Pétalos y Espinas

Capítulo 29: El cactus que nos unió

El aire en el Bloemenmarkt olía a tulipanes y a nuevos comienzos.

Camelia aún sentía el calor de los labios de Ricardo en los suyos, el latido acelerado de su corazón contra el pecho, el mundo girando a su alrededor como si nada más existiera. Pero cuando se separaron, él no la soltó. Sus manos seguían aferradas a las de ella, como si temiera que, al soltarla, pudiera desaparecer.

—Te devuelvo a Gregorio —dijo Ricardo, con una sonrisa que le iluminó los ojos grises—. Porque él también me necesita.

Camelia miró el cactus entre sus manos, luego a Ricardo, y sintió que el corazón se le encogía. ¿Gregorio lo necesitaba? ¿O era él quien necesitaba a Gregorio? ¿O quizá… quizá los necesitaba a los dos?

—¿Tú? —preguntó, con una risa temblorosa—. ¿Tú necesitas a un cactus testarudo?

—No —Ricardo le acarició la mejilla con el dorso de la mano, borrando las lágrimas que aún le resbalaban—. Necesito a la mujer que lo cuida. A la que me enseñó que hasta las cosas más espinosas pueden florecer.

Camelia cerró los ojos, sintiendo cómo las palabras de Ricardo se le clavaban en el pecho. ¿Florecer? ¿Era eso lo que había pasado? ¿Había logrado, sin saberlo, que el hombre de hielo que había conocido meses atrás se derritiera?

—Ricardo… —murmuró, apretando a Gregorio contra su pecho—. No sé qué decir.

—No digas nada —él se acercó más, hasta que sus frentes se tocaron—. Solo dime que me perdonas. Que me das otra oportunidad.

Camelia respiró hondo, sintiendo cómo el aroma a flores y a tierra mojada la envolvía. ¿Perdonarlo? ¿Cómo no hacerlo, cuando él estaba allí, en medio de su sueño, con los ojos llenos de algo que nunca antes le había visto?

—Sí —susurró, con una sonrisa que lo dijo todo—. Pero con una condición.

—Lo que sea —Ricardo no lo dudó ni un segundo.

—Que nunca más me dejes ir —Camelia lo miró, con los ojos brillantes—. Que si algo sale mal, si tienes miedo, si dudas… me lo digas. Porque prefiero mil veces que me rompas el corazón a que me dejes creer que no te importo.

Ricardo asintió, con una expresión que le partió el alma.

—Nunca más —prometió, con una voz que no tembló—. Porque sin ti, Camelia, no soy nada. Solo un hombre vacío en un apartamento vacío.

—Y conmigo —ella le tomó la mano, entrelazando sus dedos con los de él—, ¿qué eres?

Ricardo sonrió, con una calidez que la hizo estremecer.

—Soy el hombre más afortunado del mundo —dijo, antes de besarla de nuevo.

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Camelia:

"Un cactus.

Un hombre.

Y un amor que nunca debimos dejar escapar.

Pero ahora que lo tenemos…

No pienso soltarlo."

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El mercado seguía bullendo a su alrededor, con los vendedores gritando precios y los turistas sacando fotos. Pero para ellos, el mundo se había reducido a ese instante: las manos entrelazadas, los labios unidos, el futuro abriéndose ante ellos como un campo de flores bajo el sol.

—¿Y ahora qué? —preguntó Camelia cuando por fin se separaron, con una sonrisa que no le cabía en el rostro.

—Ahora —Ricardo le acarició el pelo, enredando los dedos en los mechones rebeldes—, vamos a buscar un lugar donde pueda besarte sin que medio Ámsterdam nos mire.

Camelia rio, sintiendo cómo el peso de los últimos meses se desvanecía.

—Suena perfecto —dijo, antes de tomar su mano y guiarlo entre los puestos de flores.

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Ricardo:

"Ella me tomó de la mano.

Y por primera vez en mi vida, no sentí miedo.

Solo paz.

Porque al fin, después de tanto tiempo, supe lo que era estar en casa."

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Caminaron por los canales, con Gregorio balanceándose entre ellos como un símbolo de todo lo que habían superado. El sol se reflejaba en el agua, dibujando destellos dorados a su paso, y Camelia sintió que, por fin, todo encajaba.

—¿Sabes? —dijo Ricardo de repente, deteniéndose frente a un puente de madera—. Nunca me gustaron las flores. Hasta que te conocí.

Camelia lo miró, sorprendida.

—¿Y ahora? —preguntó, con una sonrisa juguetona.

—Ahora —Ricardo le tomó el rostro entre las manos—, las amo. Porque me recuerdan a ti.

Camelia sintió que las lágrimas le quemaban los ojos, pero esta vez no eran de tristeza. Eran de felicidad. De alivio. De amor.

—Eres un cursi —le dijo, riendo entre lágrimas.

—Solo contigo —Ricardo le secó las mejillas con los pulgares—. Solo contigo, Camelia.

Y entonces, la besó de nuevo.

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Camelia:

"Ámsterdam.




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