El despertador sonó a las seis y media de la mañana.
Damián abrió los ojos y estiró un brazo para apagarlo. Tardó unos segundos en recordar por qué estaba durmiendo en la habitación de su hija.
—Ah, cierto… —murmuró.
Se incorporó y miró el uniforme escolar que Diana había dejado preparado sobre una silla.
Todavía tenía sueño, le dolía la espalda y, sinceramente, no tenía ninguna intención de volver a la escuela.
Pero tenía que hacerlo.
Se levantó, se vistió y salió de la habitación.
Al llegar a la cocina, encontró a Diana sentada frente a una taza de café, revisando unos documentos de su padre.
—Buenos días —dijo él.
—Buenos días.
Damián se sirvió un vaso de agua y se sentó frente a ella.
—¿Dormiste bien?
—Más o menos. Tu cama es demasiado grande.
—¿Y eso qué tiene de malo?
—Que parece que estoy durmiendo en medio de una cancha de fútbol.
Damián soltó una carcajada.
—Pues a mí me cuesta dormir en la tuya. No entiendo cómo puedes descansar con tantos cojines.
—Porque tengo buen gusto.
—Claro.
Diana sonrió y volvió a mirar los documentos.
Damián se dio cuenta de que llevaba varios minutos leyendo la misma página.
—¿Qué estás viendo?
—Unos papeles que estaban en tu escritorio.
Él dejó el vaso sobre la mesa.
—¿Qué papeles?
—No sé. Son de tu trabajo.
—¿Y por qué los estás leyendo?
Diana levantó la cabeza.
—Porque quería entender qué haces todo el día.
Damián se quedó callado.
La respuesta lo tomó por sorpresa. Había esperado que su hija se quejara de las tareas, del horario o de cualquier otra responsabilidad que ahora le tocaba asumir.
Pero no aquello.
—¿Y entendiste algo? —preguntó.
—Que tienes demasiadas cosas que hacer y que algunas personas escriben correos larguísimos para decir algo que podrían explicar en dos líneas.
Damián se rio.
—Eso último es completamente cierto.
Diana le devolvió los documentos.
—Oye, papá, ¿siempre has tenido tanto trabajo?
La sonrisa de Damián se desvaneció ligeramente.
—No siempre.
—¿Y antes?
Él se quedó pensando.
—Antes de que nacieras, tenía menos responsabilidades. Después, las cosas cambiaron.
Diana bajó la mirada.
—¿Por mí?
—No lo digas así.
—Pero es verdad. Si yo no hubiera nacido, tendrías menos gastos y más tiempo para ti.
Damián dejó el vaso sobre la mesa con un poco más de fuerza de la necesaria.
—Diana, mírame.
Ella levantó la cabeza.
—Tú no eres un gasto del que me arrepienta. Eres mi hija.
—Ya sé, pero…
—No, creo que no lo sabes. Una cosa es que esté cansado o preocupado por el dinero y otra muy diferente es que me arrepienta de tenerte. Nunca he pensado eso.
Diana se quedó inmóvil.
No había esperado aquella respuesta tan directa.
—Es que a veces te veo llegar del trabajo y estás de mal humor. Y cuando te pido algo, parece que te estoy complicando más la vida.
Damián suspiró.
—A veces llego preocupado por cosas que no tienen nada que ver contigo. Pero tienes razón en algo: no debería desquitarme contigo.
Se inclinó ligeramente hacia ella.
—Voy a intentar explicarte mejor las cosas en lugar de contestarte mal.
Diana asintió despacio.
—Yo también voy a intentar no pensar siempre lo peor.
Damián sonrió.
—Trato hecho.
Ella levantó el puño y él lo chocó suavemente con el suyo.
—Ahora termina de desayunar —dijo Damián—. No quiero que llegues tarde.
Diana lo miró con una sonrisa burlona.
—Ya empezaste.
—¡Es que vas a llegar tarde!
—¡Ya voy!
Y, por primera vez en mucho tiempo, aquella discusión terminó con los dos riéndose.
Cuando Damián llegó a la escuela, descubrió que el día sería más complicado de lo que había imaginado.
Apenas entró al salón, su profesora de matemáticas le pidió que se quedara unos minutos después de clase.
Damián sintió un escalofrío.
No recordaba haber hecho nada malo, pero tampoco estaba seguro de qué podía haber hecho su hija.
Durante toda la mañana intentó comportarse con normalidad. Tomó apuntes, respondió cuando le preguntaron algo y evitó hablar demasiado con sus compañeros.
No obstante, cuando terminó la última clase, la profesora se acercó a su pupitre.
—Diana, ¿puedes venir un momento?
Damián guardó sus cosas lentamente.
—Sí, profesora.
La mujer esperó hasta que los demás estudiantes salieron.
—Quería hablar contigo sobre tus calificaciones.
Él sintió que el estómago se le encogía.
—¿Mis calificaciones?
—Sí. He notado que últimamente estás teniendo dificultades con algunos temas. ¿Hay algo que te esté preocupando?
Damián no supo qué contestar.
Podía decir que todo estaba bien, como probablemente habría hecho su hija. También podía inventar una excusa y salir del paso.
Pero recordó la conversación de la noche anterior.
Había pasado un día entero intentando comprender a Diana. Si ahora fingía que no existía ningún problema, estaría desperdiciando la oportunidad de ayudarla.
—Profesora, ¿puedo preguntarle algo? —dijo.
—Claro.
—Si un estudiante tiene problemas para entender una materia, ¿puede pedir ayuda sin que eso afecte su calificación?
La profesora lo observó con atención.
—Por supuesto. Precisamente para eso estamos aquí.
Damián asintió.
—Entonces creo que necesito ayuda con matemáticas.
La mujer pareció sorprendida, aunque enseguida sonrió.
—Me alegra que me lo digas. Podemos revisar los temas que te están costando y buscar una manera de que los entiendas mejor.
—Gracias, profesora.
Cuando salió del salón, Damián se quedó pensando en lo que acababa de suceder.
No sabía si Diana realmente tenía dificultades con aquella materia, pero la conversación le había enseñado algo importante: a veces, pedir ayuda era mucho más difícil que intentar resolverlo todo por cuenta propia.