Portadora de Almas.

CAPITULO 3

Tatiana.

El amargo recuerdo de aquella celda en la que me pase durante una semana me retumba en la mente.

Estoy yo ahí agarrando las varillas como si tuviera la fuerza para romperlas.

Estoy yo ahí llorando, pidiendo piedad.

Pidiendo que me devuelvan a mi madre.

Pero los únicos que me escuchan y me acompañaban eran esos roedores grises. Las ratas.

—¡Sácame de aquí! —dije entre lágrimas cuando una sirvienta me daba la única comida en días: pan duro.

Y se iba. Al igual que no volvía.

A veces me daban de comer, a veces no. A veces me daban agua podrida y otras no.

El ambiente allí era horrible, el olor a oxidado fue tan familiar....

Aquel día que mataron a mi madre, mataron una parte de mí también la única diferencia es que yo sigo respirando y ella no. Me dieron a entender que hay peores caminos que la propia muerte.

Estoy en frente de muchas personas. No muestro ninguna expresión. No muestro mi tristeza. Tampoco mi lamentación hacia aquel chico que he visto morir, ni mucho menos el miedo que me está consumiendo a que el príncipe no apriete ese gatillo y me haga vivir la misma tortura que hace años.

Estoy tragándome las lágrimas que quieren salir por la muerte de aquel chico. Somos tal para cual. Ese probablemente se mi destino.

Royce no dispara, pero tampoco baja el arma. No me ha perdonado por lo ocurrido con el chico; parece dispuesto a decidir él mismo qué hacer conmigo. Aun así, no va a permitir que el vendedor me castigue por su cuenta.

Yo me quedo quieta, al igual que los demás presentes.

—¿Por qué la lastimas? —habla por primera vez el futuro rey.

Abro los ojos de golpe, con el corazón acelerado. Pero no se refiere a mí. Por mucho que crea que su mirada está fija en la mía, no es así. En realidad, le está hablando al vendedor que está justo detrás de mí.

—Majestad, de casualidad ¿me habla a mí? —puedo sentir como palidece sin siquiera tener que verlo.

—¿A quién más si no? He visto como la lastimabas. Explícame y depende de lo buena que sea tu excusa, me pensaré que hacer contigo.

Wow. Es decir, que miedo. Pero, es... bonito. Eso hasta que recuerdo la muerte de aquel joven. Ahí el verdadero monstruo es él.

Me aparto para no interferir en nada y Royce me hace una seña para que vaya a su lado.

—La joven me robo más de un litro de agua. Me dijo que me lo pagaría y no lo ha hecho...

—¡También ha querido ayudar al monstruo! —me delata una voz femenina.

Royce me mira mientras yo maldigo haber existido treinta veces seguidas. No puedo creer que la gente esté obsesionada con cosas tan... En fin, da igual.

No le devuelvo la mirada, ¿cómo se supone que lo haré? Tal vez mis ojos me pueden delatar porque en realidad no me arrepiento ni en lo más mínimo. No digo nada y no me muevo.

—No intenten culparla. Actuó así porque es alguien bondadoso y no soporta ver sufrir a los demás —le devuelvo la mirada—. Dilo para que todos lo sepan. No voy a permitir que nadie la toque ni la castigue sin mi autorización.

Trago saliva. Si antes me salía voz ahora es todo lo contrario. ¿Cómo puedo hablar con toda esta gente? De seguro todos me odian y ahora yo a ellos porque odio a todo aquel que me odie sin conocerme.

—Yo no sabía que...

—¡Mentirosa! —me interrumpe ahora un hombre —Ella era consciente de lo que hacía. Nos dijo que aquel chico no decidió nacer así, ¡como si a nosotros nos importara!

Empiezan a reírse él y a lo mejor diez personas más. Estoy atrapada y Royce ya me está mirando mal.

Solo hay dos opciones: mentir o decir la verdad. Decir la verdad es como convocar a la muerte, pero estaré siendo sincera y en el caso de que muera, moriré defendiendo a los míos. Mentir es la opción para sobrevivir, y aun mejor: no ser torturada, sin embargo, me hace sentir mal...

Evidentemente elijo la segunda opción. No quiero morir, tengo mucho que vivir y tampoco me gustaría dejar sola a Eimy en ningún momento de su vida. Además, no tengo derechos, matarme es tan fácil como respirar a nadie es que le importe mucho. Al decir nadie me refiero a nadie con poder: noble, monarca, incluso plebeyo.

—Yo no dije nada. —me fijo únicamente en Royce. Tiene que creerme. —Voy tranquila por la calle y me encuentro a un muchacho en el suelo con fuego en él. Pensé que se estaba quemando, que era un incendio No pensé que fuera por sus poderes.

La gente empieza gritar miles de cosas a la vez, entre tantas: mentirosa, cobarde y traidora. Me siento muy enana, sí, lo soy, pero ahora me siento como una hormiga que cualquiera puede pisotear.

—¡Silencio! —Exige el heredero bastante serio. Nunca lo había visto tan serio. A este punto ya dejó de apuntar al vendedor de aguas. —Si ella dice que no lo hizo con conciencia, sigue siendo inocente.

—Pero, alteza, todos estamos de acuerdo y presenciamos que aquella señorita nos traicionó, no solo con palabras, sino que también con hechos. —levanta la voz un civil al que no consigo identificar entre tanta multitud.

No dejo de mover los pies por el suelo color crema del cemento. Hago ruido por las diminutas rocas que habitan en éste.

¿Qué se supone que debo de decir? Creo que lo mejor es quedarme callada.

—Ustedes no la conocen como yo. Sé que es incapaz de traicionar a su patria al igual que es incapaz de hacerle daño a una mosca. —dice como si me conociese de toda la vida. Lo primero es totalmente falso y lo segundo se puede poner a prueba.

Intento no reírme por la declaración, entonces vuelvo a posar la mirada en el chico que yace muerto en el suelo y lo que me dan ganas es de llorar. Me gustaría reclamarle a Royce, mas, no puedo y lo consideraría como ¿traición, quizá?

El pueblo quiere volver a reclamar, pero el príncipe lo impide. Haga lo que haga la gente lo seguirá amando, es como el corazón de Altair.

—Y, usted dígame un argumento suficiente como para dejarlo con vida —se vuelve al vendedor quien no deja de mover los dedos, nervioso.




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