—No. Ni lo sueñes.
—¡Pero, papá!
—He dicho que no, Diana.
Damián estaba de pie en medio de la sala, todavía vestido con la ropa de su hija. Frente a él, Diana sostenía el teléfono de su padre y lo miraba como si acabara de anunciarle una tragedia.
—¡No puedes dejarme sola con todo tu trabajo!
—Y tú no puedes quedarte aquí mientras yo voy a la escuela.
—¡Yo no sé qué haces en tu oficina!
—¡Y yo no sé qué haces tú en la escuela!
Ambos se quedaron callados.
Diana señaló a su padre.
—¿Ves? Ese es exactamente el problema.
—¿Qué problema?
—Que ninguno sabe cómo vive el otro.
Damián abrió la boca para contestar, pero terminó suspirando.
—Está bien. Tienes razón.
Diana lo miró con desconfianza.
—¿Por qué últimamente me das la razón tan rápido?
—Porque estoy intentando evitar otra discusión.
—Ah. Pues vas por buen camino.
Él la ignoró y se sentó en el sofá.
Sobre la mesa estaban las llaves del automóvil, la cartera de Damián y una mochila que Diana había preparado a toda prisa. También había una libreta donde ambos habían anotado algunas cosas que necesitaban recordar.
Damián revisó la lista.
—A ver. Yo voy a la escuela, tú te quedas en casa y luego…
—¡No! —lo interrumpió Diana.
Él levantó la cabeza.
—¿Ahora qué?
—Tú vas a la escuela, sí, pero no puedes hacerte pasar por mí sin saber nada. ¿Y si la maestra me pregunta algo? ¿Y si mis amigas notan que estoy rara?
—Pues tendrás que decirles que no dormiste bien.
—¿Y si me preguntan por qué hablo como tú?
Damián se quedó pensando.
—Intenta hablar menos.
Diana lo miró fijamente.
—¿Esa es tu solución?
—Es lo mejor que se me ocurre a estas horas.
Ella se dejó caer en el sofá y se cubrió la cara con las manos.
—Estamos perdidos.
—Todavía no. Primero vamos a resolver lo de hoy.
Damián se levantó, tomó la mochila y se la colgó al hombro.
—Y por favor, intenta no meterte en problemas.
Diana bajó las manos.
—¿Yo? ¡Si ni siquiera voy a salir de aquí!
—Me refiero a mi trabajo.
Ella miró el teléfono que sostenía.
—Papá, ni siquiera sé cómo desbloquearlo.
Damián se detuvo.
—¿No recuerdas mi contraseña?
—¡Pues no! ¿Por qué iba a saberla?
Él regresó, tomó el teléfono y lo desbloquea.
—Es la fecha de tu cumpleaños.
Diana lo miró sorprendida.
—¿En serio?
—Claro. ¿Cuál querías que fuera?
Por un instante, ella no supo qué responder.
Luego apartó la mirada.
—No sé. Pensé que tendrías algo más complicado.
—La memoria no es mi fuerte.
Damián le entregó el teléfono y se dirigió a la puerta.
—Nos vemos al rato.
—¡Espera!
Él volvió la cabeza.
—¿Qué?
Diana dudó antes de hablar.
—Ten cuidado, ¿sí?
Damián sonrió ligeramente.
—Tú también.
Y salió de la casa.
Damián llevaba casi diez minutos frente a la entrada de la escuela.
Miró el edificio, observó a los estudiantes que entraban y salió de su ensimismamiento cuando un grupo de chicos pasó a su lado riéndose.
—Bueno —murmuró—. No puede ser tan difícil.
Acomodó las correas de la mochila y entró.
Su primer problema apareció antes de llegar al salón.
—¡Diana!
Una muchacha de cabello oscuro se acercó corriendo y lo abrazó por los hombros.
Damián se quedó rígido.
—Hola…
La chica retrocedió y lo observó con una sonrisa.
—¿Qué te pasa? ¿Por qué estás tan seria?
—No estoy seria.
—Sí, claro. Y yo soy la directora.
Damián soltó una risa nerviosa.
La muchacha entrecerró los ojos.
—¿Te sientes bien?
—Sí, perfectamente.
—Qué raro. Ayer estabas diciendo que hoy me ibas a contar algo importantísimo.
Damián sintió que se le helaba la sangre.
—¿Algo importantísimo?
—¡Sí! ¿Ya se te olvidó?
—Un poco.
La chica le dio un pequeño golpe en el brazo.
—Ay, Diana, de verdad. Bueno, luego me cuentas. Vamos, que llegamos tarde.
Damián la siguió por el pasillo, intentando recordar cómo se llamaba.
Valeria.
Su hija se lo había dicho la mañana anterior.
—Oye, Valeria…
—¿Qué?
—¿Me puedes hacer un favor?
—Depende.
—Si alguien me pregunta algo hoy, ¿puedes… ayudarme?
Valeria lo miró extrañada.
—¿Ayudarte con qué?
—Con lo que sea.
Ella se echó a reír.
—Definitivamente te pasa algo.
Damián sonrió como pudo.
—No tienes idea.
La primera clase comenzó con un examen sorpresa.
Damián miró la hoja que acababan de poner frente a él.
Después miró al profesor.
Después volvió a mirar la hoja.
—No puede ser —susurró.
A su lado, Valeria ya estaba escribiendo.
Damián leyó la primera pregunta.
No entendió demasiado.
Pasó a la segunda.
Peor.
Llegó a la tercera y dejó el bolígrafo sobre la mesa.
—Esto tiene que ser una broma.
—¿Dijiste algo, Diana? —preguntó el profesor desde el frente.
Damián levantó la cabeza.
—No, profesor.
—Entonces continúa.
Damián bajó la mirada.
Había pasado años sin sentarse frente a un examen escolar y, aunque reconocía algunos temas, no recordaba las respuestas que necesitaba.
Lo peor era pensar que su hija había tenido que enfrentarse a situaciones como aquella sin que él comprendiera realmente lo que sentía.
Cuando terminó el tiempo, entregó la hoja con varias preguntas sin responder.
Al salir del salón, Valeria se acercó.
—¿Qué te pasó? Normalmente no te va tan mal.
—No dormí bien.
—Eso ya lo dijiste. ¿Seguro que estás bien?
Damián la observó.
No era su hija, pero aquella muchacha parecía conocerla lo suficiente como para notar que algo no encajaba.
—Valeria, ¿puedo preguntarte algo?