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Seis meses después.
El mercado de flores de Ámsterdam olía a primavera y a promesas cumplidas.
Camelia lo supo en cuanto entró, con el delantal manchado de tierra y el pelo recogido en una coleta desordenada. El aire estaba cargado con el aroma dulce de los jacintos, el perfume fresco de los narcisos y, por supuesto, el toque terroso de la tierra mojada que siempre llevaba pegada a las manos.
—¡Camelia! —la llamó una voz familiar desde el puesto de tulipanes—. ¡Mira lo que acabo de recibir!
Era Liesbeth, su compañera de máster, una holandesa de sonrisa fácil y manos expertas en injertos. Sostenía un ramo de tulipanes negros, raros y preciosos, con los pétalos tan oscuros que parecían absorber la luz.
—¡Son increíbles! —Camelia se acercó, tocando los pétalos con reverencia—. ¿De dónde los has sacado?
—Un cliente especial —Liesbeth guiñó un ojo—. Dijo que eran para alguien que entendía de flores. ¿No será para ese novio tuyo, el arquitecto guapo?
Camelia rio, sintiendo cómo el calor le subía a las mejillas.
—No sé de qué hablas —mintió, aunque las dos sabían que Ricardo era el único que le regalaba flores antes de que se le ocurriera pedírselas.
—Claro, claro —Liesbeth se rio, entregándole el ramo—. Pero si ves a ese hombre tuyo, dile que estos tulipanes son para él. Le van a encantar.
Camelia asintió, aunque sabía que Ricardo no necesitaba más flores.
Ya tenía las suyas.
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La oficina de Ricardo en Ámsterdam era pequeña, pero perfecta.
Ubicada en un edificio antiguo junto a uno de los canales, con grandes ventanales que dejaban entrar la luz del atardecer y un escritorio de madera que Camelia había rescatado de un mercado de segunda mano. Sobre él, entre planos y maquetas, siempre había un jarrón con flores frescas. Girasoles, peonías, lavanda… Lo que ella le hubiera dejado esa mañana en el desayuno.
—¿Otra vez estornudando, Varela? —bromeó su socio, Erik, un arquitecto holandés de barba rubia y paciencia infinita—. Creo que deberías admitir que las flores te han vencido.
Ricardo se llevó una mano al bolsillo, donde guardaba un pañuelo —y, por supuesto, un pétalo de magnolia que Camelia le había metido esa mañana "para la suerte"—. El estornudo lo pilló por sorpresa, fuerte y sonoro, pero lo disimuló con estilo.
—Es alergia al polvo —mintió, aunque los dos sabían que era mentira.
—Claro —Erik se rio, sacudiendo la cabeza—. Y yo soy el rey de Holanda.
Ricardo no respondió. Se limitó a sonreír y a seguir trabajando en los planos de su último proyecto: un invernadero comunitario en el corazón de la ciudad. El sueño de Camelia, lo llamaba él. Y no era solo un proyecto. Era su manera de decirle, una y otra vez, que creía en ella.
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Ricardo:
"Antes, mi vida era de líneas rectas y ángulos perfectos.
Ahora, es de curvas, de pétalos y de una mujer que me enseñó que hasta el caos puede ser hermoso.
Y no cambiaría esto por nada del mundo."
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La cena era en el mismo mercado de flores, pero esta vez no había prisa.
Habían reservado una mesa en un rincón tranquilo, bajo un toldo de lona blanca que dejaba pasar la brisa del canal. Las luces colgantes parpadeaban sobre ellos, creando un ambiente íntimo, como si el universo hubiera decidido que ese momento merecía ser especial.
—¿Sabes? —dijo Camelia, mientras cortaba un trozo de stamppot, el puré de patatas con verduras que se había convertido en su plato favorito—. Hoy Liesbeth me dijo que los tulipanes negros eran para ti.
Ricardo levantó la vista, con una sonrisa que le iluminó los ojos.
—¿Ah, sí? —preguntó, como si no lo supiera—. Qué casualidad. Justo hoy llevaba esto en el bolsillo.
Sacó la flor que Camelia le había puesto esa mañana: un pequeño girasol, aún fresco, con los pétalos brillantes bajo la luz de las velas.
Camelia sintió que el corazón se le encogía.
—Eres un tramposo —dijo, aunque no pudo evitar sonreír.
—Solo contigo —Ricardo le tomó la mano por encima de la mesa, acariciándole los nudillos con el pulgar—. Solo contigo, Camelia.
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Camelia:
"Seis meses.
Seis meses de desayunos con flores en la mesa, de cactus en la oficina, de estornudos elegantes y de un hombre que, poco a poco, se ha convertido en mi hogar.
Y sé que esto es solo el principio."
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El postre llegó en forma de poffertjes, esos pequeños panqueques holandeses cubiertos de azúcar glass y mantequilla. Ricardo, que al principio los había mirado con recelo ("¿Esto es comida o un experimento científico?"), ahora los devoraba con entusiasmo.
—Admítelo —dijo Camelia, riendo mientras le limpiaba un poco de azúcar de la comisura de los labios—. Te gustan.