Pétalos y Espinas

Capítulo 27: El cactus que cruzó el mar

El aeropuerto de Barajas olía a desesperación y a café quemado.

Ricardo lo supo en cuanto entró en la terminal, con la corbata aflojada, la camisa arrugada y los ojos rojos de no dormir. El eco de los anuncios por megafonía se mezclaba con el murmullo de los viajeros, pero él solo escuchaba el latido de su propio corazón, martilleándole en los oídos como un reloj de cuenta regresiva.

—Necesito un billete a Ámsterdam —le dijo al empleado del mostrador, con una voz que sonó más firme de lo que se sentía.

El hombre, un tipo de bigote canoso y mirada cansada, tecleó en el ordenador con parsimonia.

—¿Para hoy, señor? —preguntó, sin levantar la vista.

—Ahora —Ricardo apretó los dedos contra el mostrador, sintiendo cómo el plástico frío se le clavaba en la piel—. El próximo vuelo.

El empleado arqueó una ceja, como si estuviera acostumbrado a tratar con locos a primera hora de la mañana. Pero no dijo nada. Se limitó a asentir y a seguir tecleando.

—Hay un vuelo en dos horas —anunció al fin—. Pero está casi completo. Solo queda un asiento en clase turista.

—Lo tomo —Ricardo no lo dudó ni un segundo.

El empleado lo miró con curiosidad, como si intentara descifrar qué clase de urgencia podía llevar a un hombre como él —impecable, adinerado, acostumbrado a viajar en primera— a conformarse con un asiento estrecho en la parte trasera del avión.

Pero Ricardo no le dio explicaciones.

Porque la explicación era demasiado grande para caber en palabras.

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Ricardo:

"Dos horas.

Solo dos horas me separan de ella.

Pero dos horas pueden ser una eternidad.

Porque no sé si me perdonará.

No sé si querrá verme.

Pero tengo que intentarlo.

Porque si no lo hago, sé que me arrepentiré el resto de mi vida."

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El equipaje de mano de Ricardo era una mochila pequeña, de esas que usan los turistas para llevar lo justo. Pero dentro, cuidadosamente envuelto en papel de burbujas y una toalla, viajaba un pasajero muy especial: Gregorio.

El cactus que Camelia había dejado olvidado en el apartamento.

—Tú y yo, amigo —murmuró Ricardo, acariciando la maceta con los dedos—, vamos a traerla de vuelta.

No sabía si funcionaría. No sabía si Camelia querría verlo, ni si Gregorio —con sus espinas y su terquedad— sería suficiente para convencerla. Pero tenía que intentarlo.

Porque Gregorio era más que un cactus.

Era un pedazo de ella.

Y Ricardo no estaba dispuesto a dejar escapar ni un solo pedazo más.

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Ricardo:

"Un cactus.

Llevo un cactus en el equipaje de mano.

Porque es lo único que me queda de ella.

Y si tengo que cruzar medio mundo con una planta espinosa para recuperarla, lo haré."

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El vuelo fue una tortura.

Ricardo se sentó en el asiento del pasillo, con las rodillas pegadas al respaldo del asiento de delante y el cinturón de seguridad apretándole el pecho como un recordatorio de lo poco que controlaba la situación. A su lado, una mujer mayor leía una revista de crucigramas, ajena a la tormenta que rugía dentro de él.

—¿Primera vez en Ámsterdam? —le preguntó la mujer, sonriendo.

Ricardo la miró como si acabara de hablarle en otro idioma.

—No —mintió, aunque era la primera vez que pisaba la ciudad—. Voy a ver a alguien.

La mujer asintió, como si entendiera.

—Ah, el amor —dijo, con una sonrisa cómplice—. Siempre vale la pena el viaje.

Ricardo no respondió.

Porque no era solo amor.

Era miedo.

Miedo a que Camelia lo rechazara.

Miedo a que ya fuera demasiado tarde.

Miedo a que, después de todo, ella hubiera decidido que no valía la pena.

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Ricardo:

"No sé qué voy a decirle.

No sé cómo explicarle que fui un idiota.

Que tuve miedo.

Que la dejé ir cuando debería haberla retenido con todas mis fuerzas.

Pero sé que tengo que intentarlo.

Porque si no lo hago, nunca me lo perdonaré."

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El avión aterrizó con un golpe seco que sacudió a todos los pasajeros.

Ricardo fue el primero en levantarse, ignorando las miradas de reproche de la azafata. Recogió su mochila —y a Gregorio— y se dirigió hacia la salida como si llevara prisa por llegar al infierno.




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