin ella."

---

El cristal se empañó con su aliento, difuminando la imagen del avión hasta convertirlo en una mancha borrosa. Ricardo cerró los ojos, sintiendo cómo las lágrimas le quemaban los párpados. ¿Cómo había llegado a esto? ¿Cómo había dejado que el miedo lo paralizara hasta perder lo único que realmente importaba?

—Camelia —murmuró, como si su nombre pudiera traerla de vuelta.

Pero el avión ya no estaba.

Y ella tampoco.

---

El zumbido de los motores era lo único que llenaba el silencio.

Camelia estaba sentada junto a la ventanilla, con la frente apoyada contra el cristal frío. Abajo, Madrid se veía pequeño, insignificante. Como si todo lo que había vivido allí —el contrato, los casi besos, el dolor— no fuera más que un sueño del que acababa de despertar.

En su mano, apretaba el último pétalo de magnolia que le quedaba. Lo había guardado en el bolsillo del abrigo la última vez que estuvo en la floristería, como un talismán. Como un recordatorio de que, a pesar de todo, ella seguía siendo ella: la chica que hablaba con las plantas, que soñaba con Ámsterdam, que se había enamorado del hombre equivocado.

—Adiós, Ricardo —susurró, dejando que el pétalo se deslizara entre sus dedos.

Y entonces, el avión atravesó una nube, y Madrid desapareció.

---

Camelia:

"Me voy.

Pero no sé si alguna vez podré dejarte atrás.

Porque te llevas un pedazo de mí.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.