Poderes de vida y muerte

CAPÍTULO 33-Somos humanos o solo trozos de carne.

El resquemor le carcomía los pensamientos a Jany. ¿Qué encontraría bajo aquellas celdas subterráneas? Tal vez a un hombre hecho y derecho, tal vez solo a un mendigo, un alma rota por el encierro o, en el mejor de los casos, a su propio padre. Max había tomado una decisión aquel día, una de esas elecciones definitivas que marcan el curso de una existencia. La vida de un hombre entregado a la lucha es tan efímera como el vuelo fugaz de una pequeña abeja, o tan longeva y silenciosa como las páginas ajadas de un caprichoso libro guardado en el fondo de un estante.

¿Por qué le costaba tanto aceptarlo? En el vasto y cruel campo de batalla habían caído cientos de hombres, todos con idénticas familias, con las mismas responsabilidades cotidianas y los mismos sueños que su padre. ¿Por qué el dolor de los desconocidos no dolía de la misma forma? ¿Acaso la empatía era solo una cuestión de perspectiva, un capricho del ego que solo se enciende cuando la herida nos toca de cerca?

Los giros laberínticos entre los pasillos subterráneos llegaban a marear a cualquiera. La oscuridad era tan espesa que parecía tragarse el aire, haciendo que su búsqueda se entorpeciese a cada paso. La única fuente de luz que desafiaba las tinieblas era la diminuta lámpara de aceite que sostenía su acompañante, Kal.

El brymoriano lucía un rostro joven, pero ya surcado de manchas oscuras y arrugas prematuras esculpidas por la implacable exposición al sol en sus extenuantes jornadas de guardia.

—Sé que recién nos conocemos —dijo Jany con un deje de incredulidad, rompiendo el silencio pesado del calabozo—. ¿Puedo preguntarte por tu familia?

Kal giró levemente la lámpara, proyectando un haz dorado que iluminó de lleno el rostro pálido y angustiado del muchacho.

—Viven en una pequeña aldea en la zona alta del desierto —respondió el guardia con serenidad, sin dejar de caminar—. Me uní a la guardia porque era la única manera de asegurar una ración extra de agua para los míos.

Janny cortó la conversación con un gesto seco, y ambos continuaron su andar en silencio, devorados por sus propios fantasmas.

Ambos somos iguales, pensó el joven, sintiendo un nudo en la garganta. Quizás no solo nosotros; quizás todos lo somos. Si el cuerpo físico era meramente la carcasa que nos materializaba en el mundo, eran sin duda nuestros sentimientos y emociones los que verdaderamente nos definían. Las palabras de Mady resonaban en su cabeza como una tontería monumental; reducir a una persona a una simple masa andante de carne y hueso era un absurdo imperdonable.

Si había llegado hasta allí, adentrándose voluntariamente en las fauces del peligro, era pura y exclusivamente por lo que sentía hacia Mafalda. Aunque quisiera negarlo, no podía ignorar esa verdad. Jamás.

Al girar en una de las esquinas más profundas, Kal notó que aquella sección de las cárceles le resultaba extrañamente familiar, aunque la recordaba muy diferente: antaño bulliciosa y fuertemente custodiada por regimientos enteros, ahora yacía en un silencio sepulcral y ominoso.

—Estamos cerca —murmuró el guardia, conteniendo la respiración—. Me alegro que toda la guardia esté arriba.

Arriba, en la superficie, la incursión había sido un éxito rotundo. La ciudad había caído y la inminente masacre de civiles que tanto temían se había saldado con un número milagrosamente bajo de bajas. Jany conocía esa clase de presión a la perfección; la angustia en el pecho, el sudor frío recorriéndole las sienes, las manos temblando al borde del colapso. Cuando la taberna de su familia estaba a rebosar y los clientes exigían más de lo posible, su cocina se convertía siempre en el infierno en la tierra.

Era precisamente en esos momentos de máxima desesperación cuando las palabras de su padre lo asaltaban por la espalda, reconfortandolo:

—Tranquilo, hijo. Todo saldrá bien.

Y su padre nunca se equivocaba. Al final, cada servicio pesado salía a flote. Aquella noche no iba a ser diferente. Al menos no para él. Encontraría a su padre con vida, rescataría lo que quedaba de su hogar, y Lyonnel regresaría a salvo de esa maldita pirámide junto a todos los demás. Y cuando todo terminara, cuando la pesadilla quedara atrás, prepararía un gran banquete para celebrar que habían vuelto a vencer a la muerte.

De repente, una lanza. Traicionera. Rompedora de sueños. O, simplemente, un trozo de metal afilado. Se incrustó con violencia en el cuello de Kal justo ante sus ojos. Jany quedó completamente pasmado, con el corazón acelerado a mil pulsaciones por segundo mientras el aire se le atragantaba en los pulmones.

Kal cayó de rodillas al suelo para después desplomarse bruscamente. Al rodar, la lámpara de aceite se deslizó a cierta distancia, iluminando la figura de un niño aterrorizado y desconcertado. Llevaba el uniforme de la guardia de Zurima, pero Jany notó de inmediato que le quedaba grande y que carecía por completo de experiencia en el combate; era evidente que no era más que un crío reclutado a la fuerza.

El muchacho estaba tan paralizado e impactado por lo que acababa de hacer como el propio Jany. Observó con horror cómo Kal se desangraba en segundos, solo, sin consuelo, con la vida escapándosele entre espasmos.

Janny, empapado en una rabia ciega, apretó los dientes y levantó el bastón, apuntando directo al pecho del niño.

—¡Y-yo… yo solo estoy cumpliendo lo que me ordenaron! —gritó el pequeño entre lágrimas incontenibles, temblando de pies a cabeza.

Janny frenó el ataque en seco.

¿Cumpliendo lo que le ordenaron? ¿Acaso matar a su compañero formaba parte de esa misión? Obviamente que no. Su único trabajo real era vigilar las celdas porque algún sargento despiadado se lo había impuesto.

Jany volvió a cargar la energía en su arma. Tal vez el chico no fuera una mala persona, pero seguía siendo el enemigo. O al menos eso intentaba dictarle la razón. Sin embargo, su brazo mostraba lo contrario: por más fuerza que intentaba administrarle a los músculos, el golpe no terminaba de salir. Eran sus propios sentimientos floreciendo una vez más.




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