—A ver, espera… —dijo Damián, levantando las manos—. Vamos a pensar las cosas con calma.
Diana lo miró desde el otro lado de la habitación.
—¿Con calma? ¡Papá, estoy en tu cuerpo!
—¡Ya sé!
—¡Entonces no me digas que me calme!
—¡Pues alguien tiene que mantener la cabeza fría!
Diana se quedó mirándolo.
—¿Te estás escuchando? Tienes mi cara.
Damián se llevó las manos a las mejillas y volvió a observarse en el espejo. Todavía le resultaba extraño ver el rostro de su hija reflejado en lugar del suyo.
—Esto no puede estar pasando.
—Ah, ¿no? Pues ven a explicárselo a mi cara, porque parece que no se ha enterado.
—Diana, por favor.
—¿Qué?
—Déjame pensar.
Ella puso los ojos en blanco, pero se calló.
Damián caminó de un lado a otro de la habitación. Intentaba encontrar una explicación lógica, alguna razón que no implicara que acababan de vivir algo imposible.
Tal vez estaban soñando.
Tal vez habían tomado algún medicamento por error.
Tal vez…
—Oye —dijo Diana.
—¿Qué pasa ahora?
—¿Y si nos pellizcamos?
Damián se detuvo.
—¿Para qué?
—Para comprobar si estamos soñando.
Él la miró unos segundos.
—Está bien. Hazlo.
Diana levantó la mano y le pellizcó el brazo.
—¡Ay! ¡Despacio!
—¿Te dolió?
—¡Pues claro que me dolió!
—Entonces no estamos soñando.
—Gracias, Sherlock. No se me habría ocurrido.
Damián le lanzó una mirada de advertencia.
—No empieces.
—Yo no he empezado nada. ¡El que se despertó en mi cuerpo fuiste tú!
—¡Tú estás en el mío!
—¡Precisamente!
Ambos volvieron a quedarse en silencio.
Aquello no tenía sentido.
Y lo peor era que ninguno sabía cómo solucionarlo.
Unos minutos después, Damián se sentó en el borde de la cama de Diana.
—Bueno. Necesitamos organizarnos.
—¿Organizarnos para qué?
—Para averiguar qué pasó y cómo vamos a regresar a nuestros cuerpos.
Diana se apoyó contra el escritorio.
—¿Y cómo piensas hacerlo?
—No lo sé todavía.
—Ah, perfecto. Me encanta tu plan.
—¿Quieres dejar de hacer comentarios por cinco minutos?
—¿Quieres dejar de hablarme como si tuviera cinco años?
Damián suspiró.
—Tienes razón. Perdón.
Diana parpadeó, sorprendida.
—¿Qué?
—Que tienes razón. No te estoy hablando bien.
—Ah.
—¿Podemos seguir?
—Sí, sí. Perdón. Continúa.
Damián se pasó una mano por el cabello de su hija. Aquello también se sentía extraño.
—Primero, tenemos que asegurarnos de que nadie se entere.
Diana frunció el ceño.
—¿Cómo que nadie se entere?
—¿Tú crees que puedo salir por ahí diciendo que soy tu padre atrapado en tu cuerpo?
—Bueno, dicho así, suena bastante raro.
—Porque es bastante raro.
—¿Y qué vamos a hacer si alguien nos pregunta algo?
—Tú vas a actuar como yo y yo voy a actuar como tú.
Diana soltó una carcajada.
Damián la miró, ofendido.
—¿De qué te ríes?
—¡Papá, no puedes hacerte pasar por mí!
—¿Y por qué no?
—Porque no tienes ni idea de cómo soy.
Él levantó las cejas.
—Soy tu padre. Claro que sé cómo eres.
—¿Ah, sí? A ver, ¿cómo se llama mi mejor amiga?
Damián abrió la boca.
Después la cerró.
Diana sonrió.
—Eso pensé.
—Valeria.
La sonrisa de Diana desapareció.
—¿Qué?
—Tu mejor amiga se llama Valeria.
—Bueno, sí, pero…
—¿Ves? Sí sé cosas de ti.
Diana se cruzó de brazos.
—¿Y qué música escucho?
Damián se quedó pensativo.
—La que escuchas en tu teléfono.
—¡Papá!
—¿Qué quieres que te diga? ¡Nunca me pones atención cuando intento escuchar tus canciones!
Diana se rió a pesar de sí misma.
—Está bien. Te concedo esa.
—Gracias.
—Pero sigo pensando que vas a arruinarlo todo.
—Y yo sigo pensando que deberías confiar un poquito más en tu padre.
—Ahora mismo, confiar en ti es lo que más miedo me da.
A las ocho de la mañana, ambos estaban frente al espejo del baño.
Diana llevaba una de las camisas de Damián y unos pantalones que le quedaban demasiado grandes. Se había recogido el cabello como había podido y no dejaba de mirar su reflejo con disgusto.
—¿Por qué tienes tanta ropa aburrida?
Damián, que llevaba una camiseta y unos pantalones de su hija, la miró desde la puerta.
—Porque soy adulto, Diana.
—¿Y eso qué tiene que ver?
—Que no voy por la vida preocupándome por si mi ropa combine con mi personalidad.
—Pues deberías empezar.
Damián señaló la camisa que ella llevaba puesta.
—Esa es una de mis favoritas. Ten cuidado con ella.
Diana lo miró como si acabara de insultarla.
—¿En serio? ¿Te preocupa más la camisa que lo que nos está pasando?
—Las dos cosas pueden preocuparme al mismo tiempo.
—Increíble.
Damián entró en el baño y se observó en el espejo.
—Bueno, por lo menos ahora entiendo por qué te tardas tanto en arreglarte.
Diana se volvió hacia él.
—¿Qué quieres decir?
—Que peinarte es más complicado de lo que parece.
—¡Dame eso!
Le quitó el cepillo de las manos y empezó a desenredarse el cabello.
Damián levantó las manos en señal de rendición.
—Está bien, está bien. Ya no digo nada.
—Mejor.
Él se quedó observándola un momento.
—Oye, Diana.
—¿Qué?
—¿De verdad te gusta llevar el cabello así?
Ella dejó de cepillarse.
—Sí. ¿Por qué?
—Por nada. Solo preguntaba.
Diana lo miró a través del espejo. Por primera vez desde que había comenzado aquella locura, su padre parecía genuinamente interesado en algo que a ella le importaba.
—Sí, papá. Me gusta.
Damián asintió.
—Está bien.
Fue un momento pequeño, casi insignificante, pero ninguno de los dos hizo una broma al respecto.