Bamvi
Aún no lo puedo creer. Mi entorno se siente difuso, como si fuera un extraño sueño.
Un sueño maravilloso.
El mejor de todos, porque...
¡Marcus Mateo está aquí!
Estamos sentados en las mesas amarillas y rojas del Pollo Campero del centro comercial. Lucas y Daniel conversan un poco entre ellos, mientras Marcus limpia una lágrima de mi mejilla.
—Mi bella —Besa mi otra mejilla y con el brazo que me rodea, me acerca un poco más a él.
No me ha hecho preguntas. Desde que me desbordé sin remedio en sus brazos, solo me ha sostenido. Y yo... era justo lo que necesitaba. Lo que mi alma y cuerpo necesitaban.
—Ah, ya está la orden —avisa Lucas, poniéndose de pie.
—Voy con vos —le dice Daniel, siguiéndolo.
Puedo sentir que hay un poco de reticencia de parte de ambos, especialmente de Lucas, pero es entendible. Apenas se conocieron.
Marcus los sigue con la mirada hasta que se alejan lo suficiente de la mesa.
—Mi rayito —Acaricia mi mejilla.
—Te extrañé mucho —murmuro.
Marcus se inclina para besarme la mejilla, sosteniendo el beso varios segundos.
—Yo ya no sabía qué hacer. Me estaba volviendo loco —Su mano toma la mía y entrelaza nuestros dedos —. Incluso le pregunté a Francia, pero ella me dijo que tu hermana mencionó algo sobre que te apartabas cuando te enfocabas en tus proyectos.
Un dolor repentino aparece en mi pecho y yo sacudo la cabeza.
—En ningún momento mencionó que se había ido la electricidad en donde estabas...
—Es que ella... probablemente no sabía, mi amor.
—¿No? Pero creí que se hablaban seguido. Además de la "bodeguita" que usas y...
Pero Mateo se detiene cuando llegan Lucas y mi suegro con las bandejas de comida.
—Pedimos un combo familiar. Ahí agarren como gusten —nos invita Daniel.
Yo asiento, tomando uno de los platos.
—Vamos a ver... ¿Qué te gustaría, mi amor? —pregunta Mateo y toma el otro plato—. Me temo que no he comido aquí antes —agrega, viendo a las distintas piezas de pollo frito.
Daniel baja un poco la mirada y en su rostro se dibuja una pequeña sonrisa de lado.
—A mí me gustan las piernitas de pollo —digo y Mateo asiente, toma dos, y vuelve su vista hacia mí.
—¿Te gustan las patatas?
Yo frunzo un poco el ceño con una sonrisita dibujada.
—Puedes probar lo que tú quieras, mi amorcito —digo, pero me arrepiento cuando Daniel suelta una pequeña risa.
Marcus se acerca y besa mi frente, un poco sonrosado.
—Así que —dice volviendo al plato—, piernitas de pollo y patatas. ¿Algo más?
Sonrío, entrecerrando los ojos levemente al darme cuenta de su intención.
—Solo eso —murmuro, sintiendo mis mejillas acaloradas—. ¿A ti qué te gustaría? —pregunto, tomando otro plato con determinación.
Marcus sonríe de lado, pero no me responde inmediatamente.
—Una pechuga está bien. Y... patatas...
—Bueno —murmuro, sirviendo la comida en su plato.
Ya servidos los platos, Mateo pone el plato frente a mí y yo le paso el suyo.
Lucas y Daniel comparten una mirada rápida y luego siguen sirviéndose su comida.
—¡Ay, el amor! —suelta Daniel, como si llevara esa frase atorada desde hace rato.
—No muchá —alega Lucas, con el ceño fruncido y la mirada en su plato—. Si siguen así todo el tiempo, mejor me voy.
Yo siento las mejillas y las orejas calientes y Marcus suelta una risa grave y melodiosa que automáticamente me hace reír.
—Entonces... —pregunta Lucas de repente, a punto de darle una mordida a una pierna de pollo—. ¿No recuerdas nada?
La sonrisa de Marcus se desdibuja solo un poco, y eleva la vista hacia la voz.
—Eh... No —Traga fuerte—. El doctor me dijo que, por la gravedad del impacto, no prometía que pudiera recordar.
Lucas asiente.
—El problema, siento yo —interviene Daniel—, es que Mateo no fue expuesto a cosas que eran de su entorno luego del accidente —toma una pausa para morder una papita—. Todo era nuevo. No tenía muchas cosas que le ayudaran a su cerebro a recordar —agrega, y toma una pierna de pollo en una mano.
—Sí... Quizás eso afectó —afirma Lucas.
Mateo enfoca su mirada en la pechuga de pollo, y, cuando le da una mordida, abre mucho los ojos.
Yo sonrío al ver su expresión.
—¡Está buenísimo! —exclama, con un poco de ketchup en la comisura de los labios.
Río ante su expresión y limpio la ketchup con mi pulgar.
—Es tradición guatemalteca —murmuro, saboreando la ketchup en mi pulgar. Mateo sigue mi dedo con sus ojos grises y traga fuerte.
—Sí —continúa Daniel—. No hay como Pollo Campero. A ti solía gustarte mucho, mijo. Veníamos los fines de semana, entre los cinco.
Mateo carraspea su garganta.
—Hablando de... esas cosas —suelta Mateo —. La agente Perez nos hará una prueba de ADN a mamá y a mí cuando vuelva a España.
—¿Tan pronto? —Mateo asiente—. ¡Ah, qué bueno! Se está agilizando el caso.
—Sí. Hablé con ella antes de venir. Ya tiene los documentos de Cádiz para el caso.
Yo trago fuerte.
—Oye, amor y... ¿cuándo regresarías?
Una sonrisa se le pinta y, luego de comer una papita frita, se vuelve hacia mí.
—Aún no tengo boleto de regreso, mi bella.
Asiento, dejando que mis hombros se relajen.
—¿Dónde te quedarás? —pregunta Lucas, de repente.
—Ahí conmigo —responde Daniel.
Lucas asiente, pero no pregunta nada más.
Al terminar de comer, nos ponemos de pie pero Lucas y Daniel no nos dejan llevarnos los platos junto a ellos.
—Oye amor —me llama Mateo. Yo me giro hacia él, dejando de ver a los dos hombres que llevan las bandejas de vuelta al puesto de Pollo Campero—. ¿Yo ya conocía a tu primo Lucas?
Asiento, con una sonrisa.
—Sí... ¿Recuerdas al vice alcalde de la aldea del evento que te conté que era papá de la esposa de mi primo?
Mateo frunce el ceño.