El mercado de flores de Ámsterdam olía a vida y a despedidas.
Camelia lo supo en cuanto puso un pie en el Bloemenmarkt, con el aire frío de la mañana pegándose a su abrigo y el sonido de las bicicletas pasando a toda velocidad por los canales. Los puestos de madera flotaban sobre el agua, llenos de tulipanes, jacintos y rosas de todos los colores. Era el lugar con el que había soñado durante años, el escenario de su futuro.
Pero hoy, por primera vez, no le importaba.
Hoy solo podía pensar en él.
—¿Un ramo de tulipanes, señorita? —le preguntó un vendedor con una sonrisa amable, señalando los bulbos de colores que brillaban bajo el sol.
Camelia negó con la cabeza, sintiendo cómo el nudo en su garganta crecía.
—No, gracias —murmuró, pasando de largo.
No necesitaba flores.
Porque las flores le recordaban a él.
A Ricardo, con sus trajes impecables y sus miradas frías, que de repente se había convertido en el hombre que le robaba el aliento. Al arquitecto que odiaba el desorden pero que, sin embargo, había dejado que ella llenara su vida de pétalos y caos.
—Camelia.
La voz la atravesó como un rayo.
Se quedó paralizada, con los dedos apretados alrededor de la bolsa de semillas que acababa de comprar. No podía ser. No aquí. No ahora.
—Camelia, por favor. Mírame.
Lentamente, como si temiera que fuera un espejismo, se giró.
Y entonces, lo vio.
Ricardo estaba allí, de pie en medio del mercado, con el pelo revuelto por el viento y los ojos grises brillando bajo la luz del sol. Llevaba la camisa arrugada, la corbata torcida y, en las manos, sostenía algo que le hizo soltar un jadeo.
—Gregorio —susurró, llevándose una mano al pecho.
El cactus estaba allí, en su maceta de barro, con sus espinas desafiantes y su terquedad de siempre. Pero esta vez, no estaba solo.
Ricardo lo sostenía como si fuera lo más preciado del mundo.
—No podía dejarlo atrás —dijo él, con una voz que temblaba—. Porque es tuyo. Como… como yo.
El corazón de Camelia se detuvo.
—¿Qué haces aquí? —preguntó, sintiendo cómo las lágrimas le quemaban los ojos.
Ricardo dio un paso hacia ella, con el cactus todavía entre las manos.
—He venido a traerte esto —dijo, señalando a Gregorio—. Y a pedirte que me des otra oportunidad.
Camelia lo miró, sintiendo cómo el mundo se le venía encima. ¿Otra oportunidad? ¿Después de todo lo que había pasado? ¿Después de que él la hubiera dejado ir sin luchar?
—No entiendo —murmuró, sacudiendo la cabeza—. Tú elegiste a Estefanía. Tú me dijiste que me fuera.
—Lo sé —Ricardo cerró los ojos por un segundo, como si las palabras le dolieran—. Y fui un idiota. El peor idiota del mundo. Porque no era a Estefanía a quien quería. Era a ti.
El aire se le escapó de los pulmones.
—¿A mí? —preguntó, con una voz que sonó más pequeña de lo que pretendía.
—A ti —Ricardo asintió, dando otro paso hacia ella—. Siempre fuiste tú, Camelia. Desde el primer día. Desde que entraste en mi vida con tus flores y tu desorden y tu forma de hacer que todo pareciera más brillante.
Camelia sintió que las lágrimas le resbalaban por las mejillas.
—Pero el contrato… —empezó, pero Ricardo la interrumpió.
—Al diablo el contrato —dijo, con una sonrisa que le iluminó el rostro—. Esto nunca fue por el dinero. Nunca fue por Estefanía. Fue por ti. Porque desde que te conocí, no he podido dejar de pensar en ti. Porque cada vez que cerraba los ojos, veía tu sonrisa. Porque cada vez que respiraba, olía tus flores.
—Ricardo… —Camelia se llevó una mano a la boca, sintiendo cómo el corazón le latía con fuerza en el pecho.
—Te amo, Camelia —dijo él, con una voz que no tembló—. Y si me dejas, pasaré el resto de mi vida demostrándotelo.
El silencio que siguió fue tan denso que Camelia pudo escuchar el sonido de su propio corazón rompiéndose y recomponiéndose.
—¿Y si digo que no? —preguntó, con una sonrisa temblorosa.
Ricardo la miró durante un largo momento, con una expresión que le partió el alma.
—Entonces me iré —dijo al fin, con una voz que sonó más firme de lo que se sentía—. Pero no sin antes decirte una última cosa.
—¿Qué? —preguntó Camelia, sintiendo cómo las lágrimas le nublaban la vista.
Ricardo se acercó aún más, hasta que solo los separaron unos centímetros.
—Que eres la persona más increíble que he conocido —susurró, con los ojos brillantes—. Y que, aunque me digas que no, siempre serás mi flor favorita.
Camelia cerró los ojos, sintiendo cómo las lágrimas le resbalaban por las mejillas.
Y entonces, supo lo que tenía que hacer.
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