Poderes de vida y muerte

CAPÍTULO 32- La pirámide. Recuerdos placenteros.

Lyonnel conocía bien la frescura de las manos de Annie cuando le recorrían el cuerpo. Esas tardes de primavera donde se desvelaba en su sillón a las afueras de su hogar, víctima de la dulzura embriagadora de su esposa. Esas pupilas rellenas de antojos podían hipnotizarlo noches enteras. No eran necesarias las palabras; solo el caminar de las yemas de sus dedos sobre su piel contaba una historia de amor intocable.

Solo sentía en su brazo derecho un incómodo apretón que no parecía venir de Annie, así que no enfatizó mucho en él.

—Lo siento, amor… —susurró Lyonnel con los ojos cerrados, dejándose mecer por la calidez del momento—. Quisiera pasar toda la tarde así, pero esa criatura que traes en el vientre tiene que alimentarse. —Abrió los ojos para contemplar el cielo que comenzaba a oscurecerse—. Y pescar de noche nunca se me ha dado bien.

Annie enroscó sus brazos alrededor del cuello del hombre y murmuró a su oído con una sutileza infinita:

—Hoy te mereces pasar toda la tarde así. No te preocupes por la comida. De eso me encargo yo.

Lyonnel experimentó una sacudida brutal, sintiendo cómo el corazón se le aceleraba. Un terror helado y repentino le paralizó la sangre, abriendo de golpe los ojos ante una realidad que lo estrangulaba.

Dos Horas Antes

Atheus y Lyonnel se miraban el uno al otro con rostros dudosos, marcados por la más profunda de las zozobras. Si de verdad esa pirámide era un mar inagotable de trampas mortales, adentrarse allí con aquellos muchachos constituía la mayor insensatez que hubieran cometido jamás. ¿Por qué habían terminado los días de paz? ¿Por qué la vida volvía a exigirles el sacrificio de arriesgar inocentes? La cabeza de Lyonnel era un océano azotado por una tormenta implacable.

Aquel día, cuando vio el cuello de Artur atravesado —aunque solo hubiesen sido unos segundos de eternidad—, el dolor le consumió hasta la última gota de esperanza en el cuerpo. Si perdía a alguno de los presentes, sabía que no lo soportaría. Él debía ser el primero en irse; ya era un hombre viejo y el descanso era lo único que merecía.

Justo cuando los demonios más íntimos de su mente comenzaban a arrastrarlo al abismo, una mano firme se aferró con decisión a su hombro.

—¿Estás bien? —preguntó Mafalda, sacándolo de golpe del trance y devolviéndolo a la dura realidad.

Lyonnel parpadeó, agitado, con la respiración pesada.

—Te preocupas demasiado por nosotros —continuó la chica, mirándole con fijeza—. No puedes cargar con todo el peso del mundo tú solo.

El comandante bajó la mirada, vencido por el peso de sus recuerdos.

—Ya perdí a la persona más importante de mi vida sin poder estar presente para salvarla. Aunque intento mantenerme firme, los fantasmas del pasado todavía me persiguen —soltó un suspiro cargado de amargura—. No quiero perder a nadie más.

Frente a ellos, el resto del grupo ya comenzaba a prepararse para la excursión suicida, movidos tal vez por la audacia inconsciente de la juventud. Atheus les regañaba a gritos, aunque no podía evitar soltar una carcajada ante lo ridículo que se veía Artur cargando con un escudo que le quedaba literalmente más grande que el cuerpo entero. Radis, por su parte, fiel a su naturaleza, había empuñado las armas más ostentosas de Tierra Santa; brillaba tanto bajo los escasos rayos de sol que se filtraban por las nubes que parecía una aparición divina.

—Ya tú has vivido tu vida, viejo —le dijo Mafalda con una media sonrisa—. Es hora de que las nuevas generaciones tomen el relevo. En la carga de antes mi miedo casi condena al resto.— Apretó su puño con rabia— . Es hora de que dejemos de ser muchachos.

Lyonnel la miró de reojo, arqueando una ceja.

La chica se atragantó con sus propias palabras, agitando las manos con frenesí mientras se ponía roja como un tomate por la vergüenza.

—¡Nooo, yo no quería decir que…!

El comandante le dedicó una sonrisa genuina, templando la tensión del momento para calmar a la muchacha.

—Tranquila. No pienso volver a pensar en estupideces.

Lyonnel caminó hacia ellos soltando un par de gritos secos para cortar los juegos y las bromas. Todos obedecieron al instante, corriendo para reunirse a su alrededor. A sus espaldas se alzaba la imponente pirámide, una mole de piedra y silencio cuya sola presencia era capaz de apretar el pecho y robar el aire de los pulmones. El comandante extendió su brazo al centro con el puño cerrado, y los demás lo imitaron al unísono, superponiendo sus manos en un pacto tácito.

—No importa lo que nos encontremos ahí dentro —señaló el hombre, con la voz firme y resonando con autoridad—. Dioses, espíritus o lo que sea que intente derribarnos no lo va a lograr, porque nuestras vidas nos pertenecen únicamente a nosotros.

Con la emoción a flor de piel y el corazón latiendo desbocado en la garganta, el equipo cruzó el umbral de la pesada puerta de piedra, adentrándose de lleno en una oscuridad absoluta y devoradora que parecía aguardarlos con las fauces abiertas.

Al fondo de la sala, emergiendo de la penumbra, una criatura extraña manipulaba con destreza varios líquidos dentro de envases de cristal. El grupo avanzó con paso sigiloso, midiendo cada apoyo sobre la piedra fría. Inmediatamente, Mafalda percibió un aroma denso y pesado en el ambiente; no era el perfume de las especias ni el incienso habitual de los templos, sino un olor que le arrancó un escalofrío. Le traía a la memoria las antiguas obras del castillo, aquellos pasillos enrevesados por los que caminaba de la mano de Diana cuando el mundo parecía un lugar seguro.

A medida que acortaron la distancia, la figura se reveló con mayor claridad: era un hombre de complexión cadavérica, con la cabeza completamente rapada y unas extremidades notablemente más alargadas de lo normal. A su alrededor, dispuestas en círculo, reposaban varias sillas de madera, solitarias y silenciosas, como si aguardasen la llegada de invitados muy esperados.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.