Pintaré tus Sonrisas

15 - Mi casa es tu casa

Marcus

Suelto un suspiro, tratando de liberar la mezcla de emociones que viví en un solo día: desde una alegría y tranquilidad que aún me revolotea en el pecho, hasta una sensación extraña en el estómago que espero solo se deba a haber probado Pollo Campero por primera vez.

Sigo a mi papá con pasos lentos por la casa, que resultó ser más grande de lo que imaginé. Bamvi va junto a mí, y puedo notar sus ojos brillosos, semicerrados.

—Bueno, este es tu cuarto, mijo —dice papá, pausando su caminata y señalando una puerta marrón. Luego se dirige hacia Bamvi—. Ven, Bamvi, te mostraré el tuyo.

¿Cómo?

—¡Son bromas! No les haría eso —Se ríe y acerca a mí—. Descansa, mijo —Me abraza de nuevo, dándome dos palmadas en la espalda y yo siento que puedo volver a respirar.

—Descansa, papá... —murmuro. Me analiza unos segundos con una sonrisa cansada, justo antes de girarse hacia Bamvi, a quien también le da un abrazo.

—Muchísimas gracias —murmura Bamvi, y sus ojos grandes y magnéticos se topan con los míos.

—A ti Bamvi —dice papá. Se separa solo un poco y dice—: Mi casa es tu casa.

Bamvi asiente, con una sonrisa amable, y luego mi padre se aleja, agitando la mano para despedirse a la distancia.

Tomo la manija de la puerta marrón, no sin antes ver una vez más al hombre cabizbajo caminar hacia la sala de estar; Una sonrisa de lado se me escapa.

Veo a Bamvi, quien me observa también con sus ojos verde con miel expectantes.

Finalmente, abro la puerta y entramos a la habitación oscura. Tanteo con la mano en la pared, buscando el interruptor. Cuando enciendo la luz, vemos una cama mediana pegada a la pared, al lado de una ventana. Además, hay un buró al lado con un reloj digital y una pequeña lámpara azul.

La habitación está bastante limpia. Quizás demasiado...

—¡Ahora a descansar! —exclama Bamvi con su voz aguda, sacándome de mis pensamientos. Eleva los brazos en el aire y se gira hacia mí. Su hermosa sonrisa hace que sienta un cosquilleo en el estómago.

—¿Descansar? —inquiero, enarcando una de mis cejas. Observo sus brazos elevados y ella frunce el ceño un segundo, aunque su sonrisa no se desvanece.

Cierro la puerta de un golpe suave, tratando de no hacer tanto ruido y fallando en el intento. Dejo mi mochila en el suelo y me acerco a ella en dos pasos.

Ella abre mucho los ojos pero al tiempo yo coloco mis manos en su cintura y la elevo, pegándola a mi torso. Ella rodea mi cuello con sus brazos y pega su frente a la mía.

Busco sus labios para unirlos a los míos, y en cuanto siento el roce de su piel, una electricidad me recorre todo el cuerpo, haciendo que una risa involuntaria se me escape. Ella profundiza el beso, halando mi cabeza hacia ella mientras sus dedos juegan con mi cabello.

Doy un par de pasos temblorosos hacia la cama, sumergido en el beso, y la dejo caer en el colchón.
Me poso sobre ella y cuando su cabeza se asienta en la almohada, separo el beso para diseminar diminutos picos por sus mejillas rojizas y cálidas.

Ella ríe contra mi oído y eso me motiva a deslizarme con disimulo hacia la piel tersa de su cuello. El volumen de su risa aumenta y se agudiza, así que continuo con mi misión, bajando hasta su abdomen y subiendo su blusa ligeramente.

Encuentro su vientre y su risa cesa. Solo se escuchan nuestras respiraciones, siguiendo el mismo compás. Deslizo mis dedos sobre su piel tibia, rozando esos tres lunares que descubrí hace poco. Esas tres marcas con las que he soñado con volver a besar.

Me inclino para hacerlo, no sin antes ver sus ojos de nuevo, esperando su aprobación. Ella se muerde el labio y asiente. Yo sonrío y me acerco con parsimonia, contemplando el momento.

Deposito dos besos cortos y...

—¡Ay! —exclama súbitamente, moviendo la pelvis —. ¡Espera! ¡Siento cosquillas!

Yo río, completamente contagiado de la felicidad que mi novia emana y vuelvo los besos más juguetones y cortos, dejándolos en todo su vientre y haciendo que su risa envuelva la habitación.

—¡Marcus, mi amor! —alega entre risas, moviendo las piernas y alejando mi cabeza con sus manos.

Esa risa...

Esos ojos...

Esos labios...

¿Tendrá idea siquiera de lo que me hace sentir?
¿Sentirá lo mismo?

Siento mi cuerpo temblar levemente, a pesar de que he tratado de contenerme.

Subo hacia sus labios de nuevo, marcando un camino con mis besos en su abdomen y cuello. Mis manos se acomodan en su torso. Antes de tocar mis labios con los suyos, aspiro su aroma a lavanda y a vainilla; tan dulce, tan relajante, tan adictivo.

—Bámvika Lara, no imaginas cuánto te eché de menos —murmuro, con su respiración rozando mis labios.

Pero lo que veo cuando encuentro sus ojos hace que mi sonrisa desaparezca: Tiene los ojos llorosos, y la marca de lágrimas que acaban de escabullirse por sus mejillas.

—¿Mi amor? ¿Estás bien? —Mi corazón se hunde en mi pecho, y siento como un balde de agua fría en la cabeza.

Ella asiente pero traga fuerte.

—¿Qué sucede? ¿Fue algo que hice? —pregunto, sentándome en la cama, dándole espacio.

Ella mueve la cabeza de un lado al otro y vuelve a tragar fuerte. Sus labios tiemblan un poco.

Joder, no puede hablar.

—¿Qué pasó, mi amor? —me acerco ligeramente a ella de nuevo y sus manos me toman y me acercan a su pecho. Yo dudo al principio pero luego sumerjo mis manos en los costados de su espalda y la sostengo cerca de mí.

Tú corazón está acelerado.

—¿Alguien te hizo daño? Dime, Bamvi —pido, elevando la cabeza de su pecho con dificultad. Ella se muerde los labios—. ¿Quién fue? Dímelo. ¿Alguien se atrevió a tocarte?

Ella niega con la cabeza y comienza a sollozar.

—No... —susurra finalmente—. No pasó nada... así... —suelta en un hilo de voz.

Recojo las lágrimas que caen por los costados con mi dedo pulgar y busco de nuevo sus ojos miel con verde.




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