Portadora de Almas.

CAPITULO 1

Tatiana.

Si eres de Altair y tienes poderes, eres un peligro suelto.

Si ellos no lo saben, tienes suerte.

En el momento que lo sepan, eres un cadáver más.

Y así estoy viviendo mis veinte años, escondiendo mi poder. Mi poder no es de esos de “normales” cómo: fuego, agua, invisibilidad, fuerza, ni nada de eso. El mío puede llegar a ser mortal: Portador de almas. (Así fue como lo llamé yo) En esta historia, el sello es el origen de la capacidad; el poder es lo que ese sello permite hacer, y la habilidad es el grado de control y destreza que alguien desarrolla al usarlo.

Para darle uso debo tener a un ser cerca, tocarlo y concentrarme en su alma, así extraigo su alma y mi cuerpo desaparece, solo me quedo yo con el cuerpo de otra persona. Eso es lo que dicen los libros.

Mi experiencia usándolo fue inesperada, sinceramente.

Únicamente tengo que esperar veinticuatro horas para volver a estar en mi cuerpo, porque... yo podré hacerlo, pero la otra persona ya no volverá a la vida, su alma ya la he destrozado.

O bueno, eso pasó la última vez que lo hice. No sabía que había hecho y estaba asustada. A consecuencia me mire en el espejo y me convertí en aquel hombre con el que una vez me pelee. Cuando fui a mi casa, junto a mis padres, era de esperarse que no me reconocían. Se lo explique todo y a mi madre casi le da algo porque sabe lo peligroso que es que alguien tenga un poder en Altair.

Mi sello es de aquellos que no hay dos, ni tres, ni cuatro, es único. Es como si fuese un mito.

Es el típico poder que todo el mundo piensa que es un mito.

Es el típico poder que sale en los cuentos de Altair, donde cualquier sello ya es considerado como destructivo. Así educan aquí, convenciendo a los niños que somos monstruos.

Tampoco los culpo: —o en realidad sí —es peligroso, sobre todo cuando no sabes controlarlo, que, en parte es mi caso.

Sin embargo, yo no nazco decidiendo como soy o lo que soy.

—¿Podrías hacer tu trabajo por una vez?—me regaña la princesa —Date prisa y límpiame los zapatos.

Hago todos mis esfuerzos para no poner mala cara y me agacho a limpiarle los zapatos negros que lleva con un trapo. Su vestido grande y grueso me molesta mientras que hago lo que me pide, por lo que lo aparto y con delicadeza le limpio cada uno de los zapatos.

Siempre intento ser amable, generosa y sobre todo tener paciencia con ella, sin embargo, la señorita parece tener traumas con gente que no sea noble.

—Eleonore...

—Señorita para ti —me corta antes de continuar.

—Señorita, —digo de mala gana. Llevo varios años aquí y ni aun así logro acostumbrarme a empezar a llamar a la gente por “usted”—si pudiese ser un animal ¿cuál sería?

Es una pregunta tonta como las que siempre suelo hacer, pero me encanta hablar. Siempre trato de buscar tema de conversación con ella.

—Eres muy pesada con esto, entonces... ¿Que prefieres? Ponerte a trabajar y no dirigirme la palabra o ponerte a trabajar y no abrir la boca.

Siempre fría como el hielo. Hablo con ella porque de lo contrario me aburro. No hay que tener mucho cerebro para saber que no lo hago porque me apetezca.

—Es lo mismo, señorita.

—Exacto, al menos eres lista. —suspiro y ella nota eso. Se enfada. —No lo olvides, eres una esclava las esclavas no refutan y mucho menos hablan con sus superiores. Creo que te crees mucho por ser guapa, o tal vez básica porque cualquiera puede ser rubia y tener ojos azules.

Me levanto y poso los ojos en su rostro con el ceño fruncido. Nada que ver. Quisiera preguntarle si ella tiene ojos azules ya que como todo el mundo puede tenerlos...

—Y mucho menos te creas por el hecho de que mi hermano te haya nombrado su esclava personal. —me mira con desdén —Ya puedo verte aprovechándote de eso.

El tema me pone tensa y me incomoda el término. Otra cosa de la que nunca me termino de adaptar es mi título.

Hago el mayor esfuerzo para no contestarle. Lo que hago para no escucharla.

Me señala con un dedo la cama donde hay ropa que necesita ser doblada. Entiendo su mensaje y me pongo a doblar una por una; vestidos, calcetines, medias, camisas... Ropa elegante, se nota que es una princesa.

Ella se mantiene en la cama sentada y con una mano agarra la una camisa rosa que acabo de doblar.

—No me gusta, hazlo de nuevo.

Pongo mi mejor cara. No quiero darle el gusto de verme enfadada.

Lo vuelvo a hacer, pero cada vez que doblo una prenda sigue sin gustarle.

Podría cambiar el alma con ella para no verla más y vivir como sueño desde que nací. Pero la idea de arrebatarle la vida a alguien me espanta y no solo eso, sino que hace tanto que no uso mi poder que podría...

—Te estoy hablando, esclava, ¿qué intenciones tienes con mi hermano?

—¿Ah?

Pone los ojos en blanco cansada de repetir la pregunta.

—¿Qué intenciones tienes con mi hermano?

¡Por todas las estrellas! ¿Acaso piensa que tengo intenciones con su hermano?

«Lo que sea con el hecho de no tenerlo que aguantar de por vida».

—Ninguna, servirle supongo.

No tardo en pillar que le preocupa que su hermano llegue a enamorarse de mí. No hace falta tener una lupa para saber que le intereso, sin embargo el único motivo que veo para interesarle es mi belleza. De lo contrario no me conoce lo suficiente para que sea por mi personalidad.

—No te creo.

—Señorita, yo no tengo intenciones de mentirle. Estoy siendo sincera. —me trago las ganas de decirle lo que pienso.

—Encárgate de cumplir esa promesa. —se le suaviza la mirada marrón —Lo que pasa, es que no me gustaría que mi hermano se enamore de ti y bueno, ya sabes. Una esclava no podrá nunca aportarnos nada—habla más para sí misma.

No es solo una sospecha suya: en los últimos días Royce ha empezado a buscarme, a elogiarme y a querer llevarme consigo, algo que no hacía durante los años que llevo sirviendo en el palacio. Que además me haya nombrado su esclava personal le ha dado motivos para pensar que podría interesarme en él.




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